No es verdad que el liberalismo intervencionista sea un contrasentido, como tampoco lo es el conservatismo anticlerical, segun el país, según la hora. En una polémica, que es uno de mis mejores recuerdos periodisticos, sostuve la tesis del intervencionismo, como eminentemente liberal, en pugna con uno de los hombres de mayor calibre mental que haya dado el país: el doctor Eastman. En los articulos que escribí, y que junto con las respuestas del ilustre contendor reuní en un volumen con el nombre de Ideas liberales, creí haber dejado demostrado que dentro del concepto de seguridad, único que aquel aceptaba, cabe todo el intervencionismo. Es muy sencillo llegar a la misma conclusión con el concepto de libertad, que es el arco toral y la cúpula del liberalismo. Hay que defender al individuo contra la asociación de individuos. Hay que proteger a la sociedad contra el abuso a que llega la libertad sin control, ejercida por sujetos que no la entienden sino en su beneficio. Hay que garantizar a cuantos viven contra el peligro de adulteraciones, falsificaciones, incompetencias y audacias que creen ampararse en la libertad y sólo son despotismos disfrazados. Hoy nadie puede ser amo absoluto de su taller, de su almacen o de su hacienda. El Estado vela y debe velar porque los derechos de los individuos subalternos sean reconocidos y amparados.
El ideal de Spencer: "el minimun de gobierno y el maximun de libertad" sigue siendo el ideal en cuanto signifique el progreso del hombre, que haga innecesarios la vigilancia superior y su consejo. Pero no lo es ya, frente a la realidad que día por día se trace más compleja, cuando el poder del oro tiende a superar al de la colectividad, y el hombre malo puede ser el sujeto todopoderoso, a condición de que sea rico. Para garantizar la libertad, el Estado debe poner condiciones. Asi se reglamenta la inmigración, se exigen certificados de idoneidad para el ejercicio de las profesiones, se impone el descanso dominical, se dan reglas para los talleres, se establecen medidas pare asegurar el alimento puro, se prohiben determinados comercios, se prescriben normas obligatorias de higiene. Las atribuciones del Estado han ido creciendo en defensa del progreso del Estado, de su misma integridad, pare hacer frente, como una sola unidad politica, económica y social, a otras unidades, es decir a otras naciones, que sin esa voluntaria determinación podrian desalojarlo o absorberlo. Mil cosas podrían decirse en materia de educación, de cultivos, de transportes, de aranceles, de concesiones, de bancos, de sociedades de toda indole, para probar que en múltiples casos la libertad no se sacrifica sino se robustece con la intervención del Estado.
Ya está dicho que el sistema de absoluta libre competencia de Ricardo era la apoteosis del egoísmo y llevaba a la revolución social. Hoy se conviene en que la verdadera teoria económica debe edificarse sobre un análisis correcto de la naturaleza humana. Asi como se viene clamando por una nueva teoria de los salarios, como indispensable en interés de la justicia y del orden, debe ponerse enfasis en el principio de que la moral debe vigilar todo el proceso económico. Es noción moderna la de la unión estrecha de la psicología con la economía. El homo aeconomicus, tal como lo recordaba yo en la tesis sobre el papel moneda que presente en la Escuela Libre de Ciencias Politicas de París para ganar un diploma, es una concepción irreal, y de esa suerte queda minado por la base todo lo que se funde sobre abstracciones, sobre ciencia pura, sin el permanente recuerdo del hombre como compuesto de necesidades, de impulsos, de caprichos, de aspiraciones, en una palabra, de materia y de alma. Vuelve ahi a prestar servicio, en la conciencia del estadista y del sociólogo, el principio de la fraternidad, que se halla en Cristo. Por eso tenia razón Valle Inclan cuando en su Romance de lobos ponía esta exclamación en labios de uno de los personajes: "La redención de los humildes hemos de hacerla los que nacimos con impetus de señores cuando se haga la luz en nuestras conciencias. Pobres miserables, almas resignadas, hijos de esclavos, los señores os salvaremos cuando nos hagamos cristianos".
lunes, 16 de mayo de 2011
viernes, 13 de mayo de 2011
¿POR QUÉ SOY LIBERAL? Individualismo y cooperación
La autoridad defiende al individuo y se defiende contra el individuo. Defiende a la sociedad, mejor dicho, el deseo de expresion individual, de creación, es el mayor factor de progreso en todas las naciones. Como lo dijo el presidente Hoover, no deben ponerseles barreras a los impulsos fundamentales del hombre. Pero hay que seguir con cuidado la marcha de esos impulsos. Del propio modo que la ausencia de gobierno es un ideal inalcanzable, la total soberania del individuo es otro ideal al que se opone la naturaleza. Hay seres elegidos. "Quiero al hombre, dijo Vinet-y asi esta grabado en el pedestal de su estatua en Ginebra-dueño de si mismo, a fin de que pueda ser mejor el servidor de todos". Ahi esta el ideal de servir, medida y prueba de caracteres magnificos. Pero no todos lo tienen. Y el individuo, dejado a su solo impulso, no se trace dueño de si mismo pare servir a los demás sino para explotarlos o dominarlos. La autoridad interviene.
Hay que saber los limites de esa intervención que es variable en el espacio y en el tiempo. Para todo es indispensable contemplar las necesidades de los individuos, su idiosincracia, el rumbo y la intensidad de su cultura. Pero en lineas generales, contra lo que el individualismo debe luchar hasta rabiosamente, es contra la absorción de la persona en la especie. La igualdad esta bien en la fe, pero en la naturaleza no existe. "La verdadera democracia, decia don Santiago Pérez a sus discipulos, consiste en el reconocimiento y sanción de las desigualdades naturales". "Donde la igualdad no existe, la libertad es mentira", exclamaba Luis Blanc con toda su energia y toda su ofuscación de revolucionario del 48. El iba hacia esa absorción que tantos otros consideramos depresiva, inconveniente, perjudicial para la unidad y perjudicial para el grupo, porque suprime la fuerza del interés individual, que buena o mala actúa, y seguira actuando, hasta cuando el hombre se haya modificado con el correr de los siglos. No hay otra solución que la del termino medio. Faguet, después de consideraciones dilatadas, de extraordinaria sagacidad, encontró en el lema de Francia la fórmula excelente: "Libertad e igualdad, dijo, son opuestas, pero la fraternidad las reune". La fraternidad, la solidaridad, son, deben ser, el criterio social sano. La nivelación por lo bajo es una intolerable aspiración de la envidia. Acaso por eso dijo Camilo Desmoulins: "Licurgo hizo iguales a los lacedemonios como la tempestad hace iguales a los naufragos".
El individualismo marcha hacia la cooperación. En esta hay, pero libre, pero voluntaria, una fusión de igualdades. En la lucha impiadosa a que oblige el imperativo económico, el individuo aislado perece. Es su propio interés el que viene a aconsejarle la unión con otros individuos colocados en el mismo plano. Dentro de ese criterio, la competencia, en lo que tiene de feroz y de asesino, se acaba o se atenua y, como decia un sindicalista, se forman grupos de capital y de trabajo por la solidaridad de antagonismos mutuos. En esas grandes asociaciones o en las fabricas dirigidas con alta inteligencia, donde los caminos que parecen trazados por el corazón son los mismos que recorre y amplía la conveniencia, se llega al mejoramiento de la clase obrera más aprisa que por el sistema de la agitación o de la marcha confusa hacia la dictadura del proletariado. Tenemos asi la paradoja, hecha verdad sencilla, de que los altos salarios disminuyen el costo de producción. Lo ha demostrado Ford. Y tienden a comprobarlo en todos los sectores del mundo los grandes industriales.
No es que el costo de un objeto disminuya con la simple fijación de un salario alto. Nada habria mas absurdo. Es que el salario alto aumenta la potencia del obrero, con el mejoramiento de su ánimo, el aprovechamiento de las horas ociosas en el deporte, en la escuela, en el rato feliz que le deja contemplar la vida como un premio y no como un castigo. Es que lo convierte en una mejor unidad económica, que a tiempo que se aprovecha de las ventajas de una retribución suficiente, compensa con una producción mayor o mejor el aumento que el fabricante o la asociación hayan tenido en el desembolso. Son las bien entendidas conveniencias del industrial las que han procurado el paulatino acercamiento al ideal cristiano. Y se confundira con el ideal económico de la propiedad colectiva, sin expropiacion, sin confiscación, sin lucha de clases, cuando el trabajador, como ya esta ocurriendo, se vaya haciendo accionista de la misma empresa en donde desarrolla sus actividades.
Procedieran todos los industriales de ese modo, la cuestión social iría desapareciendo. Se iria disolviendo en la armonia, en el provecho de las grandes masas. No serían ya los hombres buenos y sacrificados, los esclavos del taller y del campo, sino los agitadores de profesión y de especulación, los que seguirían soñando con la tarde roja. La violencia como solución iría cediendo terreno, hasta rendirse y entregarlo, a las huestes de la inteligencia. Por desgracia no todos lo comprenden, porque no todos poseen la capacidad o la sensibilidad necesarias. En la industria existe tambien el imperator. Contra su opresión, en guarda de la libertad individual, de la justicia, debe intervenir el Estado. Como debe intervenir cuando las fusiones de capitales, en la banca, en la industria, en el comercio, conspiran contra la ajena libertad y tratan de establecer monopolios crueles y absorbentes.
Hay que saber los limites de esa intervención que es variable en el espacio y en el tiempo. Para todo es indispensable contemplar las necesidades de los individuos, su idiosincracia, el rumbo y la intensidad de su cultura. Pero en lineas generales, contra lo que el individualismo debe luchar hasta rabiosamente, es contra la absorción de la persona en la especie. La igualdad esta bien en la fe, pero en la naturaleza no existe. "La verdadera democracia, decia don Santiago Pérez a sus discipulos, consiste en el reconocimiento y sanción de las desigualdades naturales". "Donde la igualdad no existe, la libertad es mentira", exclamaba Luis Blanc con toda su energia y toda su ofuscación de revolucionario del 48. El iba hacia esa absorción que tantos otros consideramos depresiva, inconveniente, perjudicial para la unidad y perjudicial para el grupo, porque suprime la fuerza del interés individual, que buena o mala actúa, y seguira actuando, hasta cuando el hombre se haya modificado con el correr de los siglos. No hay otra solución que la del termino medio. Faguet, después de consideraciones dilatadas, de extraordinaria sagacidad, encontró en el lema de Francia la fórmula excelente: "Libertad e igualdad, dijo, son opuestas, pero la fraternidad las reune". La fraternidad, la solidaridad, son, deben ser, el criterio social sano. La nivelación por lo bajo es una intolerable aspiración de la envidia. Acaso por eso dijo Camilo Desmoulins: "Licurgo hizo iguales a los lacedemonios como la tempestad hace iguales a los naufragos".
El individualismo marcha hacia la cooperación. En esta hay, pero libre, pero voluntaria, una fusión de igualdades. En la lucha impiadosa a que oblige el imperativo económico, el individuo aislado perece. Es su propio interés el que viene a aconsejarle la unión con otros individuos colocados en el mismo plano. Dentro de ese criterio, la competencia, en lo que tiene de feroz y de asesino, se acaba o se atenua y, como decia un sindicalista, se forman grupos de capital y de trabajo por la solidaridad de antagonismos mutuos. En esas grandes asociaciones o en las fabricas dirigidas con alta inteligencia, donde los caminos que parecen trazados por el corazón son los mismos que recorre y amplía la conveniencia, se llega al mejoramiento de la clase obrera más aprisa que por el sistema de la agitación o de la marcha confusa hacia la dictadura del proletariado. Tenemos asi la paradoja, hecha verdad sencilla, de que los altos salarios disminuyen el costo de producción. Lo ha demostrado Ford. Y tienden a comprobarlo en todos los sectores del mundo los grandes industriales.
No es que el costo de un objeto disminuya con la simple fijación de un salario alto. Nada habria mas absurdo. Es que el salario alto aumenta la potencia del obrero, con el mejoramiento de su ánimo, el aprovechamiento de las horas ociosas en el deporte, en la escuela, en el rato feliz que le deja contemplar la vida como un premio y no como un castigo. Es que lo convierte en una mejor unidad económica, que a tiempo que se aprovecha de las ventajas de una retribución suficiente, compensa con una producción mayor o mejor el aumento que el fabricante o la asociación hayan tenido en el desembolso. Son las bien entendidas conveniencias del industrial las que han procurado el paulatino acercamiento al ideal cristiano. Y se confundira con el ideal económico de la propiedad colectiva, sin expropiacion, sin confiscación, sin lucha de clases, cuando el trabajador, como ya esta ocurriendo, se vaya haciendo accionista de la misma empresa en donde desarrolla sus actividades.
Procedieran todos los industriales de ese modo, la cuestión social iría desapareciendo. Se iria disolviendo en la armonia, en el provecho de las grandes masas. No serían ya los hombres buenos y sacrificados, los esclavos del taller y del campo, sino los agitadores de profesión y de especulación, los que seguirían soñando con la tarde roja. La violencia como solución iría cediendo terreno, hasta rendirse y entregarlo, a las huestes de la inteligencia. Por desgracia no todos lo comprenden, porque no todos poseen la capacidad o la sensibilidad necesarias. En la industria existe tambien el imperator. Contra su opresión, en guarda de la libertad individual, de la justicia, debe intervenir el Estado. Como debe intervenir cuando las fusiones de capitales, en la banca, en la industria, en el comercio, conspiran contra la ajena libertad y tratan de establecer monopolios crueles y absorbentes.
miércoles, 11 de mayo de 2011
¿Por Qué Soy Liberal? (II)
Porque creo en la libertad. Porque considero que hombres y mujeres tienen el derecho de ser libres, ejercer dicha libertad en todos los aspectos de su vida y tomar las decisiones que crean convenientes, sin que el Estado limite o amenace ese ejercicio, siempre y cuando ello no vulnere el derecho de otro ser humano. En ese sentido, creo en derechos individuales por sobre derechos colectivos, de manera tal que el interés de la sociedad no puede justificar el recorte de los derechos fundamentales de las personas. El Estado, como creación del ser humano para vivir en comunidad, está por tanto en la obligación de reconocer y respetar los derechos de cada uno de los seres humanos que lo conforman y no debe actuar ni legislar de manera tal que los vulnere.
Soy liberal porque considero que existen derechos políticos y económicos, que tienen el mismo valor e importancia y para que un ser humano se realice como tal, debe poder ejercerlos sin limitaciones y por ello considero que los derechos políticos y económicos son caras de la misma moneda. Unos no pueden existir sin los otros en una de sociedad libre.
Soy liberal porque creo en el Estado de Derecho, en el cual gobierna la ley, la misma que regula el ejercicio del poder, de manera que éste no vulnere los derechos fundamentales de la persona. El Estado de Derecho tiene un origen democrático de elección de las autoridades y en él existe división e independencia de poderes. De igual manera, el liberalismo garantiza la igualdad de los ciudadanos ante la ley, sin privilegios, ni prebendas.
Soy liberal porque creo en la economía de mercado en la cual éste último es el mejor asignador de recursos. Porque creo que el Estado no es un buen gerente y su rol no es el de administrar empresas y mucho menos competir con la empresa privada, sino únicamente crear las condiciones necesarias y garantizar la seguridad jurídica para atraer la inversión privada. Creo en la libertad de las partes para contratar de acuerdo a las condiciones del mercado y no basados en condiciones impuestas por el Estado. Además, considero que el comercio entre las naciones debe realizarse sin restricciones arancelarias, las cuales son un obstáculo para el libre tránsito de bienes y servicios.
Soy liberal porque el liberalismo es una filosofía coherente, que tiene al ser humano como su principal preocupación, conjugando Estado de Derecho y Libre Mercado, de manera tal que libertad en todas sus formas, los derechos humanos, el imperio de la ley, la democracia, la división de poderes y el libre mercado son iguales en importancia y nadie que se considere liberal puede afirmar que los derechos económicos son más importantes que los políticos o viceversa, sino que unos tienen que coexistir junto a los otros.
Soy liberal porque no puede acusarse a ningún gobernante liberal de haber cometido violaciones a los derechos humanos ni haber vulnerado la democracia o el Estado de Derecho, pues son precisamente aquellos temas las banderas que iza el liberalismo.
Soy liberal porque ello me permite tener mis propios pensamientos, construir mis propias convicciones, definir mis creencias políticas, escoger mis propios modelos y establecer mis límites, todo ello sobre la base de la libertad y sin necesidad de creer en dogmas, ni en recetas, ni repetir teorías que cuando se han puesto en práctica han fracaso. El liberalismo es una doctrina viva, dinámica y cambiante, que se va enriqueciendo en el tiempo a medida que más y más seres humanos vamos fortaleciéndola, contrastándola, pensándola, ejerciéndola.
martes, 10 de mayo de 2011
Por qué soy Liberal (I)
Desde hace muchos años, incluso siglos, el Hombre en occidente ha vivido el triunfo del liberalismo. La libertad ha actuado como lo hace el agua; ha erosionado poco a poco los cimientos de todas aquellas estructuras que se enfrentaban a ella. La verdadera libertad, su palpitar último, actúa con cautela y avanza de forma incesante. A veces esa corriente se ve desviada y durante años el Hombre se extravía, incluso puede llegar a creerse permanentemente perdido. Como dijo una vez mi amigo Antonio Garrigues, “el Hombre gusta, de cuando en cuando, de asomarse a los más profundos abismos”; pero una vez recuperado el rumbo son esos abismos los que nos recuerdan el derrotero por el que continuar en travesías futuras.
Han sido muchas y muy dolorosas las luchas del Hombre contra sí mismo. Tal vez el ejemplo más emblemático sea la esclavitud. La creencia de que un hombre puede pertenecer a otro. Vayamos a la América esclavista del siglo XIX. Muy pocos creían entonces que el pueblo negro sería capaz de asumir la libertad. Muchos negros vivían en el oscuro pozo del convencimiento de que no merecían ser libres. Se decía que no podrían gestionar su vida, que muchos morirían de hambre, que abandonarían los cultivos, que destruirían los utensilios. Pronto se hizo evidente que eso no seria así.
También resulta emblemática la lucha contra la mujer. Es esta una lucha que aún perdura, y que nace de la convicción de que la mujer es un ser inferior al hombre. Se creía entonces que la mujer no debía ser libre. Existió durante muchos siglos la creencia, no sólo de que la mujer no debía recibir educación de ningún tipo, sino sobre todo que aún recibiéndola no actuaría con la rectitud propia, tan sólo, de un hombre. No fueron pocas las mujeres que comulgaban con estas ideas. De hecho no son pocas las que defienden las injusticias que les inflingen los hombres en este siglo XXI. Las sufragistas lucharon entonces por ampliar sus libertades a la esfera de lo político. Fueron muchas las voces que dijeron que la mitad del electorado no podía estar compuesto de mujeres. El pánico en determinados sectores fue virulento. Se temía por el futuro del sistema democrático. Sin embargo aquí y ahora, nadie duda ya de que las mujeres merecen su libertad; y es más que evidente que hacen un buen uso de ella.
Algo similar, tal vez incluso más violento, sucedió con el acceso al voto de las clases bajas. En las mentes retrogradas se perfilaban fantasmas de dictaduras obreras y de abusos sin fin. La historia nos ha enseñado que ciertamente se produjeron abusos de esta índole. El mayor ejemplo fue, probablemente la Alemania Nazi; y, paradójicamente, el sistema que las masas auparon democráticamente al poder fue uno fascista y no uno comunista. Muchos, engañados por unos pocos, se vieron abocados a una guerra y a uno de los más profundos precipicios en los que ha caído la humanidad. Pero el Hombre aprende y rectifica. Y no hay día en Europa en el que no nos acordemos del mal uso que hicimos de nuestras libertades durante el joven siglo XX. Ya en el propio año 1945 iniciamos la marcha atrás en la traición a los valores del respeto y de la tolerancia.
La libertad, poco a poco, ha hecho mella en los muros que dividieron Europa y, con un caudal mucho mayor, nos ha llevado a los albores de un siglo que se perfila como el siglo de la libertad. De los escombros de Europa nace, casi por necesidad, la convicción de que otro mundo es posible. La gente comienza a tener acceso a una educación que pocos tenían hacía tan sólo una generación. Hoy podemos ir a una ciudad cualquiera en un día cualquiera y encontrarnos con seminarios, charlas y cursos de materias tan dispares como la oncológica, el arte flamenco del siglo XVII, la costura en la corte de Napoleón III o las nuevas tecnologías de la información. Europa vive hoy en la convicción de que todos podemos y debemos ser cultos. Ortega habló de la rebelión de las masas. Y es cierto que probablemente a nuestra revolución del siglo XXI le haya precedido una caracterizada por su masificación y bajo nivel cultural. Pero hoy no son ya las masas las que mueven el mundo. No las masas en el sentido orteguiano. Hoy el mundo occidental ve cómo una clase media cada vez más numerosa, y formada, supera en cultura a las elites de antaño. Lo que hace cien años era patrimonio de unos pocos ahora está al alcance de todos. Aquello que se guardaba en conventos y abadías para lujo de pocos ojos es hoy compartido, comentado, criticado y ampliado por todos.
Evidentemente siempre hubo mentes conservadoras. Siempre hubo personas que vivieron en la convicción de que las cosas no debían cambiar. De que el mundo no debía ampliar las libertades y derechos de determinados grupos. Y yo me pregunto ¿Qué pensarían esas personas si vieran hoy el nivel de integración de los negros en la sociedad americana, sus aportaciones a la cultura mundial o a un negro en la carrera a la Casa Blanca? Si esas personas, que dieron su vida por mantener un sistema injusto e ineficaz vieran hoy cómo respira el mundo, creo que derramarían una lágrima por no haber sido más liberales en aquel momento. ¿Qué pensarían los millones de mujeres que se vieron obligadas a vivir en la esclavitud del dominio del hombre si vieran las oportunidades que les ofrece hoy el mundo? Si los americanos que murieron en Gettysburg, o los alemanes que murieron en Estalingrado o los japoneses que perdieron la vida en el Pacifico, pudieran hoy ver que sus ideas yacen en tumbas más profundas y más olvidadas que las suyas propias, creo que desearían haber vivido en un mundo más liberal.
A aquellos americanos o japoneses o alemanes, como a muchas otras personas hoy en día, les faltaba fe en el Hombre. No en el hombre negro o en el blanco, o en las mujeres o en el proletariado, era simple y llanamente falta de fe en la Humanidad. Y es que hay personas que viven convencidas de que el ser humano es incapaz de enfrentarse a los retos de la vida. Hay personas que aún en el siglo XXI siguen pensando que viven en posesión de la verdad, y que dicha verdad no debe predicarse sino imponerse. Esas personas son las que desprecian el cambio, las que se aferran a viejas instituciones y a viejas reglas. Abundan y se pronuncian, ex cátedra, sobre cuestiones ajenas a su vida. Representan a día de hoy los fantasmas del pasado.
Y quiero llegar a la conclusión de este artículo, que podría ser mucho más largo, volviendo a la pregunta que lo origina: ¿Por qué soy liberal? Soy liberal, en esencia, porque tengo fe en el Hombre. No en un Hombre en concreto o en un Hombre que se parezca necesariamente a mí. No tengo molde o modelo. Simplemente tengo la firme convicción de que el Hombre, con mayúscula, hará siempre un buen uso de su Libertad. El Hombre libre será siempre más Hombre, igual que nosotros eclipsamos como personas a aquéllos que nos precedieron. Soy liberal porque no puede acotarse el cambio o el progreso. Porque aquéllos que se han opuesto a la libertad han vivido en la tristeza de no creer, y en un error. Porque la historia de la Humanidad no es otra que la de la derrota de lo mezquino, de lo feudal y de la idea de que el mundo no avanza.
En definitiva, soy liberal, porque el Hombre clama al cielo que es más Hombre, cuando es libre.
Por MANUEL MUÑIZ VILLA, vicepresidente del Centro Democrático Liberal
lunes, 9 de mayo de 2011
La importancia del derecho a decir
Es indudable la importancia que tiene la palabra para los seres humanos. La importancia del decir. A través del lenguaje, creamos nuestro sistema institucional. Las leyes no son más que expresiones lingüísticas que manifiestan nuestros derechos y obligaciones como ciudadanos. Por este motivo, nos parece esencial recordar la importancia que tiene la libertad de expresión como componente fundamental de la democracia, como un derecho humano que debemos defender y custodiar.
Es necesario destacar, entonces, las cuestiones pendientes para modificar en el ámbito legal de modo que este derecho sea respetado. El periodismo cumple un papel primordial en la comunicación por ser quien indaga acerca de la verdad de los hechos y dirige sus informes al servicio dela comunidad. Su rol de intermediario entre la realidad y la gente lo coloca en una posición privilegiada y, a su vez, en ocasiones peligrosa, al ser potenciales víctimas de violencia. Esta última situación no es más que una táctica para sosegar opiniones discrepantes, para acallar voces que inquietan a los que ostentan demagógicamente el poder.
Dada la importancia que tienen los medios de comunicación en las democracias modernas, el Estado debe legislar para que los mismos puedan desarrollar sus tareas sin interferencias de tipo político o económico. La nueva ley de medios no define ni regula el uso de la publicidad oficial; por lo tanto es imperativo el dictado de un marco jurídico que establezca directrices claras para la distribución de la misma.
Deben divulgarse los criterios utilizados en la adjudicación de la publicidad del Estado para garantizar la justicia y el respeto a la libertad de expresión. En general, tanto la SIP (Sociedad Interamericana de Prensa) como otras organizaciones de la sociedad civil señalan que el principal instrumento que utiliza el Gobierno Nacional para influir en las decisiones de los medios de comunicación consiste en conceder discrecionalmente pauta oficial. Al respecto, el último informe de la SIP afirma que "la asignación de la publicidad oficial continúa convertida en un sistema de premios y castigos presionando a medios y periodistas, puesto que se sigue sin aplicar criterios técnicos, ni ninguna regla de distribución objetiva".
Desde el año 2006, a pesar de haber logrado quórum muy pocas veces, debatimos en la Comisión de Libertad de Expresión sobre una ley de publicidad oficial que contemplara y buscara garantizar algunos de los principios básicos de la democracia: transparencia, interés general, libre acceso a la información pública, pluralismo informativo, veracidad, objetividad, razonabilidad, no discriminación y respeto a la libertad de expresión.
Ante este panorama, el 24 de abril de este año presentamos un proyecto de resolución por el cual le solicitamos al Poder Ejecutivo que informe sobre diversos aspectos vinculados con la distribución de la pauta oficial. También nos preocupa la discriminación que plantea el Gobierno Nacional en la publicidad de campaña para estas elecciones; por eso el 28 del corriente presentamos una medida cautelar ante la justicia cuya finalidad es modificar la repartición de los espacios publicitarios destinados a propaganda electoral, ya que beneficia solamente al Gobierno, quien usa a su gusto el canal oficial.
La construcción de un sistema democrático moderno y sano es posible. Para lograrlo, tenemos que generar las condiciones que permitan debatir seriamente sobre este tema. Son dos las grandes deudas a nivel legislativo: la mencionada ley de asignación de publicidad oficial y la ley de acceso a la información pública. Crecer en materia de libertad de expresión, como sostiene Norma Morandini, es enriquecer nuestra democracia. No permitamos que nada ni nadie nos arranquen la voz de la garganta.
Coincido con ella en que es hora de gritar bien fuerte porque sentimos la libertad amenazada. No debemos ser esclavos callando. Tenemos que animarnos a ser enteramente dueños de lo que decimos sin miedo a represalias, defendiendo el derecho humano de decir.
Por Paula Bertol. Diputada Nacional (PRO), Miembro de la Comisión de Libertad de Expresión de la Honorable Cámara de Diputados de la Nación Argentina
¿Qué es la economía social de mercado?
La economía social de mercado es un orden social, económico y político integrado, que se caracteriza por tener una política económica de mercado, y al mismo tiempo una política social que regula a la primera, lo que se configura además como su mayor diferencia frente al neoliberalismo.
La economía social de mercado está fundada bajo valores éticos que son definidos como trascendentes y universales para la doctrina social. Este sistema se ha implementado en varios países del viejo continente y se comporta como el contrario a los sistemas económicos socialistas de planeación y a la economía de tendencia liberal, por lo que es considerada como una tercera vía.
Los valores éticos en los cuales se fundamenta la economía social de mercado se centran en principios que guardan relación con la dignidad humana, el bien común, la solidaridad y la subsidiaridad, a fin de lograr un sistema económico al servicio del hombre. Por lo mismo se entiende como un sistema liberal con márgenes y límites reglados según una agenda valórica y de principios.
Entre los principios constitutivos de la economía social de mercado, encontramos siete principios básicos. En primer lugar, el sistema de “competencia perfecta”, un sistema de precios para el que es necesaria una gran cantidad de oferta y de demanda. Por otra parte, la “estabilidad de la moneda”, donde se mantiene su valor en forma constante, labor a cargo de un banco central independiente del gobierno.
Además encontramos el “libre acceso a los mercados”, en el que no deben existir barreras para ingresar a los diferentes mercados. Luego, en cuarto lugar, la “libertad contractual” se refiere a la necesidad de la libertad de contrato necesaria para la competencia, sin embargo, es posible que, en este caso, el gobierno intervenga en dicha libertad, garantizando la justicia social. En quinto lugar encontramos la “propiedad privada con función social” o “hipoteca social”, que se refiere a que, dentro de los fundamentos de la economía social de mercado, se encuentra la propiedad privada de los medios, subordinada al principio de destino universal de los bienes. En sexto lugar, la “plena responsabilidad”, en otras palabras, la búsqueda libre del beneficio económico guardando valores éticos como el bien común, la moderación y la responsabilidad ambiental. Por último, la “constancia de la política económica”, la que debe garantizar el bienestar de todos los actores sociales.
Los valores éticos en los cuales se fundamenta la economía social de mercado se centran en principios que guardan relación con la dignidad humana, el bien común, la solidaridad y la subsidiaridad, a fin de lograr un sistema económico al servicio del hombre. Por lo mismo se entiende como un sistema liberal con márgenes y límites reglados según una agenda valórica y de principios.
Entre los principios constitutivos de la economía social de mercado, encontramos siete principios básicos. En primer lugar, el sistema de “competencia perfecta”, un sistema de precios para el que es necesaria una gran cantidad de oferta y de demanda. Por otra parte, la “estabilidad de la moneda”, donde se mantiene su valor en forma constante, labor a cargo de un banco central independiente del gobierno.
Además encontramos el “libre acceso a los mercados”, en el que no deben existir barreras para ingresar a los diferentes mercados. Luego, en cuarto lugar, la “libertad contractual” se refiere a la necesidad de la libertad de contrato necesaria para la competencia, sin embargo, es posible que, en este caso, el gobierno intervenga en dicha libertad, garantizando la justicia social. En quinto lugar encontramos la “propiedad privada con función social” o “hipoteca social”, que se refiere a que, dentro de los fundamentos de la economía social de mercado, se encuentra la propiedad privada de los medios, subordinada al principio de destino universal de los bienes. En sexto lugar, la “plena responsabilidad”, en otras palabras, la búsqueda libre del beneficio económico guardando valores éticos como el bien común, la moderación y la responsabilidad ambiental. Por último, la “constancia de la política económica”, la que debe garantizar el bienestar de todos los actores sociales.
domingo, 8 de mayo de 2011
El liberalismo insular de Mario Vargas Llosa
En estos tiempos, no hay tarea más difícil que decir algo nuevo sobre Mario Vargas Llosa. Sobre todo, si hablamos de su pensamiento político, que tantas adhesiones como enconos trae consigo. Hagamos el intento, no obstante. Considero que la polémica sobre las ideas de Vargas Llosa se debe a dos grandes malentendidos. Por un lado, la izquierda identifica las ideas políticas vargasllosianas como conservadoras o neoliberales; por otro, la derecha las compatibiliza con posturas de la izquierda democrática, adversarias de la autoridad, del orden y las tradiciones. Para ambos lados del espectro político, Vargas Llosa es un pensador incómodo, difícil de clasificar y, por ende, de considerar plenamente como suyo.
Pero ocurre que Vargas Llosa no está con la derecha, ni tampoco con la izquierda. Vargas Llosa está con la libertad, entendida como el paradigma fecundador de la civilización occidental, el valor más enriquecedor, diverso y múltiple del quehacer humano. Si la libertad no puede restringirse, de modo exclusivo y excluyente, a un solo vector ideológico, entonces el liberalismo vargasllosiano constituye una forma trascendente de pensar, un amplio ambiente cultural, una actitud vital donde confluyen los valores liberales más sublimes: el respeto al prójimo, la tolerancia, el diálogo, la irrestricta expresión de la idea adversaria, el cosmopolitismo y la convivencia pacífica de diversas tendencias.
Si nos atenemos a su compromiso, su pasión, su rigor, la prolijidad con los géneros que aborda o los niveles de lenguaje que utiliza, la huella personal de su estilo, e incluso cada etapa de su vida, vemos que todo ello ha servido para acentuar, modelar y sofisticar su idea de la libertad. Dado su ánimo perennemente joven, inquieto, inconforme y creativamente cuestionador contra la derecha conservadora igual que la izquierda totalitaria, e incluso hacia quienes se reclaman herederos únicos de la idea liberal, podemos decir que, para Mario Vargas Llosa, el liberalismo es disidencia, no un recetario ortodoxo, dogmático y poco amigo de la crítica. Agreguemos que disentir, como no estar de acuerdo con lo que la realidad nos ofrece, o mejorar nuestra condición presente en forma constante, es la impronta liberal por excelencia.
Esto nos permite afirmar que el liberalismo de Vargas Llosa es de naturaleza insular, o quizá semejante a la isla mayor de un archipiélago, donde el mar encrespado del debate intelectual y político parece estrellar unos peñones contra otros. El liberalismo insular de Vargas Llosa forma parte de una búsqueda sin término por el progreso, la cultura y la democracia como el norte de nuestra vida en común. Es semejante a un faro: siempre encendido a lo desconocido, pero asentado firmemente sobre las sólidas bases de lo ya creado. Es un liberalismo para el que “no hay palabras finales”, como reza el lema de la Royal Society de Londres. En tal escenario, Vargas Llosa nos enseña que la libertad actúa como el fiel de la balanza, que nos da el preciso peso, o la aguja imantada de la brújula, que nos permite divisar el camino correcto. Así, con Vargas Llosa aprendemos que la libertad es la luz que nos permite distinguir, con claridad, civilización de espectáculo, política de demagogia, economía libre de mercantilismo, tolerancia de fanatismo.
Por otra parte, se equivocan quienes sostienen que Vargas Llosa ha pasado de las izquierdas a las derechas. No es Vargas Llosa quien ha abandonado los ideales que la izquierda proclama. Es la izquierda quien abandonó esos ideales – la igualdad, la transparencia y el bienestar – debido a la centralización del poder, para abrazar el totalitarismo, el abuso, la destrucción de la economía y la cerrazón a toda crítica. Para Vargas Llosa, lo mismo que con Arthur Koestler y George Orwell, cuando el socialismo asume sus postulados de modo inamovible y acrítico, preconiza la censura por sobre la disidencia y la verticalidad por la diversidad, acaba con el sueño y lo transforma en pesadilla. La fractura proviene del socialismo, no de Vargas Llosa. Él encuentra en el liberalismo esos ideales extraviados por la izquierda.
Agreguemos que el liberalismo insular de Mario Vargas Llosa se desprende de esa virtud poliédrica que tienen los artistas de inteligencias múltiples: Vargas Llosa es el pensador político que se desenvuelve entre las ideas de Camus, Popper, Hayek o Berlin con solvencia, el periodista que se interna en Irak o el Congo, el novelista que retrata genialmente a Rafael Trujillo o Cayo Bermúdez, como también el liberal y demócrata que condena los abusos de la política; que denuncia a los artífices de la corrupción; aquél que no escatima elogios para los políticos, de cualquier signo, que obran en favor de sus pueblos y les brindan las oportunidades del desarrollo.
Por su defensa inmanente de la libertad, Vargas Llosa se ha convertido en la conciencia liberal de nuestro continente y, acaso, de occidente. Si, como liberales, debemos acometer la tarea que nos deja Octavio Paz en su Postdata, "Tenemos que aprender a ser aire, sueño en libertad", ésa la ha cumplido, con infinitas creces, Mario Vargas Llosa. Sigamos su legado, ahora y siempre.
Por Hector Ñaupari en http://www.libertad.org.ar/contenidos/2011/04/12/Editorial_4823.php
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