viernes, 17 de junio de 2011

Ludwig von Mises: El gran desmitificador de la viabilidad del Socialismo

Corresponde rendirle homenaje a quien por su obra y prestigio, se hiciera merecedor a ocupar un importante sitial en la historia de las ideas del siglo veinte. Alguien que fuera un tenaz paladín de los emprendedores y de los innovadores tanto intelectuales como empresariales, cuya tarea constituye la llave para el progreso de la humanidad y quienes, como él nos lo demostrara, solamente pueden florecer en el contexto de una sociedad libre.

Ese hombre es Ludwig von Mises quien nació un 29 de septiembre de 1881 en la ciudad de Lemberg, en territorio que por entonces pertenecía al imperio austrohúngaro. La vasta cantidad de libros y artículos por él publicados y de conferencias brindadas conforman un valioso conjunto de obras que aquellos que deseen abocarse al estudio de la epistemología, la economía y la filosofía de la libertad no pueden soslayar. Sus dos trabajos más importantes y los que mejor reflejan su pensamiento son Socialismo (1922) y La Acción Humana (1949). Para quienes recién se inicien en el pensamiento miseano, su lectura quizás debería estar precedida por alguna de sus obras más populares, tales como Burocracia (1944) y Planificación para la Libertad (1952). 
Mises era un ferviente defensor de la economía de mercado y de la sociedad abierta. Su oposición al socialismo, y a toda forma de intervención gubernamental, derivaba de su simpatía por el capitalismo y su afecto por la libertad individual y convicción de que los intereses individuales de los hombres libres pueden convivir en armonía, en razón de que en una sociedad abierta la ganancia de un individuo no está constituía por la perdida de otro, sino en realidad por el beneficio que el primero le proporciona a sus semejantes.
La puesta en práctica de sus enseñanzas resulta necesaria para la preservación de la civilización. Con Mises quedó demostrado que en su esencia la vida en sociedad se basa en la división del trabajo. Si careciéramos de la mayor productividad laboral que nos brinda la división del trabajo, sencillamente gran parte de la humanidad moriría de inanición. Al mismo tiempo, encontramos que la propia existencia y el eficaz funcionamiento de esa división del trabajo dependen fundamentalmente de que contemos con las instituciones básicas de una sociedad abierta, es decir: gobierno limitado y libertad económica, propiedad privada, moneda sana, ahorro e inversión, libre competencia, y afán de lucro. Como vemos, se trata de instituciones que en todas partes, y en especial en nuestro país, han sido severamente atacadas desde hace ya varias décadas.
Cuando Mises ingresa al mundo de las ideas, el marxismo y otras corrientes socialistas detentaban un monopolio intelectual de facto, situación a la que coadyuvaron ciertos errores e inconsistencias significativas en los trabajos de Adam Smith (1723-1790) y David Ricardo (1772-1823) y algunos de sus seguidores. A su vez, las obras de William S. Jevons (1835-82), y de los primeros economistas austriacos—Carl Menger (1840-1921) y Eugen von Böhm-Bawerk (1851-1914)—no eran lo suficientemente extensas como para ofrecer una contraofensiva eficaz frente a los socialistas. Por su parte, Frédéric Bastiat (1801-1850) si bien había procurado ofrecer una, falleció muy joven, y de todos modos probablemente hubiese carecido de la profundidad teórica necesaria.
Así las cosas, cuando el profesor von Mises irrumpió en el mundo de las ideas, virtualmente no había ni una oposición intelectual al socialismo ni una defensa del capitalismo que tuviesen un carácter sistemático. Las murallas intelectuales de la civilización estaban desguarnecidas y lo que Mises logró, y que constituye la esencia de su grandeza, fue la construcción de una defensa intelectual de la sociedad abierta.
Por entonces, el núcleo del argumento colectivista sostenía que las instituciones de una sociedad liberal estaban al servicio de los intereses de tan solo un puñado de poderosos explotadores, especuladores y monopolistas y que dichas instituciones se desenvolvían en flagrante oposición al bienestar de la gran mayoría de la sociedad, bienestar del que supuestamente el socialismo sí vendría a ocuparse.
La respuesta que solía ofrecerse frente a este planteo era una que exclusivamente se avocaba a pergeñar mecanismos tendientes a quitarle a los emprendedores un poco menos del fruto de su trabajo que lo que exigían los socialistas. Mises en cambio, desafió esa conjetura simplista y generalizada y demostró que una sociedad basada en el respeto por la libertad de acción y la propiedad privada favorece los intereses individuales de todos sus integrantes, incluidos aquellos que no son “capitalistas”—sino “proletarios”, según la jerga de la época. 
En una sociedad libre, demostraba el profesor von Mises, la propiedad privada de los medios de producción está al servicio del mercado. Los beneficiarios directos de las empresas y comercios son todos aquellos que adquieren sus productos y utilizan sus servicios. Y, junto con el incentivo de las perdidas y las ganancias y la libertad para competir que el mercado implica, la existencia de la propiedad privada garantiza una siempre creciente oferta de productos para todos.
La mayor y más original contribución al pensamiento económico que hiciera Mises fue la de demostrar que el socialismo no solamente elimina el incentivo que proporcionan las ganancias y las perdidas y la libertad de competir junto con la propiedad privada de los medios de producción, sino que torna imposible el cálculo económico, y en consecuencia es un sistema que redunda en el caos. Por socialismo entendemos a la abolición del sistema de precios y la división del trabajo; y la concentración de todo el proceso de toma de decisiones en manos de una junta de planificación centralizada o dictador supremo.
Sin embargo, la planificación de un sistema económico está más allá del poder y del conocimiento de alguien: el número, la diversidad, y las características propias de los distintos factores de producción, las diferentes alternativas tecnológicas que están abiertas a ellos, y las disímiles combinaciones posibles de lo que se podría llegar a producir con ellos, escapan a las facultades de incluso el más grande de los genios que pudiésemos concebir.
Mises probó que la planificación económica requiere de la cooperación de todos los participantes del sistema económico. Ella solamente puede existir en una sociedad libre y capitalista en la cual, cada día, los empresarios efectúen sus planes basándose en el cálculo de las ganancias y las pérdidas; donde por su parte los trabajadores, hagan lo mismo en función de los salarios que se están abonando por servicios similares a los que ellos ofrecen y los consumidores planifiquen ponderando los precios de los bienes de consumo a su disposición.
Sostenía que el cálculo económico es esencial para una economía desarrollada; y de ello se colige una importante conclusión adicional: Solamente en una economía capitalista puede tener lugar el cálculo monetario. Una economía centralmente planificada no tiene manera de calcular económicamente y de esa forma no puede prosperar. Mises demostró la imposibilidad de todos los esquemas socialistas, porque los mismos dejan a los planificadotes económicos sin medio alguno con el cual desarrollar el calculo económico. Una oficina central de planificación no posee ningún mecanismo que pueda suplir el rol que los precios desempeñan en el mercado. 
Las contribuciones que Ludwig von Mises hizo a la confrontación teórica entre el capitalismo y el socialismo son inmensas. Antes de su aparición en escena, la mayoría de los individuos no eran concientes de que en una sociedad libre existe una planificación económica. Aceptaban, sin entrar en detalles, el dogma marxista de que el capitalismo implicaba una anarquía en materia de producción y que el socialismo venía a representar a la planificación económica racional. 
Quienes viven en una sociedad capitalista, se encuentran literalmente rodeados por la planificación económica, y sin embargo no se dan cuenta de su existencia. A diario, hay incontables empresarios que están planificando expandir o achicar sus empresas, introducir nuevos productos o discontinuar alguno de los más vetustos, abrir nuevas sucursales o cerrar alguna de las existentes, modificar sus métodos de producción o seguir con los métodos y procesos actuales, contratar a nuevos trabajadores o dejar que se marchen algunos de los que ya trabajan para ellos. Y también, a cada instante existen innúmeros trabajadores que están planificando mejorar sus habilidades, cambiar de empleo, o seguir como están; y cientos de miles de consumidores, planificando adquirir una casa, automóviles, electrodomésticos o simplemente helados. 
No obstante ello, la gente no utiliza el término planificación para referirse a todas esas tareas, reservándolo pura y exclusivamente para describir los vanos esfuerzos de un puñado de burócratas gubernamentales, quienes, habiendo obstaculizado o directamente prohibido la planificación por parte de los demás, presuponen que con su sapiencia e inteligencia pueden reemplazar las decisiones de millones de seres. Cualquier similitud con la presuntuosa actitud de los líderes de nuestra Argentina actual no es mera coincidencia. 
Mises fue quien destacó la existencia de la planificación dentro de la economía de mercado, la circunstancia de que la misma se basa en los precios, es decir en el cálculo económico, y el hecho de que el sistema de precios es el único que nos brinda a cada instante la información necesaria para coordinar las actividades de decenas de millones de planificadores individuales. 
Demostró que cada individuo, al preocuparse por obtener un ingreso y limitar sus gastos, es guiado de manera tal que ajusta sus planes individuales a los planes del resto de la sociedad. Por ejemplo, aquel empleado que decide convertirse en ingeniero en lugar de dedicarse a la música, en virtud de que al valorar más los mayores ingresos que obtendrá como ingeniero, modifica los planes atinentes a su carrera profesional en respuesta a los planes que otros tienen de solicitar sus servicios de ingeniería y no de demandar sus composiciones musicales. O el caso de la persona que decide que un automóvil es demasiado costoso y por ende claudica en su plan de adquirirlo, que está de manera similar involucrada en un proceso tendiente a ajustar sus propios planes con los planes de los demás; en virtud de que lo que vuelve demasiado costoso al vehículo en cuestión son los planes de los otros de comprarlo al tener la posibilidad y el deseo de pagar más por él.

Fundamentalmente, lo que Mises demostró fue la circunstancia de que toda empresa, al procurar obtener ganancias y evitar las pérdidas, es guiada en la planificación de sus actividades de un modo en el que no tan solo la misma resulta útil para los planes de sus propios clientes, sino que toma en cuenta además los planes de todos los demás usuarios de los mismos factores de producción en el mercado.

En definitiva, el profesor von Mises logró demostrar que el proceso de mercado implica la existencia de un sistema económico planificado de manera racional mediante la combinación de los esfuerzos basados en el interés propio de todos aquellos que participan en él. El fracaso del socialismo, probó Mises, se debe al hecho de que el mismo no representa una planificación económica, sino su destrucción, dado que la misma solamente puede existir en el marco de una sociedad libre y del sistema de precios. 
Demostró también que la competencia que tiene lugar en el proceso de mercado es de una naturaleza totalmente distinta a la que observamos por ejemplo en el reino animal. No se trata de una competencia por los escasos medios de subsistencia que suministra la naturaleza, sino una competencia por la creación de una nueva y adicional riqueza, de la cual todos se benefician. 
Por ejemplo, las consecuencias de la competencia que en su momento tuvo lugar entre los técnicos que se dedicaban a la reparación de las antiguas máquinas de escribir y aquellos que comenzaron a desempeñarse en el incipiente campo de la industria informática no fueron las de que el primero de los grupos pereció a causa de una hambruna, sino la de que todos comenzaron a disponer de más recursos e ingresos para adquirir también cantidades adicionales de otros bienes. Esto fue cierto incluso respecto de los técnicos que “perdieron” la competencia, tan pronto como fueron reubicados en otras áreas del de mercado, las que lograron expandirse precisamente debido a las innovaciones en el rubro de la cibernética.
Al repensar la Ley de las ventajas comparativas de David Ricardo, el profesor von Mises demostró que en el proceso competitivo que tiene lugar en el mercado hay lugar para todos, incluso para aquellos que posean las más modestas de las habilidades. Esos individuos solamente precisan concentrarse en las áreas en las cuales su inferioridad productiva sea menor en términos relativos. Por ejemplo, una persona que no es capaz de desempeñarse más que como un mero albañil no tiene que temerle a la competencia del resto de la sociedad, en la que casi todos sus miembros podrían ser mejores albañiles que él, si a eso deseasen dedicarse. La persona de capacidad limitada que está deseando trabajar como albañil por menos de lo que otros pueden percibir en otras actividades, no tiene porque preocuparse respecto de la competencia de aquellos. En verdad, los está dejando fuera de competencia para el puesto de albañil al desear aceptar un ingreso más bajo que el de ellos.
Von Mises demostró que una armonía de intereses prevalece también en este caso. La existencia del albañil del ejemplo permite que individuos más talentosos dediquen su tiempo a tareas más exigentes, mientras que la existencia de estos últimos le permite a su vez al albañil acceder a bienes y servicios que de otra forma resultarían imposibles de obtener para él.
Sostuvo con una lógica incontestable que las causas económicas de los conflictos bélicos son el resultado de la interferencia gubernamental, bajo la forma de barreras comerciales y migratorias, y que dicha interferencia que viene a restringir las relaciones económicas con el extranjero es a su vez una consecuencia de otra ingerencia gubernamental, aquella que restringe la actividad económica interna. Por ejemplo, los aranceles se vuelven necesarios como una forma de evitar la desocupación solamente en un contexto en el cual existan leyes de salario mínimo y una legislación favorable a los sindicatos, la cual impide que la mano de obra interna enfrente de igual a igual a la competencia extranjera mediante la aceptación de salarios más bajos cuando fuese necesario. Mises demostró también que el fundamento de la paz mundial es una política de laissez-faire tanto a nivel interno como internacional.
Algo que von Mises puso en evidencia es el hecho de que todas las acusaciones en contra del mercado libre eran infundadas o que las mismas debían ser dirigidas contra la intervención gubernamental, la cual distorsiona y destruye las realizaciones y logros del mercado.
Estuvo entre los primeros en señalar que la pobreza que existía en los albores de la Revolución Industrial era fruto del legado de toda la historia previa. La misma se debía a que la productividad del trabajo era todavía sumamente baja, y a que los científicos, inventores, empresarios, ahorristas e inversionistas solamente podían alcanzar progresos de un modo muy paulatino pues les resultaba dificultoso acumular el capital necesario para poder incrementarlos con el paso del tiempo.
Demostró que todas las políticas legislativas tendientes supuestamente a mejorar la condición de los trabajadores y de las masas eran en verdad contrarias a los intereses de aquellos a los que estaban diseñadas a ayudar—que su efecto era el de generar desempleo, retardar la acumulación de capital, y de esa manera mantener baja la productividad del trabajo y el estándar de vida de todos. 
En una trascendental y original contribución al pensamiento económico, demostró que las depresiones eran consecuencia de las políticas de expansión crediticia auspiciadas por el gobierno, diseñadas para lograr que la tasa de interés se mantuviese por debajo de los niveles del mercado. Dichas políticas, evidenció Mises, daban lugar a malas inversiones a gran escala, las que privaban al mercado del capital liquido necesario y resultaban a posteriori en contracciones del crédito que provocaban los ciclos económicos de depresión. 
Fue uno de los principales defensores del patrón oro y del laissez-faire en el ámbito de la industria bancaria, la cual consideraba que alcanzaría en ese marco virtualmente una reserva cercana al 100%, lo que imposibilitaría de ese modo tanto la inflación como la deflación de la moneda.
En síntesis, Mises fue capaz de demostrar: que la expansión de los mercados libres, la división del trabajo, y la inversión privada de capital constituyen el único sendero posible hacia la prosperidad y el florecimiento de la especie humana; que el socialismo sería desastroso para una economía moderna en virtud de que la ausencia de propiedad privada de la tierra y de los bienes de capital impide cualquier clase de determinación racional de los precios, o estimación de costos, y que la intervención gubernamental, además de obstaculizar y paralizar al mercado, resultaría ser anti productiva, conduciendo inevitablemente al socialismo a menos que el conjunto entero de las intervenciones fuese derogado.
En el prologo de la edición en español de Planificación Para la Libertad, el Doctor Alberto Benegas Lynch en su carácter de Presidente del Centro de Estudios sobre la Libertad escribía sobre Mises estos conceptos que compartimos en su totalidad y que cobran una vigencia inusual en nuestro medio por estos días: “De las enseñanzas de Mises resulta claro que es perjudicial sostener que primero hay que producir y luego distribuir, porque la producción y la distribución son simultáneas y sólo se logra la productividad óptima en el marco del respeto a la propiedad y a la libertad. Nadie va a invertir sus ahorros y capitales con entusiasmo si le dicen que cuando haya producido la abundancia que promueve el bienestar general, el estado, compulsivamente, le va a confiscar una parte de la producción para distribuirla de otra manera que no sea mediante el libre juego de los factores productivos. Mises explica con claridad meridiana que ninguna distribución es más justa y equitativa que la que resulta del mercado no intervenido, en el cual cada factor de producción recibe su parte en función de su aporte al proceso productivo”.
Desde el deceso de Mises acaecido el 10 de octubre de 1973 en la Ciudad de New York a los 92 años, su doctrina e influencia han experimentado un renacimiento. Si bien nadie que analice las actuales circunstancias que vive el mundo y en particular América Latina, puede evitar tener un dejo de pesimismo respecto al futuro, las tendencias pueden cambiar y ello en gran medida dependerá de cuán diestros y tenaces seamos en la difusión de ideales tan nobles como los que Ludwing von Mises nos dejara.


Gabriel Gasave es Investigador Analista del Centro Para la Prosperidad Global en el Independent Institute e Investigador Asociado en la Fundación Atlas1853 en http://independent.typepad.com/elindependent/2007/05/ludwig_von_mise.html

La derecha acuerda un programa de gobierno en Portugal

Los dos partidos conservadores que gobernarán Portugal los próximos cuatro años, tras ganar con una holgada mayoría en las elecciones del pasado 5 de junio, resucitaron ayer la unión de la derecha llevada a cabo en 2002 por el ex primer ministro José Manuel Durão Barroso, actual presidente de la Comisión Europea. 

El primer ministro designado, Pedro Passos Coelho, del Partido Socialdemócrata (PSD), y Paulo Portas, del Centro Democrático Social (CDS), ambos miembros de la familia conservadora de los partidos populares europeos, firmaron ayer un acuerdo político y programático para conducir un país que "enfrenta el periodo más difícil desde 1975", con una gran mayoría de portugueses que "están en su límite", según aseveró Passos. Portas señaló que "existen tres palabras para caracterizar la firma de este acuerdo: coraje, cambio y moderación".


El nuevo Ejecutivo tiene que hacer frente a las duras medidas de ajuste que les dicta la Unión Europea y el Fondo Monetario Internacional a cambio de fondos por valor de 78.000 millones de euros en los próximos tres años.


Passos Coelho asumirá el cargo de primer ministro en sustitución del socialista José Sócrates, en los próximos días para que pueda representar a Portugal en la Cumbre Europea del próximo 23 y 24 de junio.

Reformas

El documento estipula que el PSD y el CDS se comprometen a presentar un proyecto conjunto de revisión constitucional en que "deberá merecer especial atención" la reforma de los sistemas político y judicial, así como de los organismos de regulación, en especial el que tratará de "la problemática de la limitación del endeudamiento público".


La expectativa de los portugueses ahora es ver si Passos Coelho como primer ministro vale tanto como demostró cuando guió a su partido a una incuestionable victoria. Todos los analistas, sin excepción, exhortan al futuro gobernante a escoger un Ejecutivo de calidad.
Fuente: http://www.publico.es/382306/la-derecha-acuerda-un-programa-de-gobierno-en-portugal

miércoles, 15 de junio de 2011

La Libertad y los Libros

En el Día del Libro transcribimos el discurso completo del Premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, durante su exposición en la Feria del Libro en 2011.


Agradezco a los organizadores de la Feria del Libro de Buenos Aires honrarme con la invitación a ocupar esta tribuna el día de la inauguración. He tenido ya ocasión de participar en ella hace algunos años y me alegra saber que ha ido creciendo y atrayendo cada vez a más editores, libreros y lectores hasta convertirse en una de las ferias de libro más importante mes en todo el ámbito de nuestra lengua.


No me extraña nada que haya ocurrido así. Desde la primera vez que pisé Buenos Aires, hace de esto cerca de medio siglo, advertí que esta ciudad y los libros tenían una afinidad recóndita, comparable a la que sólo había advertido antes en París, y que, al igual que esta última, Buenos Aires era una ciudad de librerías -modernas y anticuarias-, de cafés literarios, de escribidores y lectores, donde todo letraherido se sentía inmediatamente en su casa. No es por eso nada raro que uno de los más grandes creadores de nuestro tiempo, Jorge Luis Borges, fuera un porteño y que se pueda decir de su extraordinaria obra que toda ella es como la exhalación imaginaria emanada de una biblioteca, institución en la que Borges, recordemos, en uno de sus más bellos textos, materializó el Paraíso.


Agradezco también a los organizadores de este certamen haber resistido las presiones de algunos colegas y adversarios de mis ideas políticas, para desinvitarme. Y extiendo mi agradecimiento a la Presidenta, señora Cristina Fernández de Kirchner, cuya oportuna intervención atajó aquel intento de veto. Ojalá esta toma de posición en favor de la libertad de expresión de la mandataria argentina se contagie a todos sus partidarios. Este episodio, me parece, más allá de lo anecdótico, plantea un asunto interesante y actual al que no me parece inadecuado abordar en el marco de este certamen con una breve exposición que se podría titular: "La libertad y los libros".


Manuscritos, impresos y, ahora, digitales, los libros representan la diversidad humana (mientras no sean expurgados, claro está). A condición de que puedan participar en ella sin discriminación, cortes, sin censura, los libros de una Feria del Libro son, en pequeño formato, la humanidad viviente, con lo mejor y lo peor que ella tiene: sus creencias, sus fantasías, sus conocimientos, sus sueños, sus amores y sus odios, sus prejuicios, sus pequeñeces y grandezas. Ningún espejo retrata mejor a esa colectividad de hombres y mujeres que conforman las diversas tradiciones, culturas, etnias, lenguajes, mitos, costumbres, modos y modas del fenómeno humano. Esa extraordinaria variedad desaparece cuando, abandonando la superficie, gracias a los libros nos sumergimos en lo profundo hasta llegar a aquellas raíces o denominadores comunes de la especie, pues allí descubrimos lo que hay de solidario y semejante por debajo de aquella frondosa variedad: una condición, unos sentimientos, unos anhelos, unas alegrías y unos miedos que establecen una identidad recóndita sobre las diferencias y distancias que la historia ha ido forjando entre razas, pueblos y culturas a lo largo de los siglos.


Los libros nos ayudan a derrotar los prejuicios racistas, étnicos, religiosos e ideológicos entre los pueblos y las personas y a descubrir que, por encima o por debajo de las fronteras regionales y nacionales, somos iguales en el fondo, que los "otros" somos en verdad "nosotros" mismos. Gracias a los libros viajamos en el espacio y en el tiempo, como hizo Julio Cortázar en La vuelta al día en ochenta mundos sin salir de su biblioteca, y comprobamos que, con todos sus matices y variantes, la humanidad es una sola y compartida.


Podemos comparar el mundo de los libros que en estos momentos nos rodea con un bosque encantado. Ellos están allí, quietos, inertes, silenciosos, como los árboles y las plantas de las fantásticas historias infantiles, esperando la varita mágica que los anime. Basta que los abramos y celebremos con sus páginas esa operación mágica que es la lectura para que la vida estalle en ellos convocada por la hechicería de sus letras y palabras, y un surtidor de ideas, imágenes y sugestiones se eleve del papel hacia nosotros nos impregne, arrebate y traslade a otra vida, a menudo más rica, coherente, intensa y entretenida que la vida verdadera, en la que a menudo las rutinas embrutecedoras cotidianas nos dejan apenas resquicios para la exaltación y la felicidad.


La vida de los libros nos enriquece y nos transforma. Nos hace más sensibles, más imaginativos y, sobre todo, más libres. Más críticos del mundo tal como es y más empeñados en que cambie también él y se vaya acercando a los mundos que inventamos a imagen y semejanza de nuestros deseos y sueños.
Por eso, los libros son un testimonio inapelable de las carencias y deficiencias de la vida, aquellas que incitan a los seres humanos a crear mundos de fantasías y a volcarlos en ficciones para poder tener aquello que la vida que vivimos no nos da.


El viaje al corazón de ese bosque encantado de los libros no es gratuito, un paseo divertido y sin secuelas. Es un viaje que deja huellas en el sentimiento y la inteligencia del lector, la comprobación de que el mundo real está mal hecho pues no basta para colmar nuestros anhelos. ¿Para qué inventaríamos otros mundos si con éste nos bastara? Es imposible no salir de un buen libro sin la extraña insatisfacción de estar abandonando algo perfecto para volver a lo imperfecto y empezar a mirar el entorno con cierto desánimo y frustración. Nada ha hecho que el mundo progrese tanto desde los tiempos de la caverna primitiva hasta la era de la globalización como ese viaje a lo imaginario que acompaña a hombres y mujeres desde su más remoto pasado y del que da testimonio inequívoco el mundo vertiginoso y laberíntico de los libros.
No es sorprendente, por ello, que los libros hayan despertado, a lo largo de la historia, la desconfianza, el recelo y el temor de los enemigos de la libertad, de quienes se creen dueños de las verdades absolutas, de todos los dogmáticos y fanáticos que han sembrado de odio y violencia zigzagueante el curso de la civilización.


La Inquisición lo vio clarísimo: los libros deben ser examinados y purgados por censores estrictos para asegurar que sus contenidos se ajusten a la ortodoxia y no se deslicen en ellos apostasías y desviaciones de la doctrina verdadera. Dejarlos prosperar sin esa camisa de fuerza de la censura previa sería poblar el mundo de heterodoxias, teorías subversivas, tentaciones peligrosas y desafíos múltiples a las verdades canónicas.


Esta mentalidad llevó a decidir que todo un género literario -la novela- fuera prohibida durante los tres siglos que duró la colonia en todas las posesiones españolas de América. Durante trescientos años no se pudo editar ni importar ficciones en las colonias americanas. El contrabando se encargó de que muchas novelas circularan en nuestras tierras, felizmente. Pero una de las perversas -o tal vez felices- consecuencias de esta prohibición fue que, en América Latina, como la ficción fue reprimida en el género que la expresaba mejor -las novelas-, y coma los seres humanos no podemos vivir sin ficciones, éstas se la arreglaron para contaminarlo todo -la religión, desde luego, pero también las instituciones laicas, el derecho, la ciencia, la filosofía y, y por supuesto, la política-, con el previsible resultado de que, todavía en nuestros días, los latinoamericanos tengamos grandes dificultades para discernir entre lo que es ficción y realidad. Eso ha sido muy beneficioso en los dominios del arte y la literatura, pero bastante catastrófico en otros, en los que sin una buena dosis de pragmatismo y de realismo -saber diferenciar el suelo firme de las nubes- un país puede estancarse o irse a pique. Los comisarios políticos han reemplazado en la vida moderna a los inquisidores de antaño.


Vez que se ha apoderado de un gobierno un fanático religioso, ideológico o un caudillo megalómano que se cree dueño de la verdad absoluta, los libros se han visto sometidos a purgas, recortes y vejaciones para tratar de evitar que lo que ellos encarnan mejor que nadie -la diversidad humana, la variedad de ideas, creencias, puntos de vista, costumbres y tradiciones- se divulgue y contradiga la visión dogmática, excluyente y autoritaria entronizada. Nazis, fascistas, comunistas, caudillos militares o civiles enceguecidos por los espejismos de las verdades absolutas han tratado a lo largo de toda la historia y en todas las geografías del planeta de domesticar y embridar el espíritu creativo, insumiso y crítico -que ha sido siempre el motor del cambio-, pero, por fortuna, siempre han fracasado. Dejando, eso sí, en el camino una miríada de víctimas - torturados, encarcelados y asesinados- que, pese a la represión y a las persecuciones, mantuvieron siempre viva aquella llama de libertad que anida, como un alma secreta, en el corazón de los libros.


Leer nos hace libres, a condición, claro está, de que podamos elegir los libros que queremos leer, y que los libros puedan escribirse e imprimirse sin inquisidores ni comisarios que los mutilen para que encajen dentro de las estrechas orejeras con que ellos aprisionan la vida. Defender el derecho de los libros a ser libres es defender nuestra libertad de ciudadanos, el precioso fuego que la atiza, mantiene y renueva.


Una de las mejores tradiciones de la Argentina ha sido ser un país de libros, escritores y lectores. Yo lo recuerdo muy bien, pues en mi infancia y mi adolescencia se nutrieron de revistas y libros (y, añadiré, películas y canciones) que se producían y editaban en este país y se difundían por todos los rincones de América. Por ejemplo, llegaban puntualmente a Cochabamba, la ciudad boliviana donde viví hasta los diez años. Recuerdo muy bien la llegada periódica de Leoplán para el abuelo, el Para ti que leían mi madre y m abuela y en Billiken que yo esperaba como maná del cielo. Más tarde, de universitario en San Marcos, en Lima, conocí la literatura más renovadora y moderna, (de Faulkner a Thomas Mann, de Joyce a Sartre, de Camus a Forster, de Eliot a Hemingway, gracias a las traducciones que editoriales como Losada, Sudamericana, Emecé, Sur y otras publicaban y distribuían por todo el continente. Como innumerables jóvenes latinoamericanos de mi generación puedo decir por eso que debo buena parte de mi formación literaria a esa pasión por los libros que anida en el corazón de la cultura argentina.


Hago votos porque esa hermosa tradición se renueve y fortalezca y que sea la mejor expresión de ello esta Feria del Libro de Buenos Aires.

martes, 7 de junio de 2011

Día del Periodista: Libertad!!! Libertad!!! Libertad!!!

por Pablo Coelho
"Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión." 
Artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Todos los 7 de junio celebramos en la República Argentina el «Día del Periodista» en conmemoración de la fundación en 1810, del primer periódico con ideas patrióticas: la «Gazeta de Buenos Ayres». 


Hace veinte años una resolución de la ONU titulada "Fomento de la libertad de prensa en el mundo" reconoció que una prensa libre, pluralista e independiente es un componente esencial de toda sociedad democrática pero sin embargo aniversario nos encuentra en una situación en que los derechos por los que lucharon los próceres de Mayo, especialmente las libertades de prensa, de opinión y de expresión se encuentra, como mínimo, en discusión.

Sin embargo, en la Argentina de hoy, desde los diversos sectores del poder no se da lugar al diálogo con quienes piensan distinto, se apela a la confrontación permanente -esa que transforma al adversario en enemigo y que, abriendo las heridas del pasado, intenta reescribir la historia de manera sectaria-, también se hacen ingentes esfuerzos por dominar a los medios de comunicación mediante el manejo discrecional de las pautas oficiales, los piquetes y las campañas de desprestigio y se promulgó una ley de medios -para muchos una verdadera «ley mordaza»- que, con la excusa de garantizar «todas las voces», pretende promover el acceso a los medios de los «amigos del poder»; todo esto codayuvando a la creación de un ambiente de incertidumbre en un contexto de creciente inseguridad jurídica.


Si bien no podría afirmarse que en la Argentina «no existe la libertad de prensa» esta se encuentra en un peligro manifiesto y nos obliga a estar permanentemente alertas y vigilantes ante cualquier atisbo de avance de quienes intentan acallar a quienes piensan distinto al poder de turno.


Esto es consecuencia de las situaciones antes descriptas las que -sumadas a algunas denuncias de brutalidad policial contra periodistas y el manejo oligopólico de la producción nacional del papel para diarios, de la que el estado es partícipe- configuran una situación poco transparente para el ejercicio libre del periodismo.


Es sabido que el ejercicio de la libertad de expresión no es un monopolio exclusivo de quienes ejercen el periodismo y más aún con la aparición de las nuevas tecnologías de la información y la  comunicación (TIC´s), pero son los periodistas y comunicadores quienes hacen uso de este derecho a diario en el ejercicio de esta tarea tan útil y necesaria para toda sociedad libre.


Si la ciudadanía no siente que algo anda mal cuando se vulneran los derechos humanos, es probable que a muchos se les hará más evidente cuando se atropelle aún más su derecho a recibir información oportuna, objetiva, plural y veraz y tal vez llegue el día en que la información que les falta les impida tomar las decisiones adecuadas y ya sea tarde.

Aquellos que creemos en el «Orden Social de la Libertad» debemos seguir bregando para mantener en la agenda pública el tema de la libertad de expresión, obligando a los estados a cumplir con los compromisos asumidos internacionalmente, generando espacios de discusión y participación ciudadana y haciendo visible los atentados contra la libertad de expresión por mínimos o sutiles que éstos sean en todos los foros posibles.


Es una dura tarea la que hay por delante en la verdadera defensa de los derechos humanos, los enemigos de la Libertad acechan permanentemente y son poderosos; pero también es una excelente oportunidad para ejercitarnos en la defensa de nuestras ideas y los valores y sentirnos, tal como nuestros próceres, unos auténticos «Soldados de la Causa de la Libertad».
por Pablo Coelho

lunes, 6 de junio de 2011

Vargas Llosa, un liberal democrático progresista

Es conocido que el escritor peruano Mario Vargas Llosa, al igual que la mayoría de los intelectuales y personas de la cultura de su generación, simpatizó inicialmente con los "ideales" del socialismo y de la revolución cubana y que, en la actualidad, es el principal referente latinoamericano del liberalismo, por lo cual injustamente lo encasillan como de "derecha".

Sin embargo, al igual que otras corrientes de pensamiento, el liberalismo tiene varias expresiones que van de la derecha a la centroizquierda: desde la más utópica como el libertarianismo y anarco-capitalismo norteamericano, el laissez faire del siglo XIX, el neoliberalismo de la economía social de mercado posterior a la Segunda Guerra Mundial, el liberalismo conservador, el democrático y el progresista. Y si bien Vargas Llosa llegó a Buenos Aires a participar de la inauguración de la Feria Internacional del Libro, él también será esta semana uno de los expositores en la reunión anual de la Sociedad Mont Pelerin (SMP).

Esta última, fundada en una localidad suiza en la posguerra por los principales referentes de la Escuela Austríaca de Economía, como Ludwig von Mises y Friedrich August von Hayek, reúne a intelectuales, académicos y activistas del liberalismo clásico.

Entre los miembros de la SMP, cuya coincidencia total es la defensa del Estado mínimo, también podrán encontrarse diferencias, como en materia de libertades civiles y política exterior entre los sectores conservadores y los libertarios, como el Instituto Cato.

Este último es el think tank de libre mercado más influyente de los Estados Unidos, cuyas posturas incluyen las críticas al intervencionismo militar en el extranjero, la propuesta de abolir el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional y hasta su rechazo al embargo norteamericano a Cuba, que es citado por la dictadura castrista en sus fundamentos ante la votación sobre el tema en la Asamblea Anual de la ONU.

Está claro que el último Premio Nobel de Literatura no está enrolado en las corrientes liberales de pensamiento que convoca a los participantes de las reuniones de la MPS, lo cual surge de sus artículos y conferencias. Vargas Llosa defiende el principio de subsidiariedad del Estado, incluyendo el acceso a la educación y la salud públicas, por lo cual su hijo Álvaro lo califica de socialdemócrata y que además admira al Nobel de Economía Amartya Sen, para quien las libertades democráticas también forman parte del desarrollo.

En realidad, el escritor y político peruano es un liberal democrático-progresista, ya que prioriza la defensa de las libertades civiles y políticas, la vigencia irrestricta del Estado de derecho, condena todo tipo de dictaduras y destaca las gestiones exitosas de gobernantes de la izquierda democrática pro-mercado en Latinoamérica. Por eso, no llama la atención que apoye a Ollanta Humala frente a Keiko Fujimori en la segunda vuelta presidencial en su país, coincidiendo con el diagnóstico de analistas que conocen muy bien la realidad peruana y que afirman que el líder nacionalista no seguirá finalmente el camino bolivariano de Hugo Chávez.

Precisamente, su apoyo a Humala ha llevado a que algunos intolerantes de la derecha le expresen que mejor se dedique a la novela y que no opine sobre política, lo cual está en línea con la visión antiliberal de considerar como "idiota" a los que piensan diferente.

En realidad, la influencia política de Vargas Llosa sería mayor en América Latina si en lugar de compartir casi en exclusividad paneles con referentes ciertamente de derecha como el español José María Aznar, el colombiano Álvaro Uribe y el boliviano Jorge Quiroga se lo viera más en encuentros públicos con el chileno Ricardo Lagos, el brasileño Fernando Henrique Cardoso y el español Felipe González, tan liberal-progresistas como él.

Lo importante es que Vargas Llosa es fiel a sus convicciones y no adapta el discurso al público que lo invita. Por ejemplo, en su participación en el vigésimo aniversario del influyente Instituto Libertad y Desarrollo, realizado a mediados de diciembre del 2010 en Santiago de Chile, no dudó en referirse como "dictadura" al régimen autoritario de Augusto Pinochet, aunque varios de sus anfitriones hayan sido sus ex funcionarios y simpatizantes. En definitiva, si hay una persona a la cual no le cabe el dicho "dime con quién andas y te diré quién eres" es al Nobel de Literatura 2010, quien finalmente inaugurará la Feria del Libro, pese a que se opongan por mal informados algunos iluminados de entrecasa.
por Gabriel Constancio Salvia. Director general del Centro para la Apertura y el Desarrollo de América Latina (Cadal).

sábado, 4 de junio de 2011

22 Años - Honremos a los «Héroes de Tianamenm» y a todos quienes luchan por la Libertad

Hace 22 años que el Ejército Popular de Liberación disparó contra manifestantes pacíficos en Pekín y otras ciudades, matando a centenares, si no miles, de estudiantes y simples ciudadanos que se habían congregado en demanda de un gobierno más abierto y receptivo. 
En los dos decenios transcurridos desde la fuerte represión de los manifestantes desarmados, el gobierno chino se ha desentendido de todo llamamiento que se le hecho para que ofrezca una explicación más transparente y sincera de lo ocurrido en la plaza de Tiananmen y sus alrededores el 3 y el 4 de junio. Lo que muchas personas llaman “matanza”, es calificado ahora por el Partido Comunista Chino de simples “disturbios políticos”. Esta semana, China ha abierto sus archivos nacionales secretos, pero ha justificado la necesidad de mantener en secreto todo documento histórico sobre la plaza de Tiananmen (y otros desagradables disturbios) para no dañar la “intimidad” o la “reputación” de nadie.

Pero las brutales tácticas y las subsiguientes medidas represivas aplicadas por el gobierno para suprimir el movimiento prodemocrático de 1989 dirigido por los estudiantes no son sólo historia. Son una herramienta permanente, utilizada para eliminar incluso la posibilidad de cuestionar el monopolio del poder del Partido Comunista. Su uso menoscaba de manera habitual la libertad de expresión, asociación y reunión, proclamada en la propia Constitución china.


Recientemente, el gobierno ha respondido a los alzamientos populares de Oriente Medio y el Norte de África intimidando, amenazando o deteniendo a toda persona que le parece potencialmente capaz criticarlo abiertamente. 

Desde finales de febrero, Amnistía Internacional ha documentado más de 130 casos de activistas, blogueros, abogados y otras personas que han sido detenidos por la policía, sometidos a seguimiento e intimidaciones por las fuerzas de seguridad o desaparecido. Algunas de estas personas son veteranos del movimiento estudiantil prodemocrático de 1989 que han vuelto a ser víctimas de persecución. Muchas se enfrentan a cargos imprecisos y potencialmente adaptables a cada caso relacionados con la “incitación a la subversión”, como los "cargos contrarrevolucionarios" que se utilizaron ya ampliamente en la represión de 1989. Entre ellas se encuentran:

Chen Wei: Activista de Sichuan a quien se llevó la policía el 20 de febrero y acusado desde entonces de “incitar a la subversión del poder del Estado”.

Ding Mao: Activista también de Sichuan y fundador del Partido Socialdemócrata, grupo al que se niega la legalización. La policía lo detuvo el 19 de febrero, y ha sido acusado también de “incitar a la subversión”.

Li Hai: La policía detuvo a Li Hai el 26 de febrero, acusado de “causar problemas” por difundir la “revolución jazmín” de Oriente Medio. Actualmente está bajo vigilancia y en espera de juicio. Li Hai fue encarcelado a mediados de la década de 1990 por "divulgar secretos de Estado" a raíz de que elaborara una lista de personas encarceladas tras las protestas de Tiananmen de 1989.

Wang Lihong: Ex médico, Wang Lihong fue sometida a vigilancia el 20 de febrero y detenida al día siguiente. Está acusada de “congregar a una multitud para alterar el orden público”.

El gobierno chino utiliza cada vez más el cargo de “incitar a la subversión del poder del Estado” para encarcelar a sus detractores. El Nobel de la Paz Liu Xiaobo y el activista Liu Xianbin, que participaron en la redacción de la Carta 08, manifiesto político en el que se pide un cambio político en China, están cumpliendo 11 y 10 años de prisión, respectivamente, por incitar a la subversión. Ambos habían cumplido ya penas de cárcel anteriormente por su participación en el movimiento estudiantil de 1989.

Otras personas acusadas últimamente de incitar a la subversión son el activista Hu Jun y el escritor Ran Yunfei.

viernes, 3 de junio de 2011

LIBERTAD





Catupecu Machu