miércoles, 21 de septiembre de 2011

Ética y Economía

Por Juan Carlos de Pablo
La relación que existe entre la ética y la economía se clarifica en cuanto se aprecia que "economía" es una palabra que se usa para significar cosas diferentes. 

Por eso en las líneas que siguen la cuestión se pone bajo el microscopio, diferenciando la relación que existe entre la ética y la realidad económica, entre la ética y la teoría económica, y entre la ética y la investigación económica. En la sección final se muestra que no solamente no hay conflicto entre ética y "economía", sino que corresponde resaltar la importancia económica que tienen los valores éticos. 

Eso que denominamos "realidad", es algo que surge de la interacción entre la Naturaleza y las decisiones que adoptamos los seres humanos.

El referido proceso decisorio comienza con la percepción de algún evento por parte de alguien, sigue con la calificación -por parte de él, o de ella- de tal evento como un problema, continúa con la explicación causal de dicho evento, y remata con alguna acción tendiente a modificarlo. Ejemplo: el ministro de economía observa la tasa de desempleo, la considera elevada, identifica las causas que la produjeron, y las modifica para que la tasa de desempleo resultante sea menor a la que lo movió a actuar.  

Del planteo anterior surge claramente que es imposible tomar decisiones sin un criterio, sin una guía, en una palabra, sin ETICA. En efecto, sin ética el proceso decisorio se paraliza, porque; ¿cómo es posible calificar a algo como un problema, sin un criterio ético?; ¿cómo es posible orientar la acción, sin un criterio ético?. Toda decisión busca acercar lo que existe a lo que se desea, consiguientemente es imposible decidir sin criterios éticos.

Es claro que, alguien que no es el decisor, puede calificar como inmoral al criterio usado por quien decide. Ejemplo: alguien puede calificar como poco o nada ético que un consumidor opte, dentro de sus alternativas factibles, por aquella que le brinda más placer a él, independientemente de los consumos de sus semejantes. Pero esto en modo alguno elimina las consideraciones éticas de la decisión humana.

No hay decisiones económicas y decisiones no económicas. Hay decisiones. "Económicas" y "extraeconómicas" son calificativos que, desde cierta perspectiva, se le colocan a las implicancias que tienen las decisiones. Ejemplo: crear o interrumpir una relación laboral es una decisión que tiene implicancias económicas, psicológicas, sociales, etc. El acto decisor sintetiza los referidos aspectos (que como se verá en un instante fueron creados al solo efecto de entender mejor), y en base a su criterio, cuando aparece un conflicto sacrifica un aspecto en pos de los otros.

Todos los seres humanos tomamos decisiones. Algunos de dichos seres humanos somos de profesión economista. En 1932 Lionel Robbins publicó su Ensayo sobre la naturaleza y significación de la ciencia económica (la edición en castellano fue publicada por Fondo de Cultura Económica en 1944), en el que al tiempo que alentó a los economistas a "meter las manos en el barro decisorio", especificó bajo qué condiciones los economistas podían actuar en cuanto economistas (una distinción que se aplica a cualquier profesión pero que no siempre ponen en práctica los abogados, los filósofos o los ingenieros).El decisor es una persona, y la decisión es un acto singular. ¿Qué es esto de basar el análisis económico en el homo economicus, el análisis político en el homo politicus, el psicoanálisis en el homo psicologicus, etc.? ¿Por qué no estudiar los comportamientos humanos a partir del homo? (esta última es, en el fondo, la propuesta de Gary Becker, premio Nobel en economía 1992, quien sugiere que el análisis de beneficio/costo -no necesariamente económico- se aplique al entendimiento de todo comportamiento humano). 

No sé por qué no se estudian los comportamientos humanos a partir del homo. Presumo que debido a la dificultad de atacar las cuestiones en forma integral, los asuntos comenzaron a analizarse concentrando el razonamiento en ciertos aspectos de la realidad, y consiguientemente abstrayendo el resto. Ni Adam Smith ignoraba que los hombres cuyo comportamiento quería comprender tenían problemas políticos y psicológicos, ni Maquiavelo ignoraba que esos mismos hombres tenían problemas económicos o psicológicos, ni Freud ignoraba que los mortales tenemos problemas económicos o políticos; lo cierto es que su obsesión por mirar la realidad a través de cierto prisma nos permitió entender mejor. Es más, nada indica que a Smith, Maquiavelo o Freud, les gustaran los "homos" que crearon para entender mejor; es muy probable que no les gustaran (entre los economistas nos preguntamos: ¿dejaría usted que su hija se casara con el "homo economicus?"). 

En el análisis económico al menos, se es deliberadamente restrictivo en los supuestos "económicos" y consiguientemente se es generoso en los supuestos, por ejemplo, políticos. En efecto, para identificar cuáles son los requerimientos técnicos de una política económica exitosa, el análisis económico supone que el gobierno está integrado por ángeles. Esto es deliberado. Nadie ignora que en la práctica los funcionarios son tan seres humanos como el resto; lo que ocurre es que el análisis económico trata de clarificar cuáles son los requerimientos "puramente técnicos" de una política económica exitosa, independientemente del resto de los requerimientos (ejemplo: que se necesitan por lo menos 3 instrumentos de política económica para alcanzar de manera simultánea 3 objetivos independientes de política económica). No me extrañaría que en el resto de las disciplinas ocurriera lo mismo: así como para el "análisis político puro" no interesa si el Príncipe se mantiene en el poder, en un país cuya economía crece o está en recesión, para el "análisis económico puro" no interesa si quien hace crecer la economía de un país es un dictador o un demócrata. Cuando se toman decisiones ambos aspectos son tenidos en cuenta de manera simultánea, convirtiéndose en necesarias las condiciones suficientes del logro de los objetivos, según las distintas visiones parcializadas de las diferentes disciplinas.

Por sus frutos los conoceréis. Que la ética está en el núcleo del análisis económico se nota al observar algunas de sus principales "recetas", subproductos todos del principio de escasez según el cual, lamentablemente, en la Tierra no hay de todo, para todos, gratis: 1) hay que evitar el desperdicio, para que con los recursos que existen, pueda haber más bienes para más personas; 2) hay que redistribuir afectando lo menos posible el esfuerzo de quien recibe fondos; 3) hay que evitar todo lo que impida la competencia, para que la energía de los productores se oriente a servir a los consumidores, etc. 

En particular destaco la importancia que dentro del análisis económico tiene la idea del bien común, que en la práctica a menudo pasa por la defensa de los "ausentes involucrados" en las negociaciones sectoriales. Ejemplos: ¿quién se acuerda de los consumidores, cuando productores y gobierno se juntan para discutir la protección aduanera?; ¿quién se acuerda de los ahorristas, cuando deudores y gobierno se juntan para discutir las tasas de interés?, etc. El punto se refiere más al análisis económico como tal, que a la actividad concreta de los economistas, algunos de los cuales opinan desde el punto de vista general, y otros argumentan "como abogados" desde cierta perspectiva sectorial; pero tengo la sensación de que, por propia formación profesional, el economista típico desarrolla más preocupaciones de tipo general que otros profesionales.

Esto choca contra la imagen pública de los economistas, los "aguafiestas" que recomendamos bajar salarios, echar gente, etc. ¿Qué médico, qué dentista, alguna vez da una buena noticia? A los profesionales se nos llama "cuando las papas queman", y se nos juzga contra alternativas más deseables pero no factibles. El buen economista, como cualquier buen profesional, busca el óptimo, entendiendo por tal la mejor alternativa de las factibles. 

No todos los problemas tienen solución, pero además no todos los problemas que tienen solución tienen hoy solución conocida. Este es el lugar que ocupa la investigación. ¿Qué relación existe entre la ética y la investigación económica?

Los recursos son escasos para la producción de mandarinas, acero, servicios bancarios... e investigación. Consiguientemente la "agenda de investigación" tiene que ordenarse según cierto criterio, y tal criterio no puede estar desvinculado de consideraciones éticas.

La conciencia individual, o el Papa, le dice a todos los seres humanos que dicen amar al prójimo, que cuando investiguen actúen en consecuencia, ocupándose de manera prioritaria de aquellas cuestiones que les sirvan a ese próximo a quien dicen amar tanto. Ejemplo: en Argentina hoy todo aquel que diga amar al prójimo debería estar estudiando con más ahinco los problemas del desempleo que las implicancias económicas de la caída del Imperio Romano. 

Con la misma fuerza con que señalo la estrecha vinculación que existe entre ética e investigación económica en el plano de los objetivos, planteo la desvinculación que existe en el plano de los instrumentos. No me refiero, claro está, a la justificación de los experimentos médicos con los seres humanos, en el nombre de la "ciencia"; me refiero a que, una vez propuesta a los investigadores una agenda para resolver problemas concretos, éstos deberían poder resolverlos según su leal saber y entender (la insistencia de la Doctrina Social de la Iglesia sobre la dignidad del ser humano, la importancia del trabajo, etc., es fundamental; la propuesta de intervención directa en el mercado laboral, para lograr los mencionados objetivos, sólo crea dificultades). Déjenme solo para que, con el análisis e historia económicos que conozco, trate de responder las cuestiones que le interesan a los miembros de la comunidad en que vivo.

¿Y la ciencia "pura"? Parecería clara la relación que existe entre ética e investigación aplicada, pero, en el campo de la ciencia pura, ¿no debería explorarse libremente? Respondo por economía. La ciencia pura surgió siempre como un subproducto de la aplicada. Ni Adam Smith, ni David Ricardo, ni Malthus, ni Marx, ni Marshall ni Keynes (ni siquiera el mismísimo Walras) se levantaron un día diciendo "hoy voy a inventar un nuevo principio del análisis económico". Por el contrario, leyendo su realidad contemporánea, y tratando de "hacer algo al respecto", abstrayeron de manera tan valiosa que descubrieron principios de validez atemporal y universal. Dudo que hoy pueda ocurrir algo diferente.

Hasta ahora se mostró la importancia que tienen las consideraciones éticas al direccionar las energías en el plano decisorio, así como en el de la investigación destinada a comprender mejor la realidad. Pero además la ética juega un rol importante en cuanto genera comportamientos que tienen significativas implicancias favorables desde el punto de vista económico. Por eso, en el resto de estas líneas voy a hablar del valor económico de los valores.

Imaginemos por un instante que todos los habitantes de un país observaran estrictamente patrones de conducta como los siguientes: decir la verdad; cumplir los contratos; tomar sólo lo que les pertenece por esfuerzo laboral propio, ahorros previos o herencia recibida; resolver pacíficamente las diferencias de opinión, etc. (éste es, dicho sea de paso, el "homo economicus" del an lisis económico). En ese país no serían necesarias las cárceles, ni los policías, las rejas o las empalizadas, ni buena parte de los tribunales, abogados, fiscales o jueces; ni tampoco las armas, los militares o los inspectores.

Si comparamos 2 países cuyas dotaciones de factores productivos y tecnología en uso fueran iguales, uno de los cuales está poblado por gente "buena" y el otro por gente "mala", observaríamos que el nivel de vida del primero sería (apreciablemente) superior al del segundo. Porque quienes en el segundo país trabajan de inspectores, policías, guardac rceles, etc., en el primero podrían trabajar de choferes, albañiles y jardineros; y los ladrillos que en el segundo país se destinan a la construcción de empalizadas, así como el acero que se destina a la erección de rejas, en el primero se podrían destinar a construir más viviendas, piletas de natación o escuelas.

Consiguientemente, además del valor que tiene en sí mismo, hay un "valor económico" en diseminar los valores éticos entre los habitantes de un país. La trasmisión de valores a través de la familia y la escuela constituyen una porción importante de una estrategia de cualquier desarrollo económico (piénsese, por ejemplo, en la notable diferencia de recursos que se invierten en ordenar el tránsito en un país de obedientes, donde basta una raya amarilla pintada en el asfalto, y en un país de desobedientes, donde se requieren bloques de cemento y rejas). 

Es muy probable que la relación entre ética y "economía" que se planteó en estas líneas, se verifique también en el resto de las disciplinas científicas. Pero no intento "exportar" saber; en todo caso queda a cargo de quienes cultivan las otras disciplinas, averiguar si esto es también cierto en su caso.
Por Juan carlos de Pablo en revista Criterio, 24 de octubre de 1994

jueves, 15 de septiembre de 2011

Manifiesto de Alternativa Liberal

Cuando los sistemas políticos dejan de ser representativos de la ciudadanía,
cuando los intereses políticos se sobreponen a los derechos individuales,
cuando la justicia se negocia y la ley se compra, la persona deja de ser libre.


Nosotros, la ciudadanía, hemos visto nuestros derechos usurpados por un sistema político estructurado y manipulado para proteger los privilegios de una clase gobernante que ha aprendido a vivir a costas de los ciudadanos. Hay un mal inherente en esta estructura de poder.

El maniobrar político ha socavado la institucionalidad y desechado la constitución, eliminando los pilares fundamentales de la democracia y el republicanismo. El Estado ha dejado de ser garante de los derechos y la justicia y se ha vuelto una estructura de poder por el poder mismo.

Cuando el sistema se ve viciado y comprometido la ciudadanía tiene no solo el derecho, sino la responsabilidad, de reclamar aquello que es intrínsecamente de ellos: su libertad. Existen principios anteriores y superiores al legislar humano, y cuando una clase de individuos viola estos principios y utiliza el poder y la fuerza para beneficiarse ante el sacrificio de otros, su accionar se vuelve en su absoluto ilegítimo.

Hoy heredamos una lucha histórica contra la inevitable inercia del poder hacia el autoritarismo. Porque la libertad nunca se termina de ganar. Por la libertad hay que seguir luchando siempre.

Alternativa Liberal
Libertad • Prosperidad • Justicia

miércoles, 7 de septiembre de 2011

El desenlace del populismo

Por Alberto Medina Méndez
Sin lugar a dudas, el populismo ha crecido geométricamente en estas últimas décadas. No solo se ha multiplicado sino que se ha diseminado por todo el planeta sin disimulo. En el presente existen desde versiones folklóricas con personajes pintorescos hasta otras de las más refinadas, lideradas por eruditos o sujetos cultos con notable formación académica.

Como fenómeno político mundial, habrá que decir que hace tiempo que dejaron de ser un patrimonio exclusivo de los países subdesarrollados. Su onda expansiva ha alcanzado a penetrar en las democracias más modernas, en los países más desarrollados, con mucha contundencia, al punto que sus discursos actuales están plagados de citas que solo muestran como ha crecido esa visión de la actividad política sin importar demasiado la orientación ideológica coyuntural.

Es que en la esencia del populismo, está presente una de las claves que apalanca la perpetuidad tan ansiada por tantos líderes actuales. El populismo demagógico de este tiempo encontró en esa mirada pragmática, casi mágicamente, los medios para distribuir lo ajeno quitando sistemáticamente a unos y dando a otros, para hacer regalos a cambio de favores entregando dádivas, subsidiando a los ineficientes de siempre con argumentos aparentemente simpáticos y razonables, para someter a las corporaciones, amedrentar a los díscolos, acallar a la prensa. Pero lo más importante, le permite seducir a los más, mecanismo imprescindible para que en la próxima compulsa electoral puedan contar nuevamente con la aprobación mayoritaria de la sociedad, esa que  les renueva los mandatos y les permite seguir su derrotero sin escollos. De ese modo, se explota, con una astucia inmoral, una de las tantas grietas que ofrece el sistema democrático.

Pero la pregunta del millón, es ¿Cómo termina esta historieta? O si lo queremos ver de otra manera, tal vez la inquietud sería ¿Culmina alguna vez o se trata de un fenómeno eterno?

Algunos creen que el sistema se puede retroalimentar hasta el infinito, que es probable repartir lo de los demás y que esto no se acabará jamás como si fuera una fuente inagotable de recursos, que los saqueados seguirán trabajando para todos y que algún extraño mecanismo hará que sigan haciéndolo sin saber porqué, aunque se sientan esquilmados de por vida.

Pero no hace falta ser demasiado inteligente para darse cuenta que si el populismo se entusiasma y sigue apretando el acelerador como hasta ahora, para seguir con la fiesta, haciendo trabajar a algunos para otros, humillándolos públicamente, atacándolos para colocarlos como los máximos enemigos de la sociedad, el desenlace resulta esperable, evidente, y de ninguna manera podrá ser una sorpresa.

Habrá que entender que es muy difícil creer que siempre habrá algo para repartir, que los vientos favorables soplarán indefinidamente, que los expropiados aceptarán sumisamente su condición, y que pese al permanente desaliento al trabajo, a la inversión, a la producción, al desarrollo económico y la acumulación de riquezas, seguirá habiendo gente dispuesta a servirle incondicionalmente al mandamás de turno, para que siga haciendo de las suyas.

Es posible que esto pueda sostenerse durante algún tiempo, pero no resiste mucho análisis creer que los perjudicados de este juego, seguirán siendo “contribuyentes mansos” de esta parodia que pretende mostrar al saqueador como el héroe y al generador de riqueza como el villano.

Como en casi todos los procesos históricos, algunos creen haber encontrado la fórmula del éxito, aquella con la que sueñan muchos, la que dispone de inagotables recursos sin esfuerzo alguno. Hay que decir que se trata de una fantasía, de una construcción intelectual falaz, que solo puede encontrar explicaciones verdaderas en fenómenos complejos, lejos del entendimiento de estos improvisados, donde muchos de los ingredientes son ignorados solo porque no coinciden con la percepción ideológica de los pseudo intelectuales que rodean al circunstancial demagogo.

Los adversarios del populismo demagógico tienen en realidad dos caminos para derrotar legítimamente a la inexorable inviabilidad de su oponente. Una posibilidad es intentar ponerle freno de la mano de atenuantes que aminoren el impacto, proponiendo medidas que pongan paños fríos a tanto descalabro, como muestra la historia reciente de cada país, invitando a la reflexión ciudadana y a recapacitar sobre el rumbo que estamos transitando. Es probable que estas acciones brinden cierta satisfacción de corto plazo, pero también es altamente posible que la agonía resulte demasiado prolongada y que el sufrimiento de la sociedad sea tremendo, o bien que el daño moral sea irreparable con secuelas que demandarán generaciones para revertir la historia.

La otra variante es, en una versión cuasi trotskista, permitir que el sistema evolucione, que se perfeccione, que sus contradicciones se presenten naturalmente, acelerando incluso su proceso para que, al tocar fondo, y crisis mediante, esa que de todas maneras será inevitable, podamos dar  vuelta la página de una vez, al encontrarse el sistema con su propio limite porque no pueda sostener sus propias falencias.

Es difícil saber cuál es el punto de inflexión, cuando hará contacto con su punto más bajo para buscar el camino hacia la racionalidad. Elegir el momento adecuado, quedará en manos de aquellos que disfrutan del arte de la táctica política.

La fiesta no durará eternamente, tendrá costos, habrá que pagarlos y lamentablemente los que hoy defienden esas banderas saben que ellos no las pagarán, en todo caso lo harán sus hijos, las generaciones que vienen, lo que demuestra la profunda perversidad que los describe. Pero de algo podemos estar seguros, de lo inevitable del desenlace del populismo. 
Por Alberto Medina Méndez
en http://www.existeotrocamino.com/?p=4286

lunes, 5 de septiembre de 2011

No tan revolucionaria

por Samuel Gregg 

Mientras se desarrolla la crisis financiera de la Unión Europea en el viejo continente, muchos jóvenes europeos están dándose tardíamente cuenta de que su futuro económico es poco propicio.

Desafortunadamente, decenas de miles de jóvenes europeos que han tomado las calles de ciudades como Lisboa, Madrid, Barcelona, Atenas y París en los meses recientes, para expresar su disgusto, no están realmente interesados en un cambio radical.

Más bien, tienden a ser criaturas muy convencionales -fuertes proponentes del mantenimiento de un status quo insostenible.

Llamados “los indignados”, los jóvenes irritados de Europa derivan su nombre de un panfleto de gran venta, Indignez-vous, de 2010, escrito paradójicamente por alguien en el otro lado del espectro de edades, Stéphane Hessel, un hombre de 93 años, parte de la Resistencia Francesa.

Todo lo que usted necesita saber acerca del contenido del panfleto está revelado en el hecho de que su primera traducción al inglés fue publicada en marzo de este año por The Nation -el baluarte de la izquierda en EEUU.

Lleno de acusaciones en contra de la “dictadura actual internacional de los mercados financieros” y de exhortaciones a “enojarse”, el texto de Hessel denuncia también las reformas de esos mismos estados de bienestar que han ayudado a llevar a mucho de Europa al filo de una catástrofe financiera.
Por razones históricas, las clases políticas de Europa se ponen nerviosas cuando las personas, jóvenes o viejas, salen a la calle.
Después de todo, las protestas masivas en contra del status quo en 1789, 1848, 1918 y 1968 ayudaron a facilitar cambios inmediatos e importantes, por no mencionar saqueos, violencia y, ocasionalmente, tomas temporales del poder por parte de regímenes de terror.

Esta vez, sin embargo, las cosas son diferentes. Con una renuencia apenas disfrazada, los gobiernos europeos están procediendo a implantar pequeños cambios dirigidos a reducir los costos del estado de bienestar. Pero los indignés protestan por no solo el dolor del cambio -también resienten los cambios en sí mismos.

Desde luego, hay una franja anarquista en estas protestas juveniles -los individuos con máscara de nieve que con rutina se unen a cualquier demostración por el gozo de la violencia física en contra de la policía y la destrucción al azar de la propiedad privada.

Pero, por mucho, los indignados quieren exactamente los que sus padres y abuelos consideran como su derecho innato: empleos de por vida que no requieran esfuerzo, atención médica gratuita, ingreso mínimo garantizado, seis semanas de vacaciones pagadas, jubilación temprana y pensiones gubernamentales generosas.

En otras palabras, quieren una Europa Social. Los indignados parecen no comprender, sin embargo, lo mucho que este sistema económico ha contribuido a crear su mala situación presente.

Por ejemplo, la regulación del mercado de trabajo. Por décadas, muchos gobiernos de Europa Occidental -en el nombre de la prosperidad- han dificultado a los empleadores realizar despidos.
Como consecuencia, los negocios europeos tienen que pensarlo dos veces antes de contratar a cualquiera, porque saben que una vez que lo han hecho, es muy difícil despedirlos, incluso en casos de la más grande incompetencia.

Muchos jóvenes europeos, por consecuencia, están en una posición imposible para encontrar trabajo, o condenados a una media vida de improvisación en contratos de medio tiempo y corto plazo, con un trabajo para el que están sobrecalificados.

La realidad de que sus apuradas circunstancias financieras les haga a menudo tener que vivir con sus padres, los que presumiblemente están entre esos quienes gozan del beneficio de no poder ser despedidos, no hace que su situación sea mejor.

¿Escuchamos a los indignados reclamando reforma del mercado laboral? No, para nada. Están protestando contra esos cambios en Portugal, Francia, España y Grecia. En este sentido con son diferentes de esos estudiantes franceses cuyas protestas callejeras ayudaron a debilitar una liberalización tibia de las layes laborales en Francia, durante 2006.

Muchos jóvenes europeos desconocen en mucho que las tendencias demográficas están inclinando la balanza en su contra. La tasa de nacimiento, por debajo de la de reemplazo, que prevalece en casi toda nación europea, producirá un cambio en la proporción de trabajadores activos y jubilados, de 2:1 a 1:1.

Esto hace poco probable que incluso las reformas actuales, como el alza de la edad de retiro, pueda impedir la eventual implosión de los estados de bienestar europeos -un proceso que al ritmo actual comenzará mucho antes que les indignés se acerquen siquiera un poco a recibir su primer cheque de pensión estatal.

Los indignados tampoco parecen darse cuenta de que cualquier oportunidad que ellos tengan de forzar las reformas de liberalización económica por la vía democrática se debilitan cada día.

Los mismos desarrollo demográficos que comprometerán severamente sus prospectos económicos, reducirán también a los jóvenes europeos al status de una minoría en el continente de más rápido envejecimiento del mundo.

Esto disminuirá progresivamente su capacidad para tener más votos que la gerontocracia de millones y creciente, los que parecen estar tranquilamente satisfechos consumiendo el futuro de sus hijos.
Nada de esto significa que los jóvenes europeos no deban estar indignados por el desorden financiero actual del continente. Tienen todo derecho a estar hartos de su mala situación económica. Las clases políticas europeas merecen su desprecio.

Pero como señaló François Fillon, el anglófilo primer ministro, al señor Hessel -y por eso indirectamente a los airados jóvenes europeos- “la indignación por la indignación no es una manera de pensar”.
Si el reto que enfrenta China es el envejecer antes de enriquecerse, uno de los problemas de Europa es que esos que constituye su futuro quieren vivir en el pasado inmediato.

Su imaginación permanece entrampada en la fantasía social europea de una seguridad económica más o menos permanente y una visión de la vida que desalienta la iniciativa personal y el asumir riesgos: en otras palabras, las cosas que ayudan a ser claramente humana a la vida humana.

Cuanto más tarden en despertar los indignados europeos y ver estas realidades, más prolongada será su pesadilla presente.
Fuente: http://www.fundacionburke.org/2011/07/12/no-tan-revolucionaria/

viernes, 2 de septiembre de 2011

¿Por qué ser libre?

Por Alberto Benegas Lynch 

Por lo pronto hay que decir que el hombre no puede dejar de ser libre en el sentido de que se ve impelido a tomar decisiones. Si, paradójicamente se ve forzado a ser libre. No puede renunciar a su naturaleza, no puede convertirse en un avión ni en una lapicera, es un ser humano y como tal debe decidir constantemente entre diversos cursos de acción. Incluso cuando decide quedarse quieto está eligiendo, prefiriendo y optando. También cuando delega sus decisiones en otro, está revelando su libertad. En resumen, el ser humano es libre a pesar suyo.

Ahora bien, esa libertad puede ser ancha como un campo abierto o puede convertirse en un sendero estrecho, angosto y oscuro en el que apenas se pasa de perfil. Lo uno o lo otro dependen de que los hombres entre si no restrinjan la libertad del prójimo por la fuerza. No dejamos de ser libres porque no podemos volar por nuestros propios medios, ni dejamos de gozar de la libertad porque no podemos dejar de sufrir las consecuencias al cometer actos estúpidos, ni somos menos libres debido a que no podemos desafiar las leyes de gravedad ni las ineludibles leyes biológicas. Solo tiene sentido la libertad en el contexto de las relaciones sociales y, como queda dicho, se disminuye cuando otros hombres se interponen recurriendo a la violencia.


No debe confundirse libertad con oportunidad. El que no es un atleta no tiene la oportunidad de ganar el premio de cien metros llanos y el que no dispone de los recursos suficientes no cuenta con la oportunidad de adquirir una mansión. Se trata de dos conceptos distintos. El náufrago en una isla desierta dispondrá en general de muchas menos oportunidades que el que habita en una ciudad, pero no por eso es menos libre. La naturaleza impone restricciones a las oportunidades así como también las imponen las conductas humanas y las condiciones sociales pero si no media la fuerza, hay libertad. Solo puede ser restringida si se recurre a la fuerza lesionando derechos. Lo contrario significaría un uso arbitrario y del todo inconducente respecto del sentido de la libertad.

Thomas Sowell aclara muy bien las confusiones y los usos inadecuados de conceptos cuando escribe en su Knowledge and Decisions : “¿Qué libertad tiene un hombre que se está muriendo de hambre? La respuesta es que el hambre constituye una condición trágica, tal vez más trágica aun que la pérdida de la libertad. Pero eso no impide que se trate de dos cosas bien distintas. No es relevante la importancia se le atribuya a lo desagradable que resulta el endeudamiento y la constipación pero un laxante no eliminará la deuda y un aumento de sueldo no permitirá la regularidad del vientre. Del mismo modo, en cuanto a bienes apetecidos, el oro puede considerarse jerárquicamente superior que la manteca, pero no puede untarse un sándwich con oro ni comérselo como nutriente. La jerarquía que se le atribuya a las cosas no puede confundir las que son distintas. El mero hecho de que algo puede ser más importante que la libertad no hace que ese algo se convierta en libertad”.

Cuanto menos margen de libertad se permita al hombre, ya sea por los manotazos del Leviatán o por la violencia de otros sustentados en la mera fuerza bruta, más se lo asemeja al animal no racional y más se lo despoja de sus atributos y condiciones propiamente humanas. Cuanto más ocurra esta desgracia más precaria y gaseosa se convierte la vida.

Pensemos en lo que podemos y no podemos hacer al efecto de medir nuestras libertades. Solo unas poquísimas preguntas de lo más cercano a la vida diaria despejará el tema. ¿Están abiertas todas las opciones cuando tomamos un taxi? ¿Ese servicio puede prestarse sin que el aparato estatal decida el otorgamiento de licencias especiales, el color del vehículo, la tarifa y los horarios de trabajo? ¿Cuándo elegimos el colegio de nuestros hijos, la educación está libre de las imposiciones de ministerios de educación? ¿Puede quien está en relación de dependencia liberarse de los descuentos compulsivos al fruto de su trabajo? ¿Puede elegirse la afiliación o desafiliación de un sindicato o no pertenecer a ninguno sin sufrir las decisiones de los dirigentes? ¿Puede exportarse e importarse libremente sin padecer aranceles, tarifas, cuotas y manipulaciones en el tipo de cambio? ¿Pueden elegirse los activos monetarios para realizar transacciones sin las imposiciones del curso forzoso? ¿Hay realmente libertad de contratar servicios en condiciones pactadas por las partes sin que el Gran Hermano se interponga, meta sus narices y constriña? ¿Hay libertad de prensa sin contar con agencias gubernamentales de noticias, pautas oficiales, diarios, radios y estaciones televisivas estatales y sin la propiedad del espectro electromagnético que impone la figura de las concesiones gubernamentales? ¿Hay mercados libres con pseudoempresarios que hacen negocios con los gobiernos de turno y las consecuentes prebendas y privilegios? ¿Puede cada uno elegir la forma en que preverá su vejez sin que el aparato estatal imponga retenciones al salario?

La decadencia de la libertad no aparece de un solo golpe. Se va infiltrando de contrabando en las áreas más pequeñas y se va irrigando de a pocos al efecto de producir estados de anestesia en los ánimos. Pocos son los que dan la voz de alarma cuando el cercenamiento de libertades no le toca directamente el bolsillo. Es como el cuento de aquel que vio como aniquilaban la libertad del verdulero, pero no decía nada porque no era verdulero, vio como interferían con la libertad del zapatero pero no dio la voz de alarma porque no era zapatero y así sucesivamente hasta que entraron a su casa para amordazarlo pero ya era tarde porque no lo dejaron hablar.

Es como dice el poeta “Me acusa el corazón de negligente/ por haberme dormido la conciencia/ y engañarme a mi mismo y a la gente/ por sentir la avalancha de inclemencia/ y no dar voz de alarma claramente”.

Tocqueville en La democracia en América nos dice que “Se olvida que en los detalles es donde es más peligroso esclavizar a los hombres. Por mi parte, me inclinaría a creer que la libertad es menos necesaria en las grandes cosas que en las pequeñas, sin pensar que se puede asegurar la una sin poseer la otra”.

No hay nadie que no declame a favor de la libertad, el asunto es que se quiere decir con esa expresión. 
Ya Marie-Jeanne Roland, cuando era conducida a la guillotina en plena contrarrevolución francesa, exclamó ¡Libertad, cuantos crímenes se comenten en tu nombre! Por su parte, Anthony de Jasay escribe que “Amamos la retórica y la palabrería de la libertad a la que damos rienda suelta más allá de la sobriedad y el buen gusto, pero está abierto a serias dudas si realmente aceptamos el contenido sustantivo de la libertad”.

El liberalismo significa el respeto irrestricto a los proyectos de vida de otros. Nada más y nada menos, la sociedad abierta significa que cada uno puede hacer lo que le venga en gana con lo propio sin rendir cuentas a nadie, siempre que no vulnere igual facultad de otros. Los megalómanos que quieren fabricar el “hombre nuevo” y demás dislates y sandeces siempre conducen al cadalso. El antropomorfismo del Estado (siempre con mayúscula, sin que se use el mismo criterio para el mucho más respetable individuo), hace que se personifique ese aparato y se le atribuyan todas las virtudes imaginables y todas las responsabilidades para que la gente sea buena. Tamaño despropósito niega la idea del agente moral y destruye la noción más elemental de justicia que, según la clásica definición de Ulpiano, consiste en “dar a cada uno lo suyo”.

La maximización de la libertad es indispensable por el oxígeno que brinda para poder vivir humanamente, no por otra cosa que siempre le estará subordinada. Nada se gana con tener todo lo demás si se es un esclavo. Además, las naciones libres cuentan con condiciones de vida infinitamente superiores a las que se encuentran sumidas por los dictados de autócratas confesos o disimulados, pero esto es un adicional, que si bien muy importante no reemplaza la dicha de ser libre, no reemplaza la posibilidad feliz de mantener y celebrar la situación propiamente humana.

¿Cuántas personas hay que no hacen absolutamente nada por la libertad? ¿Cuántos hay que creen que son otros los encargados de asegurarles el respeto a sus libertades? ¿Cuantos son los indiferentes frente al avasallamiento de la libertad de terceros? ¿Cuántos los que incluso aplauden el entrometimiento insolente del Leviatán siempre y cuando no les afecte su patrimonio e intereses de modo directo? 
Afortunadamente todavía hay quienes se quejan amargamente de esta situación y proponen soluciones, pero muchas veces es como si estuvieran gritando desde un pozo profundo, oscuro y con muy mala acústica. Forman parte del remnant de que nos habla Isaías.

Es en verdad triste observar documentales en los que se divisan siluetas cadavéricas desplazarse como zombies en caravanas interminables con algún bultito al hombro, dirigidos por los bestias totalitarios de cualquier rincón del orbe. Para las víctimas ya fue tarde, van al despeñadero, dejaron de ser humanos, no solo se los trata como animales sino que tienen arada el alma y achurada en tajos y rebanadas de una pavorosa profundidad que se abren a un vacío ilimitado de dolor y llanto interior.

En otros casos, se ven sujetos bien vestidos, con portafolios y celulares desplazándose en automóviles de lujo que albergan en residencias descomunales pero sus vidas y su suerte están prendidas y atadas a los dictados de funcionarios gubernamentales sedientos de poder que manejan a estas pseudopersonas como marionetas, mientras estos títeres que no solo se han dejado violar y dejado que se masacre espiritualmente a otros, sino que les brindan apoyo irrestricto a sus carceleros con tal de tener gratificaciones corporales aunque hayan rematado su espíritu y hayan dejado de ser personas.

Entonces ¿por qué ser libres?, por la sencilla razón que de ese modo nos elevamos a la categoría de seres humanos y no nos rebajamos y degradamos en la escala zoológica, por motivos de dignidad y autoestima, para honrar al libre albedrío del que estamos dotados, para poder mirarnos al espejo sin que se vea reflejado un esperpento y, sobre todo, para poder actualizar nuestras únicas e irrepetibles pontencialidades en busca del bien. Con esto se juega nuestro destino, ¿puede concebirse algo de mayor importancia?  
Por Alberto Benegas Lynch 
en http://www.elcato.org/por-que-ser-libre
publicado originalmente en El Diario de América (EE.UU.) el 25 de agosto de 2011

jueves, 1 de septiembre de 2011

Libertad: El mejor remedio contra la pobreza IV

También se necesita crecimiento económico…

La interrogante de cómo darles a los pobres mejor acceso a las oportunidades económicas es otro tema fundamental. En primer lugar, esto requiere de una economía dinámica y en crecimiento.
Otro disparate socialista es ignorar o al menos minimizar el tema del crecimiento económico cuando se trata de lidiar con la lucha contra la pobreza. Nuevamente, esto se explica únicamente por la preocupación de la izquierda con los beneficios entregados por el Estado y con las burocracias intervencionistas — y por el incómodo hecho (desde el punto de vista izquierdista) de que las políticas
económicas liberales, especialmente el libre comercio, han sido mucho más exitosas en producir un crecimiento duradero que las políticas de intervención estatal — ¡tanto así que los ambientalistas
atacan al liberalismo, y especialmente al comercio, por producir demasiado crecimiento económico!

La verdad evidente es que el liberalismo clásico, bajo el cual floreció el libre comercio, ha sido la estrategia económica más exitosa en la historia mundial. Puso fin a las hambrunas europeas en el siglo
XIX, que hasta ese momento eran consideradas el destino inevitable de la humanidad. Tendemos a olvidar que, por ejemplo, durante el siglo XVIII en Francia hubo nueve hambrunas que mataron a más del 5 por ciento de la población. Cuando vemos hambrunas en la actualidad, sólo las encontramos en dictaduras que no son capitalistas, ni liberales, ni de libre mercado, como Corea del Norte.

La era del libre comercio en el siglo XIX hizo posible la riqueza para todos por primera vez en la historia humana. Que el libre mercado sea fuente de riqueza es una verdad incuestionable hoy en día. La evidencia empírica lo confirma.

La Fundación Friedrich Naumann es uno de los 52 co-editores de un estudio anual llamado “Libertad Económica del Mundo” que fue concebido originalmente por el premio Nóbel Milton Friedman.

El propósito de este estudio es medir y comparar la libertad económica en 123 países. Indicadores que pueden medirse, como los tipos impositivos, el porcentaje de consumo del gobierno como porcentaje del PIB o la cantidad de restricciones al comercio son utilizados para ubicar el lugar de cada país en este ranking comparativo. Esto no se hace por mero interés académico. El estudio ha demostrado claramente que existe una extraordinaria correlación entre la libertad económica y el crecimiento económico. En cambio, entre más grande sea el peso del Estado sobre el individuo, más estancada se encuentra la economía. Esto no constituye una sorpresa para los economistas liberales que siempre han creído que el
dinamismo económico depende de la iniciativa individual, la creatividad y la toma de riesgos, y estos rasgos necesitan de la libertad para florecer. Desdichadamente el sentido común no siempre ha
guiado la formulación de políticas económicas.

También se ha demostrado al correlacionar los resultados de “Libertad Económica del Mundo” con otros criterios de “niveles de vida”, en lugar de simples tasas de crecimiento, que los países más
libres del mundo tienen las tasas más bajas de pobreza, cuentan con menos analfabetismo, menos corrupción, y una expectativa de vida más alta que los países menos libres. De nuevo, el sentido común
sugeriría esto, ya que el crecimiento económico genera los recursos que se necesitan para resolver los problemas más apremiantes de la humanidad; sin embargo, el mito de que los beneficios del
crecimiento no les llegan a los pobres es poderoso — la vieja visión de que el rico se hace más rico y el pobre más pobre. Esta creencia está claramente equivocada, como la experiencia histórica y la evidencia empírica del “Índice de Libertad Económica del Mundo” lo demuestran, no obstante esta visión parece ser insensible a los hechos. Probablemente se deba a la incapacidad de comprender el elemento de la economía que es de alguna forma contra-intuitivo: que una economía no es un juego suma-cero, que mi ganancia económica no se basa en su pérdida, que ambos lados ganan en un intercambio libre y voluntario — que, en otras palabras, todos podemos hacernos más ricos, aunque tal vez a velocidades diferentes. 

¿Pero qué dice este estudio sobre aquellos que se “quedan rezagados”? Todos hemos escuchado que la brecha entre los países ricos y los pobres está aumentando. Eso es cierto. En el Tercer Mundo
hay países con tasas de crecimiento estancadas o incluso negativas, mientras que la mayoría de las economías del primer mundo están — al menos moderadamente — creciendo. Pero puede entenderse
únicamente si, de nuevo, uno lo correlaciona con el grado de libertad económica. El resultado: el grupo de los países más pobres y con las tasas de crecimiento más precarias es casi idéntico con el de aquellos que no han abierto sus economías y constantemente interfieren en la libertad de sus pueblos. Sí, hay gente que se “queda rezagada”, pero no son víctimas del libre comercio o la globalización, sino de sus propios gobiernos.

Uno podría sostener que una tasa de crecimiento tomada en el agregado no dice mucho sobre la distribución interna de la riqueza. La prensa reporta que en los países industrializados la liberalización de la economía bien pudo haber creado nuevos empleos, pero éstos solo eran empleos basura o “Mac-empleos”, como los llaman los expertos con el fin de añadirle al argumento el usual tono antiestadounidense. Los “trabajadores pobres” es el nuevo estereotipo que se supone le da alguna munición retórica a los guerreros contra la globalización y el libre comercio, tanto en la derecha como en la izquierda. 

Aún si fuera cierto, todavía sería un mejor escenario que la exclusión del mercado laboral de los trabajadores menos calificados que practican los abotagados Estados Benefactores en Europa. Pero no es para nada cierto — al menos en la forma en que se presenta generalmente. Las nuevas tecnologías no solo no destruyeron empleos, sino que crearon nuevos y mejores.

Aquellos países que mantuvieron sus mercados relativamente abiertos experimentaron un aumento en la demanda de trabajadores altamente calificados en lugar de un incremento en la demanda de trabajadores poco calificados. En Estados Unidos, el 55% de los empleos creados entre 1983 y 1996 fueron altamente calificados, cerca del 32% requerían capacidades medias, y únicamente un 18% eran trabajos poco calificados. Si uno mira la distribución del ingreso dentro de los países, las naciones más pobres y menos libres económicamente también cuentan con desigualdades en el ingreso más grandes que los países libres económicamente. De vez en cuando uno debiera simplemente echarle un vistazo a las cifras para darse cuenta qué sucede detrás de los estereotipos comunes sobre la libertad económica y los mercados mundiales. 

Por lo tanto, a nivel global la conclusión debe ser la de continuar enérgicamente la liberalización multilateral del comercio bajo los auspicios de la OMC, sostiene el profesor Jagdish Bhagwati, una prominente autoridad en materia comercial, en un reciente artículo titulado “La mejor esperanza de los pobres” (The Economist, 22 de junio del 2002). En éste reprende a los gobiernos de los países en desarrollo por no ver el daño que les causa a sus economías su añejo amor por el proteccionismo, y por la creencia errónea que predomina en muchos de estos países que el proteccionismo de las naciones ricas — por más condenable que sea — justifica la perpetuación del proteccionismo propio. Esto significa castigarse uno mismo dos veces.

El objetivo de la elaboración de las políticas económicas es por lo tanto crear instituciones políticas y económicas que permitan la aparición de mercados eficientes de bienes y factores. En este contexto son cruciales las cortes, el sistema legal, un mecanismo imparcial de aplicación de la justicia, y un sistema eficiente de derechos de propiedad. La importancia directa para el pobre de todo esto será discutido luego, pero sí es necesario mencionar aquí un factor importante en la aparición de dichos mercados: la provisión y mantenimiento de la infraestructura. Los estudios sobre la pobreza han mostrado a lo largo del mundo que el acceso a infraestructura como caminos y electricidad disminuye la pobreza en las regiones estudiadas. La infraestructura en transporte conecta a los mercados y les da a los pueblos rurales acceso a nuevos bienes y nuevas oportunidades económicas, como producir productos más lucrativos tales como vegetales para mercados urbanos. 

La electricidad permite la aparición de pequeños talleres de reparación y producción. Sin dicha infraestructura, el crecimiento se concentrará en aquellas regiones que están ligadas al comercio internacional, como las costas, mientras que el interior se estanca. Una mirada superficial a China o
a la India demuestra esto. Los pobres necesitan una revolución legal.

El ligamen positivo entre políticas económicas liberales, crecimiento económico y reducción de la pobreza ha sido bien establecido empíricamente. Pero cuando se les confronta con la realidad del sufrimiento de los pobres, la mayoría de la gente siente que una respuesta que se concentra en la reforma de la política económica a nivel macro es muy abstracta y distante de la realidad que viven los pobres. Esto también constituye un impedimento político, ya que dicho razonamiento no atraerá a los pobres para que voten por un movimiento político liberal. 

Existe una necesidad comprensible y loable por hacer algo, cualquier cosa, para ayudar directamente a los pobres — a través de la caridad o de los instrumentos del Estado Benefactor. Esto también es lo que pedirán muchos pobres, acostumbrados a los sistemas estatales paternalistas. Pero el impulso moral a menudo oculta la interrogante sobre si estas reacciones en realidad enfrentan las raíces de la pobreza, o si solo alivian los síntomas al tiempo que generan dependencia y ahogan la iniciativa de los mismos pobres. 

 Habiéndose dado cuenta de esto, por muchos años la promoción de iniciativas de auto-asistencia ha sido el objetivo preferido entre las organizaciones que entregan ayuda. De esta forma se reconoció al menos que los pobres no son criaturas incapaces, sino que son individuos con mucho potencial innato. Sin embargo, esto da por sentado una simple pregunta: ¿Por qué los pobres necesitan el aliento de agencias externas, a menudo extranjeras, para que hagan lo obvio y se ayuden a sí mismos? No había ONG’s extranjeras cuando las personas de los países desarrollados se embarcaron en su largo camino por salir de la pobreza.

Muchas de las respuestas pueden encontrarse en dos libros brillantes del economista peruano Hernando de Soto. Su punto de partida es el sistema económico en que se encuentran los pobres del mundo, y señala que éstos no tienen acceso a los instrumentos e instituciones legales que hacen eficiente a la economía de mercado moderna: Estado de Derecho, protección y cumplimiento de los contratos, derechos de propiedad estables y seguros, y regulaciones simples pero eficientes de los mercados. 

En cambio, los pobres se ven enfrentados a un sistema legal que es excesivamente complicado
e ineficiente. Aún cuando las cortes son independientes y profesionales, los casos duran años en resolverse. Las regulaciones gubernamentales son horrorosamente complicadas y entrometidas, haciendo que cualquier actividad económica requiera de un sinnúmero de autorizaciones y vistos buenos. La gente pobre bien puede controlar activos como un pedazo de tierra en una barriada, pero estos activos no están registrados legalmente a su nombre. 

De Soto y su equipo realizaron un experimento práctico: intentaron poner un simple taller textil con un solo trabajador siguiendo todas las normas y regulaciones requeridas, sin pagar sobornos. Les tomó más de un año, y la conclusión es cruda: alcanzar la legalidad es prácticamente imposible para cualquier
microempresario. Aquí yace una de las principales razones para el tamaño del mercado informal.

Estas regulaciones inhibidoras también se extienden a iniciativas de auto-asistencia de los pobres: en muchos países éstas son técnicamente ilegales, especialmente las referentes a micro-crédito. Estas regulaciones son a menudo diseñadas para proteger a los pobres de ser explotados — en teoría. En la práctica, los expone a la explotación por parte de policías y burócratas a quienes tienen que sobornar con tal de llevar a cabo las actividades económicas más sencillas. Ya sea que trabajen como vendedores ambulantes, jaladores de coches, o conductores de microbuses, los pobres tienen que pagarle a quienes ostentan el poder, es decir, a la policía y la burocracia.

Esto también explica porqué la participación extranjera era necesaria: persuadió o presionó a los gobiernos y sus burocracias a permitir — usualmente de mal modo — dichos actividades, al menos
a una escala limitada. Uno de los logros menos reconocidos de la ayuda externa es que ha ayudado a proteger al creciente movimiento de auto-asistencia en los países en desarrollo contra los intentos de
estrangulamiento por parte del aparato estatal.

No obstante, el problema más serio es el tema de los derechos de propiedad. En la mayoría de los países en desarrollo, los derechos de propiedad están mal definidos, mal protegidos, o son difíciles de transferir. Estos países sí cuentan con sistemas de propiedad privada, a menudo muy complicados, no obstante estos no reflejan la realidad en la que viven los pobres, y no son para nada manejados de manera eficiente. Muchos pobres viven en viviendas en barrios bajos cuyos títulos de propiedad no están claros. La ineficiencia del mercado de propiedades significa que no existe suficiente tierra y vivienda disponibles para el creciente número de personas que migran a las ciudades. Por lo tanto, la gente tiene que tomar tierras que usualmente pertenecen al Estado, y éste a su vez no sabe qué hacer con ellas, o a menudo no está en capacidad de defenderlas. Dichas tomas de tierras son organizadas por “empresarios informales”, también conocidos como jefes de las barriadas, quienes organizan las defensas de los asentamientos ilegales y su protección política. Los pobres que viven en estas nuevas barriadas les pagan una renta, votan de la manera en que se les indica y hacen barra en las concentraciones políticas. 

Es evidente la manera en que esto daña tanto a la democracia como al desarrollo económico, sin embargo los pobres carecen de otra opción.

Los efectos económicos de este fenómeno no son para nada momentáneos: Los activos como viviendas, casuchas, o terrenos cuya propiedad no esta clara no pueden ser transformados en capital. En el momento en que la propiedad de un activo esté claramente definida, protegida por la ley, y su transferencia pueda realizarse segura y eficientemente, podrá entonces ser utilizada como colateral
para recaudar dinero. El activo asume entonces una segunda vida virtual como capital. Los pobres de este mundo se ven usualmente excluidos de esto: ellos controlan activos, pero no cuentan con acceso
a los instrumentos legales que convierten esos activos en propiedad y, por ende, en capital. 

De Soto estima que el monto de capital sin uso o “muerto” causado por derechos de propiedad deficientes en los países menos desarrollados excede los $9 billones, y la mayor parte es controlada por los pobres. Ninguna suma de ayuda externa puede igualar este potencial de formación de capital. Además, les daría a los pobres una proporción más amplia de la riqueza registrada.

Lo que surge de esto es la idea con la cual inició este panfleto: la mejor manera de superar la pobreza es ayudar a los pobres a tener acceso a la propiedad. Resulta que en muchos casos, esto se puede hacer prácticamente sin ningún costo: simplemente significa reconocer mediante la ley lo que ya es una realidad, es decir, el control de los activos. 

El pobre en una barriada ya sabe quién es el “dueño” de cualquier casucha. Todo lo que el Estado necesita hacer es registrar la realidad y darle la debida protección de la ley. La formulación de la ley debe ser vista, en palabras de de Soto, como un proceso de descubrimiento de la realidad, y en este proceso la necesidad de un grupo variado de instrumentos legales podría llegar a ser aparente. Para tomar un ejemplo, la tierra que por siglos ha sido poseída colectivamente por tribus puede ser integrada en un sistema formal de derechos de propiedad individual utilizando personerías no solo naturales, sino también legales, como cooperativas o empresas de acciones. Ya contamos con ejemplos en Europa como los monasterios, donde los monjes o monjas poseen un terreno colectivamente y el monasterio se convierte en el actor en el mercado. Si una tribu desea formalizar su vieja práctica del uso colectivo de la tierra, éste sería un instrumento que podrían utilizar dentro de un sistema económico de mercado.

Reconocer los derechos de propiedad de los pobres y defenderlos no es una tarea técnica sino política. Por muchos años, los defensores de los pobres han ignorado el tema de los derechos de propiedad, pensando que éste solo les concierne a los ricos. En los países menos desarrollados, esto es una falacia nefasta. Los ricos no necesitan protección de sus derechos de propiedad tanto como los pobres, y en la realidad son los derechos de propiedad mal definidos y desprotegidos de los pobres los que son atacados por los ricos. Un ejemplo de Bagladesh sirve para ilustrar este proceso: Una mujer en
ese país había escapado de la pobreza a través de la obtención de préstamos del Grameen Bank, que le permitieron constituir una pequeña base de capital mediante la inversión prudente de éstos y el trabajo duro. Luego ella quiso empezar un pequeño aserradero.Cuando el competidor local, un empresario con buenas conexiones políticas, se dio cuenta, mandó a sus matones a que la amenazaran con agredirla y violarla si no abandonaba el proyecto. Ella desistió sabiendo que la policía iba a estar del lado del miembro de la elite local y que un caso en la corte tomaría años. Estas historias suceden todos los días en los países en desarrollo. 

Si uno discute con los empresarios en el Tercer Mundo sobre trasladar una planta o construir una nueva, encontrará que no se atreven a penetrar en territorios desconocidos — debido a que el Estado falla en implementar el imperio de la ley, y este vacío es llenado por los arreglos de poder locales que acosan a los forasteros, a los pobres, y a las minorías étnicas y religiosas. Este es un obstáculo importante para el crecimiento, y crea un techo de vidrio para las actividades económicas de los pobres. 

Diversos estudios del antes mencionado Grameen Bank se han cuestionado por qué sus acreedores no parecen ir más allá de una economía de subsistencia estable pero simple. La respuesta radica en la falta de derechos de propiedad estables, y de manera más general, de un Estado de Derecho y especialmente una ley económica que facilite su transición hacia una economía formal.

La ausencia de derechos de propiedad bien definidos también ha sido la causa de la miseria generalizada de pueblos pobres, a menudo grupos indígenas, que han sido desplazados por “proyectos de desarrollo” como grandes represas. Precisamente para abaratar dichos proyectos, la India incluso abolió el derecho constitucional a la propiedad, el cual implicaba una compensación completa en caso de expropiación estatal. La retórica iba dirigida a los grandes terratenientes, pero la realidad ha sido que decenas de miles de pobres han sido desplazados sin una compensación adecuada, y la falta de claridad en los derechos de propiedad ha representado que los tribunales no puedan ofrecerles protección a los pobres.Desdichadamente, muchos de los activistas que se oponen a la construcción de grandes represas ni siquiera han empezado a entender el problema en términos de derechos de propiedad.

Cambiar todo esto es un proceso político, y debe garantizarse que en la transición hacia un sistema estable y eficiente de derechos de propiedad el pobre no será apartado a un lado por grupos poderosos como los líderes de las barriadas. Esto ciertamente sucederá si el proceso es manejado exclusivamente por burócratas y tecnócratas que sirven los intereses del status quo.  

Se necesita una revolución liberal—y podemos recordar apropiadamente en este momento que eso fue exactamente lo que sucedió en la historia de Occidente.

Por lo tanto, la tarea ante nosotros no es la de divisar nuevos y mejores instrumentos para darles subsidios a los pobres. Consiste en reconocer sus derechos de participación económica y divisar los
instrumentos e instituciones legales apropiados que les permitan abandonar el sector informal y trasladarse a la economía formal— un derecho de nacimiento del cual han sido excluidos por mucho
tiempo. 
por Otto Graf Lambsdorff
ex ministro de Economía de Alemania y presidente de la Junta Directiva de la Fundación Friedrich Nauman
en http://www.hacer.org/pdf/Graf1.pdf

miércoles, 31 de agosto de 2011

Libertad: El mejor remedio contra la pobreza III

Servicios de Salud

Un argumento paralelo puede ser esbozado en relación a la salud. Los pobres enfrentan riesgos sanitarios mucho más altos, y la ausencia de instalaciones sanitarias provoca miseria indescriptible, sufrimiento y muerte prematura — a un costo dolorosamente alto para los individuos al igual que para la sociedad como un todo.

De nuevo es ampliamente aceptado que el Estado tiene la responsabilidad de garantizar servicios de salud básicos para todos, y nuevamente los políticos de mentalidad socialista y los burócratas interesados en sí mismos han utilizado esto como pretexto para crear una inmensa y a menudo centralizada burocracia de salud. Por lo tanto, en muchos países en desarrollo el Estado se ha comprometido a brindar acceso gratuito y universal a los servicios de salud, y en prácticamente todos ellos la calidad del servicio es bastante baja.

Al igual que con la educación, este fracaso enorme (pero predecible) ha engendrado un mercado creciente de servicios de salud privados que atiende a todos aquellos que de alguna forma pueden pagarlo. Los pobres también se ven forzados a gastar mucho en el mercado de salud privado, ya que los servicios estatales supuestamente gratuitos no existen, no sirven, o son accesibles únicamente mediante el pago de un soborno considerable. Al igual que con la educación, existe un amplio ámbito para explorar instrumentos diferentes que el Estado podría usar para garantizarles atención médica a los pobres: bonos de salud, apoyo a esquemas básicos de seguros médicos privados, o, por lo menos, descentralización de responsabilidades — ¡y de presupuesto! — hacia los gobiernos locales.

Desafortunadamente, las reformas liberales en los sistemas educativos y de salud son pocas y dispersas. La razón de esto no es que las reformas sean poco realistas, sino que existen pequeños pero poderosos intereses creados contra éstas: la burocracia central que tendría que reducirse o desaparecer, pero también los políticos que usan el sistema para ganar votos. Ellos atacan cualquier propuesta de reforma al generar temor de que el cambio representará costos más altos para los pobres, y hasta ahora su cortina de humo emocional no ha sido penetrada efectivamente por el faro de la racionalidad
liberal.


por Otto Graf Lambsdorff
ex ministro de Economía de Alemania y presidente de la Junta Directiva de la Fundación Friedrich Nauman
en http://www.hacer.org/pdf/Graf1.pdf