jueves, 5 de mayo de 2011

América Latina y la opción liberal


Mas si preguntas lo que yo aborrezco,
en uma sola frase te lo ofrezco
que recogí en los labios del Pelida:

"pensar y hablar dos cosas diferentes",
miedo del mundo, engaño
de las gentes, menoscabo del arte y de la vida. 
Alfonso Reyes, "La verdad de Aquiles"

I
De México a Ecuador la palabrota pendejo quiere decir tonto. Misteriosamente, al cruzar la frontera peruana se vuelve su opuesto. En el Perú el pendejo es el viva, el inescrupuloso audaz. En Colombia, en Venezuela, al cacaseno de provincias recién llegado a la capital, al que le venden el metro o el palacio de gobierno, llaman lo que en el Perú al ministro manolarga que se llena los bolsillos robando y no le ocurre nada. En Centroamérica, una pendejada es una despreciable estupidez en el Perú, una deshonestidad que tiene éxito.


La forma en que esa palabreja, originalmente empleada para designar el secreto velillo del pubis, se antropomorfizó y pasó a designar al bípedo completo no es algo que me quite el sueño. Pero sí me intriga sobre manera-no: me llena de pavor-esa misteriosa razón por la que en mi país los tontos de otras partes resultan los vivos y los vivos foráneos, los tontos. Pues la contrapartida de aquella metamorfosis es la que experimenta la palabra cojudo, apócope o reducción de cojonudo, que en tantas partes de España e Hispanoamérica sirve para designar-con grosería-a la persona o cosa formidable y excelente y, en el Perú, en cambio, al imbécil. Esas mudanzas semánticas no son gratuitas, desde luego. Detrás y debajo de ellas, provocándolas y apuntalándolas, hay una idiosincrasia y una moral, y, para decirlo con pedantería, una Weltanschauung. Podemos hablar de inversión de valores, craso maquiavelismo o de un pervertido que asfixia toda consideración, principio altruista o solidario y promueve en la vida social un darwinismo nietzscheano: el culto al superhombre que sabe salirse con la suya aplastando a los demás y el desprecio al bueno o ingenuo que, por respetuoso de la norma, está condenado a fracasar en lo que emprende.

Entre 1945 y 1948 gobernó el Perú un destacado jurista: el doctor José Luis Bustamante y Rivero. Escribía él mismo sus discursos en un castellano castizo y elegante, era de una honradez escrupulosa y tenía la manía del respeto a la Constitución y a las leyes, a las que citaba, vez que abría la boca, para explicar lo que hacía o se debía hacer. La oposición lo bautizó: el cojurídico. Es decir, un idiota que cree que las leyes tienen importancia, que se han hecho para ser cumplidas. El infame apodo prendió rápidamente en el pueblo.


Durante la campaña electoral para la presidencia, en 1990, una agencia especializada en encuestas de opinión, me permitió asistir (del otro lade de un falso espejo) a una sesión en la que una señora diestra en estos menesteres auscultaba la opinión de quince ciudadanos limeños sobre un candidato al que, en esos mismos momentos, se acusaba de tráficos con propiedades inmuebles. Sin una sola excepción, todos afirmaron que votarían por él. Y uno de ellos sintetizó el por qué con una frase exultante de admiración: "¡Es un gran pendejo, pues!".


Desde entonces he sentido la tentación de escribir, con el título de Diálogo del pendejo y el cojudo, una suerte de apólogo, a la manera de ésos que escribían los filósofos del siglo de las luces, sosteniendo que las miserias de mi país no cesarán, y más bien seguirán aumentando, hasta que los peruanos recompongamos nuestra tabla de valores semánticos y dejemos de llamar vino al pan y pan al vino. O, dicho sin alegorías, degrademos al último lugar de la escala de tipos humanos a ese admirado pendejo que hoy la preside y ascendamos de un solo envión, al primer lugar, al ridiculizatlo cajudo. Porque no son los pícaros audaces y simpatiquísimos que actúan como si estuvieran más allá del bien y del mal los que labran la grandeza de las naciones, sino esos aburridos personajes que conocen sus límites, diferencian lo que se debe y puede hacer de lo que no y son tan poco imaginativos que viven siempre dentro de la ley.

Lo que ocurre con las palabras, pasa también con las instituciones y, eso, no sólo en el Perú: es, por desgracia, un mal latinoamericano. En nuestros países, las ideas, las creencias, los sistemas que importamos a menudo experimentan mágicas sustituciones de sentido y de médula, aunque su apariencia prosiga incólume. Se siguen llamando lo mismo pero, en realidad, se han vuelto antípodas de lo que dicen ser. El fenómeno es tan extendido y de consecuencias tan nefastas para la vida política, económica y cultural de América Latina, que sin exageración puede decirse que nuestro fracaso como naciones-nuestra pobreza y atraso en relación con América del Norte, Europa y, ahora, con buen número de países del Asia-se debe a esa terrible propensión nuestra a desnaturalizar lo que decimos y hacemos, empleando mal las palabras, corrompiendo las ideas y suplantando los contenidos de aquellas instituciones que regulan nuestra vida social, unas veces de manera sutil y otras abrupta y soez.


Nos emancipamos de España para ser libres pero nuestra ineptitud para gobernarnos con algo de sentido común-para "aprender del error" según la fórmula de sir Karl Popper-y hacer las cosas de manera razonable, nos empobreció tanto que nuestra adquirida libertad se volvió caricatura, una forma más sutil de servidumbre que nuestra antigua condición colonial. La libertad con pobreza (o, peor, con miseria) es tal vez posible en el caso de ciertos individuos fuera de lo común, personalidades ejemplares a quienes el desasimiento de lo material, la vida ascética, da una gran fortaleza espiritual; pero, en el caso de una nación, la soberanía es un mito, una fórmula retórica desmentida brutalmente cada vez que sus intereses entran en colisión con los de las naciones poderosas. Como, luego de alcanzar la independencia, fuimos incapaces de darnos gobiernos estables y democráticos, y nos dividimos y desangramos en luchas de facciones, nos quedamos pobres, y eso nos hizo vulnerables, víctimas de invasiones, ocupaciones y despojos por eso perdimos muchas veces en la práctica esa libertad de la que se jactaban nuestros gobernantes y nuestras constituciones. Aunque no nos guste que así sea-y a mí no me gusta, desde luego-, lo cierto es que un país pobre y atrasado es falazmente libre. Pues en términos nacionales una cierta prosperidad y poderío son requisito indispensable de la libertad.


En tanto que nuestro vecino del norte, luego de su independencia, se dio una Constitución-sencilla y breve-que hasta ahora le sirve para organizar el funcionamiento democrático de esa vasta sociedad que son los Estados Unidos, la proliferación de cartas magnas, leyes fundamentales o constituciones en los países latinoamericanos sólo puede parangonarse con la hinchazón palabrera de esos mismos textos, cada uno de los cuales, por lo general, aventaja y enaniza al precedente en el número de capiitulos y disposiciones. El pecado mortal de todos ellos es que nunca tuvieron mucho que ver con la realidad que los produjo; eran ficciones que no decían su nombre, así como muchas obras latinoamericanas del periodo indigenista y costumbrista que se llamaban novelas eran, en verdad, documentales sociológicos, compilaciones étnicas, arengas políticas o catastros geográficos sin mayor parentesco con la literatura.

Enfrascarse en esas constituciones que, en la historia de Hispanoamérica, se suceden como las bengalas de un fuego de artificio, es pasear por la irrealidad, entrar en contacto con un curioso híbrido: lo imaginario-forense, lo poético­legal. Su abundosa logomaquia prescribe-describe-repúblicas ejemplares, poderes independientes que se fiscalizan uno al otro, voluntades ciudadanas que se manifiestan a través del voto, comicios pulquérrimos, libertades garantizadas, tribunales probos y asequibles a todo el que sienta sus derechos vulnerados, propiedad privada inalienable, fuerzas armadas sometidas al poder civil, educación universal y gratuita, etcétera. Por lo común, nada de lo que aquellas cartas fundamentales disponían llegó a encarnarse en esos países reales que, a lo largo del siglo XIX y buena parte del XX, vivieron convulsionados por guerras civiles, motines, golpes de Estado, elecciones amañadas, el caciquismo y la dictadura militar.

De manera poco menos que axiomática, fueron los tiranos más sangrientos los que hicieron promulgar las constituciones más civiles y liberales, y los regímenes más discriminatorios los de cartas magnas más igualitaristas. El desprecio por el contenido genuino de las palabras y las ideas, esa olímpica desvergüenza para divorciar lo que se dice de lo que se hace, son constantes latinoamericanas que han practicado por igual conservadores y progresistas. Y ello es evidente, sobre todo, en esas constituciones puntillosas y libérrimas que nunca fueron aplicadas; que no fueron concebidas para ser aplicadas, sino para estar allí, como bellos adornos y coartadas formales de los dueños del poder. Su parecido es grande con esos discursos de los dictadores, de cualquier signo, que, de Somoza a Fidel Castro, han chisporroteado siempre con ruidos que sonaban asi: "justicia" y "libertad".


Esa aptitud para desalmar a las palabras, desasociandolas de los actos y las cosas, desastrosa en la vida social y política, pues de ella resulta la confusión y la anarquía, tiene en cambio muy provechosas consecuencias en la literatura. Esa alquimia irresponsable en el uso del lenguaje se convierte, por ejemplo, en manos de un poeta como Vallejo, a la hora de Trilce, en suprema libertad, en audaz rebeldía contra el acartonamiento de las imágenes y las rutinas verbales de su tiempo, y, en el Neruda de Residencia en la tierra, en una profunda exploración de la subjetividad y el instinto, en una representación alucinante del deseo humano, dominio donde la incoherencia y los contrasentidos son legítimos. Y en un Nicanor Parra, que ha hecho del disparate semántico y gramatical una forma de genialidad artística, en un refinado método de creación poética. Un artista puede permitirse todas las suplantaciones que se le antojen a la hora de crear: ellas quedarán justificadas o invalidadas por el grado de consistencia y originalidad que alcance lo que crea. (El poeta simbolista peruano Jose María Eguren encontraba que la palabra "nariz" era horrible y la reemplazaba en sus poemas con "nez". Escribía también barbaridades como "tristura" 0 "celestía" que, fuera de sus poemas, hacen chirriar los dientes; dentro de ellos, en cambio, suenan bien).


Pero en el discurso político la falta de propiedad es un signo inequívoco de incivilización. El "babelismo" que practicamos al elaborar nuestros idearios, explicar nuestras convicciones, intenciones y metas cívicas, dictar las leyes, justificar nuestras conductas y definir nuestras instituciones, hace que nuestra vida político y social-por lo menos la oficial-tenga mucho que ver con la ilusión y poco con la realidad.

Esta cesura es peligrosísima, por dos razones. La primera, porque en una sociedad democrática, toda acción de reforma económica o institucional requiere apoyo popular, y este apoyo, para ser sólido y bien fundado, exige una comprensión cabal de aquello que está en juego, de la naturaleza y sentido de lo que se va a reformar y de la manera en que la reforma va a ser hecha. Si las palabras no expresan nítidamente lo que deben expresar, si no se funden y desaparecen hasta ser una misma realidad con la cosa o el acto que nombran o califican, si se las usa de manera ambigua o, peor aún, mentirosa, para pasar de contrabando algo diferente a lo que son y representan, un principio básico de la cultura democrática queda vulnerado: el famoso "contrato social" se vuelve "estafa social". Y cuando el pueblo descubre que se le ha dado gato por liebre, que-engañado por el espejismo de las palabras-apoyó algo opuesto a lo que se le dijo que apoyaba-o rechazó algo distinto a lo que creyó que rechazaba-simplemente retira aquel respaldo y lo moda en rechazo frontal. Y en democracia no hay política que tenga éxito con la hostilidad activa de la población.


La segunda razón es que ella evalúa el lenguaje político hasta restarle total credibilidad a la política misma y, por supuesto, a los políticos. Aquella aparece, más y más, como una representación teatral en la que lo que se dice y hace es una suerte de coreografía desconectada de la verdad y de la experiencia-los problemas que se viven, los sufrimientos que se padecen, las necesidades que claman por una solución-, en la que unos personajes más o menos locuaces e insinceros se ejercitan en el arte de embaucar a las gentes, diciendo cosas que no hacen y haciendo cosas que no dicen.

Que aquello ocurra con las dictaduras no tiene nada de sorprendente. El arte de mentir les es constitutivo, sobre todo en América Latina, donde, con la excepción tal vez de las dictaduras de Castro y de Pinochet -inspiradas en una concepción ideológica no democrática reivindicada como fuente de legitimidad-, todos los tiranuelos y dictadorzuelos que hemos padecido, no basaban su poder en creencia, filosofía o idea alguna, sólo en el apetito crudo de llegar al poder y perpetuarse en él para aprovecharlo hasta el hartazgo. Es natural que en las bocas de estos hombres fuertes-generalísimos, padres de la patria, benefactores, caudillos, etcétera-y en el de los letrados, polígrafos, leguleyos y rábulas a su servicio, el vocabulario político se prostituyera sin remedio y palabras como "legalidad", "libertad", "democracia", "derecho", "orden", "equidad", "igualdad", adoptaran, desde la perspectiva del hombre común, las mismas jibes, bubas, excrecencias monstruosas y grotescas que adoptan las caras y cuerpos de las personas en esas casetas de espejos deformantes de los parques de atracciones.

Pero lo grave es que en nuestros periodos democráticos, cuando la vida política de nuestras naciones transcurría bajo gobiernos nacidos de elecciones, ocurría también a menudo la misma desnaturalización del discurso por obra de los políticos (entendida esta expresión en su sentido más ancho: los que hacen política y los que hablan y escriben sobre alla). Esta es una poderosa tradición que gravita con mucha fuerza sobre nuestras sociedades y, por eso, no es fácil sacudirse de alla. Pero si no hacemos un esfuerzo titánico para conseguirlo y purgamos nuestro lenguaje de las infinitas impurezas, equívocos, paralogismos, contradicciones, mitos y trampas que lo tienen estragado, y no le devolvemos la propiedad semántica que nos permita entendernos sobre lo que queremos y hacemos, y averiguar lo que realmente nos acerca o nos distancia, corremos el riesgo ahora que tantas cosas parecen haber cambiado para bien en América Latina-han caído las dictaduras militares y, con excepción de Cuba, todos nuestros gobiernos son civiles y representativos y, lo más importante, hay un consenso en nuestros pueblos en favor del sistema democrático-, de fracasar una vez más y de que el ideal de ser países modernos quede remitido de nuevo a las calendas griegas.


II

La palabra de moda en América Latina es, hoy día, liberal. Se la oye por todas partes, aplicada a los políticos y a las políticas más disimiles. Pasa con ella lo que, en los sesenta y setenta, con las palabras socialista y social, a las que todos los políticos y los intelectuales se arrimaban a como diera lugar, pues, lejos de ellas, se sentían condenados a la orfandad popular y a la condición de dinosaurios ideológicos. El resultado de aquello fue, naturalmente, que como todos, o casi todos, eran socialistas o, por lo menos, sociales-social demócratas, social cristianos, social progresistas-, aquellas palabras se cargaron de imprecisión conceptual. Representaban tal mescolanza de ideas, actitudes, propuestas y conductas -muchas veces antagónicas-que al final dejaron de tener una significación intelectual precisa y se volvieron estereotipos emocionales que adornaban las solapas oportunistas de gentes y partidos empeñados en "no perder el tren de la historia" (según la metáfora ferrocarrilera de Trotski).


Hoy se llama liberal a la política de Collor de Mello, que puso a la economía brasileña más trabas que púas tiene un puercoespín, y a la de Sal¦nas de Gortari, que ha destrabado la de México, si, pero preside un régimen seudodemocrático en el que el partido gobernante ha perfeccionado a tal extremo sus técnicas para perpetuarse en el poder que, por lo visto, ya ni siquiera necesita amañar las elecciones para ganarlas. Si creemos a los medios de comunicación, son liberales los gobiernos de Menem en la Argentina y de Paz Zamora en Bolivia, el de Carlos Andrés Pérez en Venezuela y el de Fujimori en Perú, el de Cristiani en El Salvador y el de Violeta Chamorro en Nicaragua, y así sucesivarnente. Todos somos liberates, pues. Lo que equivale a decir: nadie es liberal.


Para algunos liberal y liberalismo, tienen una exclusiva connotación económica y se asocian a la idea del mercado y la competencia. Para otros, es una manera educada de decir conservador, e, incluso, troglodita. Muchos no tienen la menor sospecha de lo que se trata, pero comprenden, eso sí, que son palabras de fogosa actualidad política, que hay por lo tanto que emplear (exactamente como en los cincuenta había que hablar del "compromiso", en los sesenta de "alienación", en los setenta de "estructura" y en los ochenta de "perestroika").


Por lo demás, no sólo en América Latina tiene la palabra liberal sentidos múltiples. El confusionismo que ella provoca es, también, monumental en inglés. En Estados Unidos si se dice de alguien que es un liberal no se piensa en Adam Smith o en John Stuart Mill sino en Noam Chomsky, es decir, en un progresista e, incluso, en un socialista que cree en políticas redistribucionistas, en una cierta "planificación" de la economía por parte del Estado para corregir las excesivas desigualdades y que, como los marxistas, desprecia la "democracia formal".


Pero, al mismo tiempo, se llaman liberales, en la acepción clásica del término, pensadores como el filósofo Robert Nozick, el economista Milton Friedman y el propio Friedrich Hayek, a quienes, desde cierta perspectiva, convendría perfectamente el apelativo de conservadores (Hayek ha escrito, a este respecto, un iluminador ensayo sobre lo que acerca y separa a ambos términos: "Why I am not a conservative"). En inglés, pues, si uno quiere ser entendido cada vez que emplea los vocablos liberal y liberalismo conviene que los acompañe de un predicado especificando en qué sentido los usa, qué pretende decir al decirlos.


En América Latina ello es aún más necesario si queremos salir al fin del embrollo político­lingüístico en el que hemos vivido sumergidos gran parte de nuestra vida independiente. Y conviene que lo intentemos porque es cierto-aunque ello suene a una de esas frases hechas de que está trufada la vida política-que América Latina vive un momento crucial, en el que se abre ante ella, una vez más la posibilidad de enmendar el rumbo torcido que ha sido el suyo, y convertirse en un continente de países que prosperan porque han hecho suya la cultura de la libertad. Esto es ahora menus imposible que hace unos años, porque la democracia política-el rechazo a las dictaduras militares y al utopismo revolucionario-ha echado raíces en amplios sectores sociales, que ven en los regímenes civiles, la libertad de prensa y las elecciones, la mejor defensa contra los abusos a los derechos humanos-la censura, las desapariciones, el revolucionario o el de Estado, la simple prepotencia de quienes mandan-y la mejor esperanza de bienestar. Pero la democracia política no garantiza la prosperidad, el desarrollo. Por el contrario, en algunos casos, si, como ocurre aún en la mayoría de los países latinoamericanos, coexiste con regímenes de economía semiestatizada, intervenida por toda clase de controles, donde proliferan el rentismo, Las prácticas monopólicas y el nacionalismo económico-esa versión mercantilista del capitalismo que es la única que han conocido nuestros pueblos-ella puede significar más pobreza, discriminación y atraso de los que generalmente trajeron las dictaduras. En mi opinión, y en la de, creo, un número creciente de latinoamericanos, para que, además de la libertad política que ya tenemos, nuestras flamantes democracias nos traigan también justicia y progreso, oportunidades para todos y gran movilidad social, necesitamos una reforma que reconstruya desde sus cimientos nuestras instituciones, nuestras ideas y nuestras costumbres políticas. Una reforma no socialista, ni social demócrata, ni social cristiana, sino liberal. Y la primera condición para que ello sea realidad es tener muy claro qué diferencia o aproxima a ésta de aquellas opciones y a qué actitudes, ideas y políticas específicas nos referimos cuando decimos liberalismo o liberal.


III

Las primeras lecciones de liberalismo yo las recibí cuando era un niño de pantalón corto, de mi abuelita Carmen y mi tía abuela Elvira, con quienes pasé mi infancia, en Cochabamba, Bolivia. Cuando ellas decían de alguien que era un "liberal", o "demasiado liberal", no lo decían como un elogio. Más bien, con un retintin de alarma y admonición. Querían decir con ello que esa persona era demasiado flexible en cuestiones de religión y de moral, alguien que, por ejemplo, encontraba lo más normal del mundo divorciarse y recasarse, no ir a misa los domingos, leer las novelas de Vargas Vila o el Caballero Azul, y hasta declararse librepensador. La suya era una versión no del todo inexacta, pero sí muy restringida, latinoamericana y decimonónica de lo que es un liberal. Porque los liberales del siglo XIX, en América Latina, fueron casi siempre individuos, partidos o movimientos que se enfrentaron a los llamados conservadores en nombre del laicismo. Combatían la religión de Estado y querían restringir el poder político y a veces económico de la Iglesia, en nombre de un abanico heterogéneo de mentores ideológicos -desde Rousseau y Montesquieu hasta los jacobinos de la Revolución Francesa-y enarbolaban las banderas de la libertad de pensamiento y de creencia, de la cultura laica contra el dogmatismo y el "oscurantismo" de la ortodoxia religiosa.


Hoy podemos darnos cuenta de que, en esa batalla de casi un siglo, en muchos países de América Latina, tanto liberales como conservadores quedaron entrampados en un conflicto monotemático, excéntrico a los grandes problemas reales: ser adversarios o defensores de la religión católica. De allí surgió esa imagen con la que, por cierto, muchos de ellos se identificaron. Así contribuyeron decisivamente a desnaturalizar de manera esencial las palabras-las doctrinas y valores implícitos a ellas-con que vestían sus acciones políticas. Porque, en muchos casos, excluido el controvertido tema de la religión que los separaba, conservadores y liberales fueron indiferenciables en todo lo demás, y, principalmente, en sus políticas económicas, la organización del Estado, la naturaleza de las instituciones y la centralización del poder (que ambos fortalecieron de manera sistemática, siempre). Por eso, aunque en esas guerras interminables, en ciertos países ganaron los unos y en otros los otros, el resultado fue más o menos el mismo: un gran fracaso nacional. En Colombia los conservadores derrotaron a los liberales y en Venezuela éstos a aquellos y eso significó que la Iglesia católica ha tenido en este último país menos influencia política y social que en aquél. Pero en todo lo demás, el resultado no produjo mayores beneficios sociales ni económicos ni a uno ni a otro, cuyo atraso y empobrecimiento fueron muy semejantes (hasta la explotación del petróleo en Venezuela, claro está).


Y la razón de ello es que, en materia económica y social, los liberales y conservadores latinoamericanos fueron poco menos que las dos caras de una misma moneda, tenaces practicantes ambos de aquella versión arcaica-la oligárquica y mercantilista-del capitalismo, a la que, precisamente, la gran revolución liberal europea-el pensamiento de Adam Smith, sobre todo-transformó de raíz. Al extremo de que, en muchos países, como el Perú-lo ha mostrado Fernando Iwasaki en su ensayo Nación peruana: entelequia o utopía-fueron los conservadores, y no los liberales, quienes dieron las medidas de mayor apertura y libertad en tanto que en la economía éstos aplicaron más bien el intervencionismo y el estatismo a veces de manera sistemática.


Lo cierto es que el pensamiento liberal estuvo siempre contra el dogma-contra todos los dogmas, incluido el dogmatismo de ciertos liberales-pero no contra la religión católica ni ninguna otra y que, más bien, la gran mayoría de filósotos y pensadores del liberalismo fueron o son creyentes y practicantes de alguna religión. Pero sí se opusieron siempre, en nombre de la libertad, a que, identificada con el Estado, la religión se volviera compulsiva, obligatoria, es decir, que se privara al ciudadano de aquello que para el liberalismo es el más preciado bien: la libre elección. Ella está en la raíz del pensamiento liberal, así como el individualismo, la defensa del individuo singular-de ese espacio autónomo de la persona para decidir sus actos y creencias que se llama soberanía-contra los abusos y vejámenes que pueda sutrir de parte de otros individuos o de parte del Estado, monstruo abstracto al que el liberalismo, premonitoriamente, desde el siglo XVIII señaló como el gran enemigo potencial de la libertad humana al que era imperioso limitar en todas sus instancias para que no se convirtiera en un Moloch devorador de las energías, iniciativas y movimientos de cada ciudadano.


Si la preocupación respecto al dogmatismo religioso ha quedado anticuada desde una perspectiva latinoamericana, en la que un laicismo que no dice su nombre ha avanzado a grandes zancadas desde hace varias décadas-otra cosa es, desde luego, el caso de los países musulmanes donde el integrismo más fanático ha alcanzado un sombrío auge-la crítica del "Estado grande" como fuente de injusticia e ineficiencia de la doctrina liberal tiene, en nuestros países, una vigencia dramática. Unos más otros menos, todos padecen de un gigantismo estatal del que han sido tan responsables nuestros llamados liberales como los conservadores. Todos contribuyeron a hacerlo crecer, extendiendo sus funciones y atribuciones, cada vez que llegaban al gobierno, porque, de ese modo, pagaban y conservaban a sus clientelas, podían distribuir prebendas y privilegios y, en una palabra, acumulaban más poder.

De ese fenómeno han resultado muchas de las trabas mayores para la modernización de América Latina: el reglamentarismo asfixiante, esa cultura del trámite que distrae esfuerzos e inventivas que deberían volcarse más bien en crear y producir; la inflación burocrática que ha convertido a nuestras instituciones estatales en paquidermos ineficientes y a menudo corrompidos; esos vastos sectores públicos expropiados a la sociedad civil y preservados de la competencia, que drenan inmensos recursos a la sociedad, pues sobreviven gracias a cuantiosos subsidios y son el origen del crónico déficit fiscal y su inevitable correlato: la inflación.


El liberalismo está contra todo eso, pero no está contra el Estado y en eso se diferencia del anarquismo, que quisiera acabar con él. Por el contrario: los liberales no sólo pretenden que sobrevivan los Estados sino que ellos sean lo que, precisamente, no son en América Latina: fuertes, capaces de hacer cumplir las leyes y de prestar aquellos servicios, como administrar justicia y preservar el orden público, que les son inherentes. Porque existe una verdad poco menos que axiomática- muy dificil de entender en países de tradición centralista y mercantilista como los nuestros-: que, mientras más grande es, el Estado es más débil, más corrupto y menos eficaz. Es lo que pasa entre nosotros. El Estado se ha arrogado toda clase de responsabilidades y tareas, parte de las cuales estarían mucho mejor en manos particulares, como, por ejemplo, crear riqueza o proveer seguridad social. Para ello ha tenido que establecer monopolios y controles que desalientan la iniciativa creadora del individuo y desplazan el eje de la vida económica y social del productor al funcionario, quien, de este modo se convierte en el gran dispensador de fracasos y éxitos, alguien que, dando autorizaciones y firmando decretos, enriquece, arruina o mantiene estancadas a las empresas. Este sistema enerva todo el sistema de creación de la riqueza, pues lleva al empresario a concentrar sus esfuerzos en obtener prebendas del poder político, a corromperlo o aliarse con él, en vez de servir al consumidor. Pero, además, el mercantilismo tiene como corolario inevitable una progresiva pérdida de legitimidad por parte de ese Estado al que el grueso de la población percibe como una fuente sistemática de discriminación e injusticia.


Ese es el motivo de la creciente informalización de la vida y de la economía que, unos más y otros menos, han experimentado todos nuestros países. Si la legalidad se convierte en una maquinaria para beneficiar a algunos y discriminar a otros, si sólo el poder económico o político garantizan el acceso al mercado formal, es natural que quienes no tienen ni uno ni otro trabajen al margen de las leyes y produzcan y comercien fuera de ese exclusivo club de privilegiados que es el orden legal. Las economías informales parecieron durante mucho tiempo un problema en América Latina. No lo son, sino, más bien, una solución -primitiva y salvaje, sí, pero una solución-al verdadero problema del mercantilismo, esa forma atrofiada e injusta del capitalismo derivada del sobredimensionamiento estatal. Porque esas economías informales son la primera manifestación habida en nuestros países-y es significativo que ellas sean una exclusiva creación de los marginados y los pobres-de una economía de libre competencia y de un capitalismo popular.

Este es seguramente el más arduo reto que tiene la opción liberal entre nosotros: adelgazar drásticamente el Estado, ya que ésa es la mejor y más rápida manera de tecnificarlo y de moralizarlo. Se trata de mover montañas, nada menos. No solamente de privatizar las empresas públicas, devolviéndolas a la sociedad civil de la que fueron confiscadas, de poner fin al reglamentarismo kafkiano y a los controles paralizantes y al régimen de subsidios y de concesiones monopólicas y, en una palabra, de crear genuinas economías de mercado, de reglas simples, claras y equitativas, en la que el éxito y el fracaso no dependa del burócrata sino siempre del consumidor. Se trata, sobre todo, de desestatizar unas mentalidades acostumbradas por la práctica de siglos-pues esta tradición se remonta, más allá de la colonia, hasta los imperios prehispánicos colectivistas en los que el individuo no existía o era, apenas, una sumisa función en el engranaje inalterable de la sociedad-a esperar de algo o de alguien-el emperador, el rey, el caudillo o el gobierno-la solución de sus problemas, una solución que tuvo siempre la forma de la prebenda o la dádiva. Sin esa desestatización de la cultura y la psicología latinoamericanas, el liberalismo será siempre letra muerta en nuestros países. Debemos recobrar una independencia mental que hemos venido perdiendo a causa del parasitismo y la pasividad servil que engendran el rentismo, las prácticas mercantilistas inveteradas. Sólo cuando a esta actitud la reemplace el convencimiento de que la solución de los problemas básicos del bienestar y la cultura es, ante todo, responsabilidad prop¦a, reto al esfuerzo y la creatividad de cada cual, la opción liberal habrá echado raíces profundas y comenzará a ser realidad la revolución de la libertad en América Latina.


Esta revolución significa la reforma y el perfeccionamiento de nuestro sistema democrático y el establecimiento, en vez del capitalismo mercantilista que tenemos, del capitalismo a secas, es decir, aquel que se asienta en la propiedad privada y el mercado competitivo y es eminentemente popular. Sobre esto hay que ser claros: el liberalismo es inseparable del sistema democrático-como régimen civil, de poderes independientes, libertades públicas, político, derechos humanos garantizados y elecciones-y del mercado libre como sistema para la asignación de los recursos y la creación de la riqueza.

Si en la defensa de la democracia, la opción liberal tiene una coincidencia total con corrientes y doctrinas como la social democracia, el social cristianismo y los partidos conservadores no autoritarios, sus diferencias con ellos tienen que ver, básicamente, con el mercado, en el que todas ellas justifican distintos grados de interferencia y manipulación estatal-para contrarrestar las desigualdades y desequilibrios económicos y sociales-en tanto que el liberalismo sostiene que mientras más desinhibido y menos perturbado funcione el mercado más pronto se derrotará a la pobreza y al atraso y se logrará sobre bases más firmes, la justicia social.


Este es un tema delicado, que requiere muchas precisiones para evitar malentendidos. "Justicia social" no quiere decir igualitarismo desde la perspectiva liberal. Desde una perspectiva socialista y colectivista, en cambio, muchas veces, sí. Los liberales creen que la justicia social consiste en crear una igualdad de oportunidades para todos, en garantizar un mismo punto de partida para cada ciudadano a la hora de entrar en aquello que se designa con esa terrible metáfora: la lucha por la vida. Pero no creen que la igualdad deba significar un mismo punto de llegada, igualdad de ingresos y de patrimonio. Y no lo creen porque esa forma de igualitarismo-socialista, colectivista-significa siempre- como ha venido a demostrarlo, de manera apabullante, el desplome del comunismo en Europa del Este y en la Unión Soviética-una forma más profunda de injusticia y sólo se alcanza con el sacrificio total de la libertad.


Pero una cosa es aceptar una desigualdad económica que resulte de las diferencias de esfuerzo y de individuales, del éxito o el fracaso derivados de una limpia competencia-principio insoslayable de la filosofía liberal-y otra, muy distinta, la que es consecuencia de la discriminación y el privilegio congénitos a un sistema, como es el caso de los países latinoamericanos. Entre nosotros, la igualdad de oportunidades es una meta remota y difícil de alcanzar, pues para llegar a ella hay que reformar de manera radical nuestras instituciones y nuestras costumbres. Y ello implica desde la reforma del Estado hasta una revolución en la cultura, que destierre los prejuicios raciales y sociales que tienen todavía una pugnaz supervivencia en nuestras sociedades.

¿Cuál es el camino más corto para lograr en América Latina esta "igualdad de oportunidades" que, con la defensa de la libertad, es el fundamento del liberalism? No hay una receta única, desde luego, y en esto, como en muchas otras cosas, los liberales defienden tesis distintas y a veces opuestas. Naturalmente, la educación es una de las herramientas básicas para llegar a aquella meta. Algunos liberales creen que ella debería ser totalmente privada y otros que, junto a la privada, debe seguir existiendo una enseñanza pública. Pero, en realidad, eso es lo de menos. Lo importante es que el sistema educativo sea tal que todos tengan acceso a él y que las diferencias de fortuna y posición social no determinen de manera automática que unos jóvenes reciban una formación escolar, universitaria y profesional de alto nivel y otros una deficiente. Eso es lo que ocurre ahora entre nosotros y ésa es una de nuestras peores injusticias: el niño o joven acomodado recibe siempre una educación muy superior al niño o joven de familias de modestos ingresos. Ello establece, de entrada, una desventaja casi siempre insuperable para este último a la hora de buscar trabajo o aspirar a una posición social.


Sin embargo, por sí misma, una reforma liberal del sistema educativo que garantice a todos por igual la posibilidad de una formación de alto nivel, no es suficiente para crear aquel mismo punto de partida en cada generación, en cada promoción. Y no lo es porque, en países como Perú, Bolivia o Nicaragua-para citar sólo tres casos extremos- las desigualdades y desequilibrios económicos son tan enormes entre unos y otros, y la pobreza de los pobres tan extrema, que, en la situación de marginación y postración en que la mayoría de ellos se encuentran, dificilmente podrían aprovechar de manera cabal aquella oportunidad educativa si ella existiera.

La igualdad de oportunidades sólo puede significar, para ellos, reforma económica y social. Esto lo entienden los socialistas-y a veces muchos social demócratas y social cristianos-en el sentido del despojo y la redistribución de la propiedad existente. Para la doctrina liberal esto es inaceptable, porque para ella la propiedad privada es la encarnación misma de la noción de libertad, de soberanía individual, de independencia del individuo frente al poder. Si ella no se respeta, si es atropellada, un centro neurálgico de la democracia es malherido.


Pero, precisamente, si la propiedad privada tiene esa importancia crucial para la salud democrática de un país, ninguna sociedad en la que -como ocurre en América Latina-la propiedad privada está concentrada en pocas y a veces poquísimas manos puede ser de veras democrática. La solución no está en abolir la propiedad privada, como creen los marxistas, sino, más bien, en extenderla, en propagarla, en facilitar el acceso a ella cada vez a sectores más amplios de manera que con ella más y más ciudadanos adquieran un sentido concreto y estimulante de su libertad.


Hay liberales irreductibles para los que este proceso de popularización de la propiedad privada sólo debe ser obra del mercado. Otros creemos que en países donde la desigualdad económica es tan atroz como en los nuestros, el mercado tardaría mucho tiempo, acaso siglos, en democratizar la propiedad privada poniéndola al alcance del mayor número. Y que un gobierno de corte liberal puede acelerar aquel proceso de muchas maneras. Una de ellas, por ejemplo, llevando a cabo la privatización de las empresas públicas con un criterio eminentemente social , es decir, dando todas las facilidades y preferencias, para la adquisición de acciones en aquellas empresas, a empleados, obreros y, en general, a los ciudadanos de menos imgresos. Hay muchas otras maneras como un gobierno puede alentar y acelerar la difusión de la propiedad privada, urbana y rural. La privatización del seguro social en Chile, por ejemplo-la llamada reforma previsional que impulsó José Piñera-ha sido una de ellas, y muy exitosa.


En todo caso, si hay una razón o circunstancia que justifique un esfuerzo extraordinario por parte del Estado en la vida económica es éste: la difusión popular de la propiedad privada. Porque sólo cuando ella, en forma de bienes o de acciones, se haya multiplicado hasta alcanzar a la inmensa mayoría, se habrán echado las bases de aquella "igualdad de oportunidades" que, aunque muchos lo olviden, es, al igual que la libertad, objetivo básico de la doctrina liberal.


Para una versión estereotipada-pero muy extendida-liberalismo quiere decir y mercado y nada más. En verdad, antes que eso, quiere decir libertad económica y política, propiedad privada e imperio de la ley. De esto último casi nadie se acuerda y, sin embargo, de John Stuart Mill y Adam Smith a Popper, Hayek y Raymond Aron, entre tantas ideas y posiciones que los separan, probablemente en la única en que coinciden totalmente sea ésta: que el requisito primero e inapelable para que funcione el mercado-es decir, la democracia-es la existencia de un poder judicial eficiente, independiente de todo otro poder y sobre todo probo, al que pueda recurrir el más humilde de los ciudadanos con la seguridad de que se le hará justicia si sus derechos han sido violados. La grandeza de Gran Bretaña en el siglo XIX se debió no tanto a sus capitanes de industria y a sus exploradores y soldados, como a esos jueces oscuros, tocados de pelucas ridículas, que con su proceder fueron enseñando al pueblo entero que la ley regía lo mismo para pobres y ricos, y que un tribunal podía sancionar al poderoso ni más ni menos que al modesto, y que podía también reparar las grandes y las pequeñas injusticias.


Para que la libertad económica no signifique-según la metáfora de Isaiah Berlin- que los lobos tienen derecho a comerse a los corderos, debe de haber leyes justas y, más importante todavía, jueces justos; jueces capaces de resistir las presiones del poder político y las tentaciones del poder económico y las amenazas del poder militar o policial y las del revolucionario y terrorista; jueces conscientes de que sobre ellos pesa la inmensa responsabilidad de garantizar a diario, en cada caso contencioso que cae en sus manos, esa "igualdad" de la que hablan las leyes y que, sin una justicia eficaz, es letra muerta.

Tal vez en ningún otro orden, como en este del juez y de los tribunales, está América Latina aún tan lejos de ser una sociedad democrática y liberal. Porque en nuestros países el Poder Judicial es casi siempre una caricatura. Instrumento de quienes gobiernan, que cambian, manipulan y teledirigen las sentencias a su capricho, a menudo los tribunales subastan sus fallos entronizando de este modo una forma de discriminación social tanto o más grave que las que las diferencias de fortuna establecen en la cultura, el trabajo, la educación. Y la escasa o nula capacitación de los magistrados, sumada a la lentitud pavorosa con que se desarrollan los procesos, hace que el Poder Judicial, desde la perspectiva del hombre común latinoamericana sea-en vez de aquello que deberia ser: uno de los vehículos más efectivos de la justicia social, garante de la igualdad de oportunidades para todos-uno de los más crueles instrumentos de la opresión y abuso del débil por el fuerte.


Reformas tan profundas como las que América Latina necesita en la economía, en la educación, en la justicia, simplemente no serán posibles, ni durables, si no las acompaña, o precede, una reforma de las costumbres, de las ideas, de ese complejo sistema de hábitos, conocimientos, imágenes y formas que llamamos "la cultura". La cultura en la que vivimos y actuamos, hoy, no es liberal y ni siquiera del todo democrática. Tenemos gobiernos democráticos pero nuestras instituciones y nuestros reflejos y mentalidades aún están lejos de serlo. Siguen siendo populistas u oligárquicas, o absolutistas o colectivistas o dogmáticas, mechadas de prejuicios sociales y raciales, y muy poco tolerantes para con el adversario político, amantes de las verdades absolutas, es decir, de una de las peores formas del monopolio, que es el de la verdad. Liberal y liberalismo es lo contrario de todo eso. Es tolerancia, creer en la relatividad de las verdades, estar dispuesto a rectificar el error y a someter siempre las ideas y las convicciones a la prueba de la realidad. Por eso el liberalismo es una filosofía, una doctrina, no una ideología. Porque ideología es una forma dogmática e inmutable de pensamiento -algo que tiene macho más de religión que de ciencia-y la filosofía liberal, además de pluralista, es también cambiante, un sistema flexible que va modernizándose y perfeccionándose al compás de los avances del conocimiento y la experiencia vivida.


Aunque aún está lejos de ella, América Latina es en este momento una tierra propicia para la opción liberal. Esta opción no es moderada: es radical. Pues si no se va a la raíz de los problemas, a solucionarlos allí donde ellos nacen, la solución será efimera, como lo han sido todas las que hasta ahora han pretendido sacar a América Latina del subdesarrollo. Como la propuesta liberal está contra el colectivismo y el estatismo, que han sido siempre las recetas de la izquierda a los males sociales, se la tilda de derechista. Eso tampoco tiene importancia porque las categorías "derecha" e "izquierda" se han vaciado casi totalmente del contenido que alguna vez tuvieron, sobre todo después del desplome del comunismo en la Unión Soviética y en los países que antes dominó. La historia actual ha dado una impresionante convalidación a la frase de Malraux: "Quelle étrange époque, diront de la nôtre les historians de l'avenir, oú la droite n'était pas la droite, la gaucbe n'était pas la gauche et le centre n'était pas au milieu".


Pero una cosa sí es segura: la opción liberal no es conservadora. Más bien, la de la transformamón profunda de Las sociedades latinoamericanas tal como existen. Lo ha dicho, con su habitual lucidez, Jean­François Revel: "Como el liberalismo, sea económico, político y cultural, no puede desarrollarse en Europa y América Latina sin trastornos, ya que estos continentes fueron modelados, a lo largo de los decenios y tal vez los siglos, por el estatismo, el dirigismo, el socialismo, el corporatismo, tanto en la práctica como en la ideología, los liberales no son pues allí, en mode alguno, conservadores, en el sentido literal, sino reformadores: renovadores de los hábitos establecidos y las ideas recibidas. Más bien, deberían ser llamados revolucionarios".


Sí, la alternativa liberal supone una revolución para este continente nuestro de las esperanzas siempre postergadas. Una revolución que purifique este vocablo de esas connotaciones de sangre, muerte, demagogia y dogmatismp que tiene entre nosotros y lo impregne de ideas, creacion, racionalidad, libertad política, pluralismo político y legalidad. 
Vargas Llosa, Mario.
El desafío neoliberal.
El fin del tercermundismo en Améica Latina. Compilación.
Ed. Norma. Primera edición.
Colombia, 1992.

martes, 3 de mayo de 2011

Rescate liberal de Ortega y Gasset

Por su defensa radical del individuo, por su apuesta laica, por su antinacionalismo y, en fin, por su visión panorámica y anticipatoria, el pensamiento liberal contemporáneo tiene mucho que aprender de Ortega y Gasset, afirma Vargas Llosa en este ejercicio de reivindicación de un personaje aún relegado, por sorprendente que parezca, al limbo de la historia de las ideas.

Hace cincuenta años falleció en España don José Ortega y Gasset, y hace 75 se publicó La rebelión de las masas (1930), uno de sus libros más importantes, acaso el que se leyó y tradujo más en todo el mundo. Dos aniversarios que deberían servir para revalorizar el pensamiento de uno de los más elegantes e inteligentes filósofos liberales del siglo XX, al que circunstancias varias –la Guerra Civil en España, los cuarenta años de dictadura franquista y el auge de las doctrinas marxistas y revolucionarias que caracterizó a Europa en la segunda mitad del siglo XX– han tenido arrumbado injustamente en el desván de las antiguallas, o, peor aún, han desnaturalizado, convirtiéndolo en un exclusivo referente del pensamiento conservador. Y entre el liberalismo y el conservadurismo, como mostró Hayek en un ensayo célebre, media un abismo.1
En verdad, aunque nunca llegó a sistematizar su filosofía en un cuerpo orgánico de ideas, Ortega y Gasset, en los innumerables ensayos, artículos, conferencias y notas de su vasta obra, desarrolló un discurso inequívocamente liberal, en un medio como el español, en el que éste resultaba extraordinariamente avanzado –él hubiera dicho radical, una de sus palabras favoritas–, tan crítico del extremismo dogmático de izquierda como del conservadurismo autoritario, nacionalista y católico de la derecha. Buena parte de ese pensamiento conserva su vigencia y alcanza en nuestros días, luego de la bancarrota del marxismo y sus doctrinas parasitarias y del excesivo economicismo en que se ha confinado últimamente el liberalismo intelectual, notable actualidad.
Lo demuestra, mejor que nada La rebelión de las masas, que, aunque publicado en 1930, había sido ya anticipado en artículos y ensayos desde dos o tres años antes. El libro se estructura alrededor de una intuición genial: ha terminado la primacía de las elites; las masas, liberadas de la sujeción de aquéllas, han irrumpido en la vida de manera determinante, provocando un trastorno profundo de los valores cívicos y culturales y de las maneras de comportamiento social. Escrito en plena ascensión del comunismo y los fascismos, del sindicalismo y los nacionalismos, y de los primeros brotes de una cultura popular de consumo masivo, la intuición de Ortega es exacta y establece uno de los rasgos claves de la vida moderna.

También lo es que su crítica a este fenómeno se apoye en la defensa del individuo, cuya soberanía ve amenazada –en muchos sentidos ya arrasada– por esta irrupción incontenible de la muchedumbre –de lo colectivo– en la vida contemporánea. El concepto de “masa” para Ortega no coincide para nada con el de clase social y se opone específicamente a la definición que hace de aquélla el marxismo. La “masa” a que Ortega se refiere abraza transversalmente a hombres y mujeres de distintas clases sociales, igualándolos en un ser colectivo en el que se han fundido, abdicando de su individualidad soberana para adquirir la de la colectividad, para ser nada más que una “parte de la tribu”. La masa, en el libro de Ortega, es un conjunto de individuos que se han desindividualizado, dejado de ser unidades humanas libres y pensantes, para disolverse en una colectividad que piensa y actúa por ellos, más por reflejos condicionados –emociones, instintos, pasiones– que por razones. Estas masas son las que por aquellos años ya coagulaba en torno suyo en Italia Benito Mussolini, y se arremolinarían cada vez más en los años siguientes en Alemania en torno a Hitler, o, en Rusia, para venerar a Stalin, el “padrecito de los pueblos”. El comunismo y el fascismo, dice Ortega, “dos claros ejemplos de regresión sustancial”, son ejemplos típicos de la conversión del individuo en el hombre-masa. Pero Ortega y Gasset no incluye dentro del fenómeno de masificación únicamente a esas muchedumbres regimentadas y cristalizadas en torno a las figuras de los caudillos y jefes máximos, es decir, en los regímenes totalitarios. Según él, la masa es también una realidad nueva en las democracias donde el individuo tiende cada vez más a ser absorbido por conjuntos gregarios a quienes corresponde ahora el protagonismo de la vida pública, un fenómeno en el que ve un retorno del primitivismo y de ciertas formas de barbarie disimuladas bajo el atuendo de la modernidad.
Esta visión de la hegemonía creciente del colectivismo en la vida de las naciones es la de un pensador liberal que ve en la desaparición del individuo dentro de lo gregario un retroceso histórico y una amenaza gravísima para la civilización democrática.

El libro es también una defensa precoz y sorprendente –en vísperas de la Segunda Guerra Mundial– de una Europa unida en la que las naciones del viejo continente, sin perder del todo sus tradiciones y sus culturas, se fundirán en una comunidad: “Europa será la ultranación.” Sólo en esta unión ve Ortega una posibilidad de salvación para una Europa que ha perdido la hegemonía histórica de que gozaba en el pasado –que ha entrado en decadencia– en tanto que, a sus costados, Rusia y los Estados Unidos parecen empeñados en tomar la delantera. Esta propuesta audaz de Ortega en favor de una Unión Europea que sólo medio siglo más tarde comenzaría a tomar forma es uno de los más admirables aciertos del libro y una prueba de la lucidez visionaria de que hizo gala a veces su autor.
El ensayo también postula otro principio liberal acendrado: parte de la declinación de Europa se debe al crecimiento desmesurado del Estado, que, en sus asfixiantes mallas burocráticas e intervencionistas, ha “yugulado” las iniciativas y la creatividad de los ciudadanos.

Con buen olfato, Ortega señala que uno de los efectos, en el campo de la cultura, de esta irrupción de las masas en la vida política y social será el abaratamiento y la vulgarización, en otras palabras, la sustitución del producto artístico genuino por su caricatura o versión estereotipada y mecánica, y por una marejada de mal gusto, chabacanería y estupidez. Ortega era elitista en lo relativo a la cultura, pero este elitismo no estaba reñido con sus convicciones democráticas, pues concernía a la creación de productos culturales y a su colocación en una exigente tabla de valores; en lo que se refiere a la difusión y consumo de los productos culturales, su postura era universalista y democrática: la cultura debía estar al alcance de todo el mundo. Simplemente, Ortega entendía que los patrones estéticos e intelectuales de la vida cultural debían fijarlos los grandes artistas y los mejores pensadores, aquellos que habían renovado la tradición y sentado los nuevos modelos y formas, introduciendo una nueva manera de entender la vida y su representación artística. Y que, si no era así, y los referentes estéticos e intelectuales para el conjunto de la sociedad los establecía el gusto promedio de la masa –el hombre vulgar–, el resultado sería un empobrecimiento brutal de la vida cultural y poco menos que la asfixia de la creatividad. El elitismo cultural de Ortega es inseparable de su cosmopolitismo, de su convicción de que la verdadera cultura no tiene fronteras regionales y menos nacionales, sino que es un patrimonio universal. Por eso, su pensamiento es profundamente antinacionalista.

En su defensa del liberalismo, Ortega insiste en el carácter laico que debe tener el Estado en una sociedad democrática –“La historia es la realidad del hombre. No tiene otra.” (p. 54)–2 y la incompatibilidad profunda que existe entre un pensamiento liberal y el de un católico dogmático, al que califica de antimoderno (p. 153). La historia no está escrita, no la ha trazado de antemano una divinidad todopoderosa. Es obra sólo humana y por eso “… todo es posible en la historia –lo mismo el progreso triunfal e indefinido que la periódica regresión” (pp. 131-132).
Lo menos que puede decirse, frente a tesis y afirmaciones de esta índole, es que Ortega y Gasset dio muestras en este ensayo de una gran independencia de espíritu y de sólidas convicciones capaces de resistir las presiones intelectuales y políticas dominantes de su tiempo. Eran, no lo olvidemos, unos tiempos en que la clase intelectual descreía cada vez más de la democracia, que era denostada por igual por los dos extremos, la derecha fascista y la izquierda comunista, y cedía a menudo a la tentación de afiliarse a uno de estos dos bandos, con una preferencia marcada por el comunismo.
 
Sin embargo, el liberalismo de Ortega y Gasset, aunque genuino, es parcial. La defensa del individuo y sus derechos soberanos, de un Estado pequeño y laico que estimule, en vez de ahogar, la libertad individual, de la pluralidad de opiniones y críticas, no va acompañada con la defensa de la libertad económica, del mercado libre, un aspecto de la vida social por el que Ortega siente una desconfianza que se parece al desdén, y sobre el cual muestra a veces un desconocimiento sorprendente en un intelectual tan curioso y abierto a todas las disciplinas. Se trata, sin duda, de una limitación generacional. Sin excepción, al igual que los liberales latinoamericanos de su tiempo, los liberales españoles más o menos contemporáneos de Ortega, como Ramón Pérez de Ayala y Gregorio Marañón (con quienes Ortega fundaría la Agrupación al Servicio de la República en 1930), lo fueron en el sentido político, ético, cívico y cultural, pero no en el económico. Su defensa de la sociedad civil, de la democracia y de la libertad política, ignoró una pieza clave de la doctrina liberal: que sin libertad económica y sin una garantía legal firme de la propiedad privada y de los contratos, la democracia política y las libertades públicas están siempre mediatizadas y amenazadas. Pese a ser un librepensador, que se apartó de la formación católica que recibió en un colegio y una universidad de jesuitas, hubo siempre en Ortega unas reminiscencias del desprecio o por lo menos de la inveterada desconfianza de la moral católica hacia el dinero, los negocios, el éxito económico y el capitalismo, como si en esta dimensión del quehacer social se reflejara el aspecto más bajamente materialista del animal humano, reñido con su vertiente espiritual e intelectual. De ahí, sin duda, las despectivas alusiones que se encuentran desperdigadas en La rebelión... a los Estados Unidos, “el paraíso de las masas” (p. 164), al que Ortega juzga, con cierta superioridad cultural, como un país que, creciendo tan rápido en términos cuantitativos como lo ha hecho, había sacrificado sus “cualidades”, creando una cultura superficial. De lo que deriva uno de los escasos despropósitos del libro: la afirmación de que los Estados Unidos eran incapaces por sí solos de desarrollar la ciencia como lo ha hecho Europa. Una ciencia que ahora, por el ascenso de los hombres-masa, Ortega ve en peligro de declinación.
Éste es uno de los aspectos más endebles del pensamiento que Ortega desarrolla en La rebelión de las masas. Una de las consecuencias de la primacía del hombre-masa en la vida de las naciones es, dice, el desinterés de la sociedad aquejada de primitivismo y de vulgaridad por los principios generales de la cultura, es decir, por las bases mismas de la civilización. En la era del apogeo de lo gregario, la ciencia pasa a un segundo lugar, y la atención de las masas se concentra en la técnica, en las maravillas y prodigios que realiza este subproducto de la ciencia, pues, sin ésta, ni el lujoso automóvil de líneas aerodinámicas ni los analgésicos que quitan el dolor 

de cabeza serían posibles. Ortega compara la deificación del producto de consumo fabricado por la técnica con el deslumbramiento del primitivo de una aldea africana con los objetos de la industria más moderna, en los que ve, igual que en las frutas o los animales, meros engendros de la naturaleza. Para que haya ciencia, dice Ortega, tiene que haber civilización, un largo desenvolvimiento histórico que la haga posible. Y, por eso, imagina que, por más poderoso que sea, Estados Unidos no podrá nunca superar aquel estadio de mera tecnología que ha alcanzado: “¡Lucido va quien crea que si Europa desapareciese podrían los norteamericanos continuar la ciencia!” Se trata de una de las predicciones fallidas en un libro repleto de profecías cumplidas.


En La rebelión de las masas Ortega critica el nacionalismo como un típico fenómeno de esa hegemonía creciente de lo colectivo o gregario sobre lo individual. Rechaza como mito la idea de que una nación se constituye sobre la comunidad de raza, religión o lengua, y se inclina más bien por la tesis de Renan de una nación como “un plebiscito cotidiano” en el que sus miembros reafirman cada día, con sus conductas y apego a las leyes e instituciones, la voluntad de constituir una “unidad de destino” (esta última fórmula es de Ortega). Esta idea de nación es flexible, moderna y compatible con la idea suya de que, pronto, Europa terminará constituyendo una unidad supranacional en la que las naciones europeas se unirán en una pluralidad solidaria, algo que parecía una fantasía utópica en aquel contexto de nacionalismos beligerantes que, pocos años después, iban a precipitar a Europa en la carnicería de la Segunda Guerra Mundial.

El Epílogo para ingleses, crítica del pacifismo, está escrito siete años después de la primera edición de La rebelión de las masas, en 1937, es decir, en plena Guerra Civil española. Contiene una crítica a las versiones estereotipadas que, en los países extranjeros, se suele dar de lo que ocurre en el seno de una sociedad. Ortega pone como ejemplo el caso de los intelectuales ingleses que, “cómodamente sentados en sus despachos o en sus clubs”, firman manifiestos donde se dice que son “los defensores de la libertad”; los comunistas que, en España, coaccionan a escritores a firmar manifiestos o a hablar por radio de una manera que conviene a sus intereses. De todo ello deduce que la opinión pública extranjera constituiría en ciertos casos una “intervención guerrera” en los asuntos internos de un país porque puede tener efectos “químicos” (letales) en su devenir. La tesis no se sostiene, desde luego: si la aceptáramos, equivaldría a justificar la supresión de la libertad de expresión y de opinión con el argumento de la seguridad nacional. Ella desconoce que, en el caso de cualquier dictadura, lo habitual es que en el extranjero se conozca mejor lo que ocurre que adentro, porque la censura impide a los que la padecen tener conciencia cabal de la situación que viven.

En verdad esta afirmación peregrina refleja el malestar y el desgarramiento con que Ortega vivió una guerra civil en la que, a su juicio, la intelectualidad europea embelleció a la República por razones ideológicas, sin tomar en cuenta los atropellos y excesos antidemocráticos que también se habían cometido en su seno. Por eso, Ortega no podía ni quería tomar partido por uno de los bandos hostiles, sobre todo desde que llegó a la conclusión de que la pugna no era tanto entre la república democrática y el fascismo, sino entre éste y los comunistas, alternativa que Ortega rechazaba por igual. Sin embargo, es verdad que, sin hacerlo público, a través de su correspondencia y testimonios de gente próxima a él, parece evidente que Ortega llegó a creer en un momento dado que Franco y los “nacionales” representaban el mal menor. Fue un error que le sería reprochado de manera inmisericorde por la posteridad, y que contribuiría a alejar su obra de los sectores intelectuales llamados progresistas. En verdad, no hay mal menor cuando se trata de elegir entre dos totalitarismos –es como elegir entre el sida y el cáncer terminal– y esto es algo que el propio Ortega tuvo ocasión de comprobar cuando regresó a España, en 1945, al término de la Segunda Guerra Mundial, creyendo que, luego del triunfo de los aliados contra el fascismo, sería posible hacer algo por la democratización de su país desde dentro. En verdad, no pudo hacer gran cosa, salvo vivir en una situación de exiliado interior, poco menos que en un limbo, sin recuperar su cátedra universitaria, vigilado de cerca y al mismo tiempo con el riesgo de ver su obra desnaturalizada por falangistas que querían apropiársela, con una sensación de frustración y fracaso. Por eso, vivió como a salto de mata esos últimos diez años de su vida, con continuos desplazamientos a Portugal.
Leer a Ortega es siempre un placer, un goce estético, por la belleza y desenvoltura de su estilo, claro, plástico, inteligente, culto, salpicado de ironías y al alcance de cualquier lector. Por esta última característica de su prosa, algunos le niegan la condición de filósofo y dicen que se quedó sólo en literato o periodista. 

A mí me encantaría que así fuera, porque, de ser cierta la premisa en que aquel juicio excluyente se inspira, la filosofía sobraría, y la literatura y el periodismo reemplazarían con creces su función.Es cierto que a veces su pluma se engolaba, como cuando escribía “rigoroso” en vez de riguroso, y que, en los dos mandatos que él fijó al intelectual –oponerse y seducir–, su coquetería y vanidad lo llevaron algunas veces a descuidar la primera obligación por la segunda. Pero esas debilidades ocasionales están más que compensadas por el vigor y la gracia que su talento era capaz de inyectar a las ideas, las que, en sus ensayos, a menudo parecen los personajes vivos e impredecibles de esa balzaciana Comedia humana que tanto lo embelesó en su adolescencia. Contribuyó a humanizar su pensamiento esa vocación realista que –como en la gran tradición pictórica española– era inseparable de su vocación intelectual. Ni la filosofía en particular, ni la cultura en general, debían ser un mero ejercicio de acrobacia retórica, una gimnasia de espíritus selectos. Para este “elitista”, la misión de la cultura no podía ser más que democrática: inmiscuirse en la vida de todos los días y nutrirse de ella. Mucho antes de que los existencialistas franceses desarrollaran sus tesis sobre el “compromiso” del intelectual con su tiempo y su sociedad, Ortega había hecho suya esta convicción, y la puso en práctica en todo lo que escribió. Lo cual no significa que escribiera sobre todo: por ejemplo, un silencio que se le reprocha es no haberse pronunciado con rotundidad sobre el resultado de la Guerra Civil y la dictadura de Franco. Pero ya he explicado las razones recónditas de aquel silencio.
Una de sus célebres frases fue: “la claridad es la cortesía del filósofo”, máxima a la que siempre se ciñó con lealtad perruna a la hora de escribir. Yo no creo que ese esfuerzo por ser accesible, inspirado en el anhelo de Goethe de ir siempre “desde lo oscuro hacia lo claro”, que él llamó la voluntad luciferina, empobrezca su pensamiento y lo reduzca al mero papel de un divulgador. Por el contrario, uno de sus grandes méritos es haber sido capaz de llevar a un público no especializado, a lectores profanos, los grandes temas de la filosofía, la historia y la cultura en general, de un modo que pudieran entenderlos y sentirse concernidos por ellos, sin trivializar ni traicionar por esto los asuntos que trataba. A ello lo indujo el periodismo, desde luego, y las conferencias, en que se dirigía a vastos públicos heterogéneos, a los que se empeñaba en llegar, convencido de que el pensamiento confinado en el aula o el cónclave profesional, lejos del ágora, se marchitaba y eclipsaba. Creía con firmeza que la filosofía ayuda a los seres humanos a vivir, a resolver sus problemas, a encarar con lucidez el mundo que los rodea, y que, por lo tanto, no debía ser patrimonio exclusivo de los filósofos sino llegar a la gente del común.
Ese prurito obsesionante por hacerse entender de todos sus lectores es una de las lecciones más valiosas que nos ha legado, una muestra de su vocación democrática y liberal, y de luminosa importancia en estos tiempos, en que, cada vez más, en las distintas ramas de la cultura, se imponen, sobre el lenguaje común, las jergas o dialectos especializados y herméticos a cuya sombra, muchas veces, se esconde, no la complejidad y la hondura científica, sino la prestidigitación verbosa y la trampa. Coincidamos o diverjamos de sus tesis y afirmaciones, con Ortega una cosa siempre es evidente: no hace trampas, la transparencia de su discurso se lo impide.
La voluntad luciferina no le impidió ser audaz y proponer, antes que nadie, una interpretación de las tendencias dominantes de su época en la vida social y en el arte que parecían fantasiosas y que, luego, la historia ha refrendado. En La rebelión de las masas advirtió, con certera visión, que en el siglo XX, a diferencia de lo que había ocurrido antes, el factor decisivo de la evolución social y política no serían ya las elites, sino aquellos sectores populares anónimos, trabajadores, campesinos, parados, soldados, estudiantes, colectivos de toda índole, cuya irrupción –pacífica o violenta– en la historia revolucionaría la sociedad futura y trazaría una nítida frontera con la de antaño. Y en La deshumanización del arte (publicada por primera vez en 1925) describió, con lujo de detalles y notable justeza, el progresivo divorcio que, impulsado por la formidable renovación de las formas que introdujeron las vanguardias en la música, la pintura y la literatura, iría ocurriendo entre la obra de arte moderna y el público general (o las mujeres y hombres del común), un fenómeno sin precedentes en la historia de la civilización. Éstos son dos ejemplos importantes, pero no únicos, de la lucidez con que Ortega escudriñó su circunstancia y advirtió en ella, como un adelantado, la tendencia y la línea de fuerza dominantes en el porvenir inmediato. Lo cierto es que su obra está salpicada de sorprendentes anticipaciones e intuiciones felices.
¿Qué fue, políticamente hablando? Librepensador, ateo (o, por lo menos, agnóstico), civilista, cosmopolita, europeísta, adversario del nacionalismo y de todos los dogmatismos ideológicos, demócrata; su palabra favorita –repito– fue siempre radical. El análisis, la reflexión, debían ir siempre hasta la raíz de los problemas, no quedarse jamás en la periferia o la superficie. Sin embargo, en política, en cierto modo él se quedó a veces lejos de ese radicalismo que predicaba. Fue, por su talante abierto y su tolerancia para las ideas y posturas ajenas, un liberal. Pero un liberal limitado por su desconocimiento de la economía –un vacío que lo llevó a veces, cuando proponía soluciones para problemas como el centralismo, el caciquismo o la pobreza, a postular un intervencionismo estatal y un dirigismo voluntarista totalmente írritos a esa libertad individual y ciudadana que con tanta convicción y buenas razones defendía–.

El fracaso de la República y el baño de sangre de la Guerra Civil española traumatizaron, en lo que concierne a sus ideales políticos, a Ortega y Gasset. Había apoyado y puesto muchas ilusiones en el advenimiento de la República, pero los desórdenes y violencias que la acompañaron lo sobrecogieron (“No es esto, no es esto” proclamó en su célebre artículo sobre la República española en crisis). Luego, la rebelión franquista y la polarización extremista que aceleró la guerra lo arrinconaron en una especie de catacumba ideológica. A su juicio, la democracia liberal “es la forma que en política ha representado la más alta voluntad de convivencia” y la que ha mostrado un espíritu de tolerancia sin precedentes en la historia, ya que el liberalismo “es el derecho que la mayoría otorga a la minoría”, es “la decisión de convivir con el enemigo” (p. 130). ¿Era posible una posición de esta índole en medio de una guerra civil? Lo que él defendía –una sociedad ilustrada, libre, de coexistencia y legalidad, europea y civil– parecía irreal en una Europa sacudida por el avance simétrico de los totalitarismos, que arrollaban a su paso hasta los cimientos de la civilización con la que él soñaba para España. Nunca superó Ortega el derrumbe de aquellas ilusiones.
Cuando uno frecuenta, por tanto tiempo como he hecho yo con Ortega, aunque sea a puchitos diarios, la obra de un escritor, se familiariza de tal modo con él –quiero decir, con su persona– que, luego de tanto leerlo y releerlo, tiene la sensación de haberlo tratado en la intimidad, de haber asistido a esas tertulias de amigos que, según han descrito Julián Marías y otros discípulos, solían ser deslumbrantes. Debió de ser un extraordinario conversador, expositor, profesor. Leyendo sus mejores ensayos, uno escucha a Ortega: sus silencios efectistas, el latigazo sibilante del insólito adjetivo, y la laberíntica frase que, de pronto, se cierra, redondeando un argumento con un desplante retórico de matador. Todo un espectáculo.

A Ortega se le ha descalificado mucho, en los últimos años, desde la izquierda, acusándolo, como hace Gregorio Morán, en El maestro en el erial. Ortega y Gasset y la cultura del franquismo (Barcelona, Tusquets Editores, 1998), de haber sido un discreto cómplice de los nacionales durante la Guerra Civil, afirmación que se apoya en deleznables argumentos, como el que dos hijos del filósofo pelearan en el bando rebelde, o su amistad y correspondencia con algunos diplomáticos franquistas, o su empeño en publicar en The Times, de Londres, valiéndose de la ayuda de un delegado de los nacionales en Gran Bretaña, un texto en el que criticaba a los intelectuales europeos por tomar partido por la República sin conocer a fondo la problemática española. No parece serio tampoco, y sí mera chismografía, la especie según la cual Ortega, en algún momento, valiéndose de un tercero, se ofreciera a Franco para escribirle los discursos. Jamás se ha presentado una prueba fehaciente de tal cosa y no hay en su correspondencia el menor indicio de que sea cierta. La verdad, y el libro de Morán lo demuestra hasta el cansancio, si Ortega hubiera querido formar parte del régimen franquista, éste, que a la vez que lo atacaba o silenciaba, hizo múltiples intentos para sobornarlo, lo hubiera recibido por la puerta grande. Bastaba que se adhiriera a él públicamente. Nunca lo hizo.
Tampoco es un argumento para descalificarlo el que siguiera recibiendo el sueldo que le correspondía como profesor universitario cuando cumplió la edad de la jubilación. Desde luego, hubiera sido preferible que no lo hiciera. Y, también, que nunca regresara a España y muriera en el exilio, o asumiera una oposición frontal y sin equívocos contra la dictadura. Porque, entonces, cuántas confusiones sobre lo que fue, creyó y defendió se hubieran evitado y qué fácil resultaría hacer de él, hoy, una figura políticamente correcta. Pero, la verdadera “circunstancia” de Ortega no era la de tomar partido, en el momento de estallar la Guerra Civil, por uno de los dos bandos; la opción que él hizo suya quedó pulverizada en la contienda –antes de la contienda, en verdad, en los desórdenes y la polarización política durante la República– y lo dejó a él en una tierra de nadie. Pero, a pesar de ello, y al saber lo vulnerable y aislado de su posición, fue leal a ella hasta su muerte. Ésta era impracticable en aquella situación de violenta ruptura de la sociedad y de maniqueísmo beligerante, donde desaparecían los matices y la moderación; pero no era deshonesta. El régimen civil, republicano, democrático, plural, que había defendido en 1930, en la Agrupación al Servicio de la República, no coincidió para nada con lo que se instauró en España a la caída de la monarquía, y eso lo llevó a una angustiada admonición: “¡No es esto, no es esto!” Pero tampoco era esto una sublevación fascista, y por eso, se abstuvo de tomar partido públicamente durante la guerra por ninguno de los dos bandos en pugna, y, luego, de adherirse al régimen que instaló el bando vencedor.

Cuando Ortega regresa a España, en 1945, lo hace convencido de que el fin de la Guerra Mundial traerá una transformación de la dictadura. Se equivocó, desde luego, y pagó carísimo ese error: viviendo en España, con largas fugas a Portugal, entre corchetes, vilipendiado, por una parte, por los sectores más ultramontanos del régimen, que no le perdonaban su laicismo, y, por otra parte, escurriéndose como un gato de los intentos de recuperación de quienes querían instrumentalizarlo, convertirlo en un protoideólogo de la Falange. Estos intentos llegaron a extremos de un subido grotesco, con la semana de ejercicios espirituales que llevó a cabo la Facultad de Humanidades de la Universidad Complutense de Madrid por “la conversión de Ortega y Gasset”, y las campañas sistemáticas organizadas desde los púlpitos para que el filósofo emulara a su colega, Manuel García Morente, a quien sí tocó el Espíritu Santo y devolvió al redil católico. Ortega, pese a ese temperamento medroso que ciertos críticos le reprochan, resistió la inmensa presión de que era objeto –y no sólo oficial, también de gentes que lo respetaban y que él respetaba– y no escribió una sola línea en que se desdijera de aquellas ideas que llevaron al régimen, en vísperas de la muerte de Ortega, por boca del Ministro de Información de Franco, Arias Salgado, a dar esta orden a la prensa española, que no me resisto a citar: “Ante la posible contingencia del fallecimiento de don José Ortega y Gasset [...] este diario dará la noticia con una titulación máxima de dos columnas y la inclusión, si se quiere, de un solo artículo encomiástico, sin olvidar en él los errores políticos y religiosos del mismo, y, en cualquier caso, se eliminará siempre la denominación de maestro.”

Los errores políticos de Ortega no fueron los de un cobarde ni los de un oportunista; a lo más, los de un ingenuo que se empeñó en encarnar una alternativa moderada, civil y reformista, en momentos en que ésta no tenía la menor posibilidad de concretarse en la realidad española. Sus tibiezas y dudas no son para arrojárselas en la cara, como una acusación. Manifiestan el dramático destino de un intelectual visceral y racionalmente alérgico a los extremos, a las intolerancias, a las verdades absolutas, a los nacionalismos y a todo dogma, religioso o político. De un pensador que, por ello mismo, pareció desfasado, una antigualla, cuando la coexistencia democrática se evaporó con el choque feroz de la Guerra Civil, y, luego, durante la noche totalitaria. No fue sólo Ortega, sino la postura democrática y liberal la que quedó aturdida y anulada en la hecatombe de la Guerra Civil. Pero, ¿y ahora? ¿Esas ideas de Ortega y Gasset, que fascistas y marxistas desdeñaban por igual, no son en muchos sentidos una realidad viva, actualísima, en esa España plural, libre y tonitronante, que es la de hoy? En vez de disolverlo y borrarlo, la historia contemporánea ha confirmado a Ortega como el pensador de mayor irradiación y coherencia que ha dado España a la cultura laica y democrática. Y, también, el que escribía mejor.
El pensamiento liberal contemporáneo tiene mucho que aprovechar de las ideas de Ortega y Gasset. Ante todo, redescubrir que, contrariamente a lo que parecen suponer quienes se empeñan en reducir el liberalismo a una receta económica de mercados libres, reglas de juego equitativas, aranceles bajos, gastos públicos controlados y privatización de las empresas, aquél es, primero que nada, una actitud ante la vida y ante la sociedad, fundada en la tolerancia y el respeto, en el amor por la cultura, en una voluntad de coexistencia con el otro, con los otros, y en una defensa firme de la libertad como un valor supremo que es, al mismo tiempo, motor del progreso material, de la ciencia, las artes y las letras, y de esa civilización que ha hecho posible al individuo soberano, con su independencia, sus derechos y sus deberes en permanente equilibrio con los de los demás, defendidos por un sistema legal que garantiza la convivencia en la diversidad. La libertad económica es una pieza maestra, pero de ningún modo la única, de la doctrina liberal. Debemos lamentar, desde luego, que muchos liberales de la generación de Ortega lo ignoraran. Pero no es menos grave reducir el liberalismo a una política económica de funcionamiento del mercado con una mínima intervención estatal. El fracaso en las últimas décadas de tantos intentos de liberalización de la economía en América Latina, África y la propia Europa ¿no es acaso una prueba flagrante de que las recetas económicas por sí solas pueden fracasar estrepitosamente si no las respalda todo un cuerpo de ideas que las justifique y las haga aceptables para la opinión pública? La doctrina liberal es una cultura en la más ancha acepción del término, y los ensayos de Ortega y Gasset la reflejan, de manera estimulante y lúcida, en cada una de sus páginas.

Si hubiera sido francés, Ortega sería hoy tan conocido y leído como lo fue Sartre, cuya filosofía existencialista del “hombre en situación” anticipó –y expuso con mejor prosa– con su tesis del hombre y su circunstancia. Si hubiera sido inglés, sería otro Bertrand Russell, como él un gran pensador y al mismo tiempo un notable divulgador. Pero era sólo un español, cuando la cultura de Cervantes, Quevedo y Góngora andaba por los sótanos (la imagen es suya) de las consideradas grandes culturas modernas. Hoy las cosas han cambiado, y las puertas de ese exclusivo club se abren para la pujante lengua que él enriqueció y actualizó tanto como lo harían, después, un Jorge Luis Borges o un Octavio Paz. Es hora de que la cultura de nuestro tiempo conozca y reconozca, por fin, como se merece, a José Ortega y Gasset. ~

por Mario Vargas Llosa
Ámsterdam, 12 de noviembre de 2005.

lunes, 2 de mayo de 2011

¿Qué significa ser liberal?

El liberal que yo trato de ser cree que la libertad es el valor supremo, ya que gracias a la libertad la humanidad ha podido progresar desde la caverna primitiva hasta el viaje a las estrellas y la revolución informática, desde las formas de asociación colectivista y despótica, hasta la democracia representativa. Los fundamentos de la libertad son la propiedad privada y el Estado de Derecho, el sistema que garantiza las menores formas de injusticia, que produce mayor progreso material y cultural, que más ataja la violencia y el que respeta más los derechos humanos. Para esa concepción del liberalismo, la libertad es una sola y la libertad política y la libertad económica son inseparables, como el anverso y el reverso de una medalla. Por no haberlo entendido así, han fracasado tantas veces los intentos democráticos en América latina. Porque las democracias que comenzaban a alborear luego de las dictaduras respetaban la libertad política pero rechazaban la libertad económica, lo que, inevitablemente, producía más pobreza, ineficiencia y corrupción, o porque se instalaban gobiernos autoritarios, convencidos de que sólo un régimen de mano dura y represora podía garantizar el funcionamiento del mercado libre. Esta es una peligrosa falacia. Nunca ha sido así y por eso todas las dictaduras latinoamericanas “desarrollistas” fracasaron, porque no hay economía libre que funcione sin un sistema judicial independiente y eficiente, ni reformas que tengan éxito si se emprenden sin la fiscalización y la crítica que sólo la democracia permite.

Siento la obligación de explicar mi posición política con cierto detalle. No es nada fácil. Me temo que no baste afirmar que soy -sería más prudente decir “creo que soy”- un liberal. La primera complicación surge con esta palabra. Como ustedes saben muy bien, “liberal” quiere decir cosas diferentes y antagónicas, según quién la dice y dónde se dice. 
En Estados Unidos, y en general en el mundo anglosajón, la palabra liberal tiene resonancias de izquierda y se identifica, a veces, con socialista y radical. En América latina y en España, donde la palabra liberal nació en el siglo XIX para designar a los rebeldes que luchaban contra las tropas de ocupación napoleónicas, en cambio, a mí me dicen liberal -o, lo que es más grave, neoliberal- para exorcizarme o descalificarme, porque la perversión política de nuestra semántica ha mutado el significado originario del vocablo -amante de la libertad, persona que se alza contra la opresión- reemplazándolo por el de conservador y reaccionario. Es decir, algo que en boca de un progresista significa cómplice de toda la explotación y las injusticias de que son víctimas los pobres del mundo. 
Ahora bien, para complicar más las cosas, ni siquiera entre los propios liberales hay un acuerdo riguroso sobre lo que entendemos por aquello que decimos y queremos ser. Como el liberalismo no es una ideología, es decir, una religión laica y dogmática, sino una doctrina abierta que evoluciona y se pliega a la realidad en vez de tratar de forzar a la realidad a plegarse a ella, hay, entre los liberales, tendencias diversas y discrepancias profundas. Respecto de la religión, por ejemplo, o de los matrimonios gay o del aborto, y así, los liberales que, como yo, somos agnósticos, partidarios de separar la Iglesia del Estado, y defendemos la despenalización del aborto y el matrimonio homosexual, somos a veces criticados con dureza por otros liberales, que piensan en estos asuntos lo contrario que nosotros. Estas discrepancias son sanas y provechosas, porque no violentan los presupuestos básicos del liberalismo, que son la democracia política, la economía de mercado y la defensa del individuo frente al Estado. 
Hay liberales, por ejemplo, que creen que la economía es el ámbito donde se resuelven todos los problemas y que el mercado libre es la panacea que soluciona desde la pobreza hasta el desempleo, la marginalidad y la exclusión social. Esos liberales, verdaderos logaritmos vivientes, han hecho a veces más daño a la causa de la libertad que los propios marxistas.

No es verdad. Lo que diferencia a la civilización de la barbarie son las ideas, la cultura, antes que la economía. Es la cultura, un cuerpo de ideas, creencias y costumbres compartidas -entre las que, desde luego, puede incluirse la religión-, la que da calor y vivifica la democracia y la que permite que la economía de mercado, con su carácter competitivo y su fría matemática de premios para el éxito y castigos para el fracaso, no degenere en una darwiniana batalla en la que -la frase es de Isaiah Berlin- “los lobos se coman a todos los corderos”. El mercado libre es el mejor mecanismo que existe para producir riqueza y, bien complementado con otras instituciones y usos de la cultura democrática, dispara el progreso material de una nación a los vertiginosos adelantos que sabemos. Pero es también un
mecanismo implacable que, sin esa dimensión espiritual e intelectual que representa la cultura, puede reducir la vida a una feroz y egoísta lucha en la que sólo sobrevivirían los más fuertes.
Pues bien, el liberal que yo trato de ser cree que la libertad es el valor supremo, ya que gracias a la libertad la humanidad ha podido progresar desde la caverna primitiva hasta el viaje a las estrellas y la revolución informática, desde las formas de asociación colectivista y despótica, hasta la democracia representativa. Los fundamentos de la libertad son la propiedad privada y el Estado de Derecho, el sistema que garantiza las menores formas de injusticia, que produce mayor progreso material y cultural, que más ataja la violencia y el que respeta más los derechos humanos. Para esa concepción del
liberalismo, la libertad es una sola y la libertad política y la libertad económica son inseparables, como el anverso y el reverso de una medalla. Por no haberlo entendido así, han fracasado tantas veces los intentos democráticos en América latina. Porque las democracias que comenzaban a alborear luego de las dictaduras respetaban la libertad política pero rechazaban la libertad económica, lo que, inevitablemente, producía más pobreza, ineficiencia y corrupción, o porque se instalaban gobiernos autoritarios, convencidos de que sólo un régimen de mano dura y represora podía garantizar el funcionamiento del mercado libre. Esta es una peligrosa falacia. Nunca ha sido así y por eso todas las dictaduras latinoamericanas “desarrollistas” fracasaron, porque no hay economía libre que funcione sin un sistema judicial independiente y eficiente, ni reformas que tengan éxito si se emprenden sin la fiscalización y la crítica que sólo la democracia permite. Quienes creían que el general Pinochet era la excepción a la regla, porque su régimen obtuvo algunos éxitos económicos, descubren ahora, con las revelaciones sobre sus asesinados y torturados, cuentas secretas y sus millones de dólares en el extranjero, que el dictador chileno era, igual que todos sus congéneres latinoamericanos, un asesino y un ladrón. Democracia política y mercados libres son dos fundamentos capitales de una postura liberal. Pero, formuladas así, estas dos expresiones tienen algo de abstracto y algebraico, que las deshumaniza y aleja de la experiencia de las gentes comunes y corrientes. El liberalismo es más, mucho más que eso.
Básicamente, es tolerancia y respeto a los demás y, principalmente, a quien piensa distinto de nosotros, practica otras costumbres y adora otro dios o es un incrédulo. Aceptar esa coexistencia con el que es distinto ha sido el paso más extraordinario dado por los seres humanos en el camino de la civilización, una actitud o disposición que precedió a la democracia y la hizo posible y contribuyó más que ningún
descubrimiento científico o sistema filosófico a atenuar la violencia y el instinto de dominio y de muerte en las relaciones humanas. Y lo que despertó esa desconfianza natural hacia el poder, hacia todos los poderes, que es en los liberales algo así como nuestra segunda naturaleza. 
No se puede prescindir del poder, claro está, salvo en las hermosas utopías de los anarquistas. Pero sí se puede frenarlo y contrapesarlo para que no se exceda, usurpe funciones que no le competen y arrolle al individuo, ese personaje al que los liberales consideramos la piedra miliar de la sociedad y cuyos derechos deben ser respetados y garantizados porque, si ellos se ven vulnerados, inevitablemente se desencadena una serie multiplicada y creciente de abusos que, como las ondas concéntricas, arrasan con la idea misma de la justicia social.
El colectivismo, inevitable en los primeros tiempos de la historia, cuando el individuo era sólo una parte de la tribu, que dependía del todo social para sobrevivir, fue declinando a medida que el progreso material e intelectual permitían al hombre dominar la naturaleza, vencer el miedo al trueno, a la fiera, a lo desconocido, y al otro, al que tenía otro color de piel, otra lengua y otras costumbres. En cada época, esa tara atávica, el colectivismo, asoma su horrible cara y amenaza con destruir la civilización y retrocedernos a la barbarie. Ayer se llamó fascismo y comunismo, hoy se llama nacionalismo y fundamentalismo religioso. 

Aunque la palabra “liberal” sigue siendo todavía una mala palabra de la que todo latinoamericano políticamente correcto tiene la obligación de abominar, lo cierto es que, de un tiempo a esta parte, ideas y actitudes básicamente liberales han comenzado también a contaminar tanto a la derecha como a la izquierda en el continente de las ilusiones perdidas. Y hay casos interesantes y alentadores, como el de Lula quien, antes de ser elegido presidente, predicaba una doctrina populista, el nacionalismo económico y la hostilidad tradicional de la izquierda hacia el mercado y es, ahora, un practicante de la disciplina fiscal, un promotor de las inversiones extranjeras, de la empresa privada y de la globalización. Son síntomas positivos de una cierta modernización de una izquierda que, sin reconocerlo, va admitiendo que el camino del progreso económico y de la justicia social pasa por la democracia y por el mercado, como hemos sostenido los liberales siempre, predicando en el vacío durante tanto tiempo. 
Si en los hechos, la izquierda latinoamericana comienza a hacer en la práctica una política liberal, aunque la disfrace con una retórica que la niega, en buena hora: es un paso adelante y significa que hay esperanzas de que América latina deje por fin atrás el lastre del subdesarrollo y de las dictaduras. Es un progreso, como lo es la aparición de una derecha civilizada que ya no piense que la solución de los problemas está en tocar las puertas de los cuarteles, sino en aceptar el sufragio, las instituciones democráticas y hacerlas funcionar. Otro síntoma positivo, en el panorama tan cargado de sombras de la América latina de nuestros días es el hecho de que el viejo sentimiento antinorteamericano que alentaba en el continente ha disminuido considerablemente. El liberal que les habla se ha visto con frecuencia en los últimos años enfrascado en polémicas, defendiendo una imagen real de los Estados Unidos que la pasión y los prejuicios políticos deforman a veces hasta la caricatura. El problema que tenemos quienes intentamos combatir estos estereotipos es que ningún país produce tantos materiales artísticos e intelectuales antiestadounidenses como el propio Estados Unidos -el país natal, no lo olvidemos, de Michael Moore, Oliver Stone y Noam Chomsky-, al extremo de que a veces uno se pregunta si el antinorteamericanismo no será uno de esos astutos productos de exportación, manufacturados por la CIA, de que el imperialismo se vale para tener ideológicamente manipuladas a las muchedumbres tercermundistas. Antes, el antiamericanismo era popular sobre todo en América latina, pero ahora ocurre más en ciertos países europeos, sobre todo aquellos que se aferran a un pasado que se fue, y se resisten a aceptar la globalización y la interdependencia de las naciones en un mundo en el que las fronteras, antes sólidas e inexpugnables, se van volviendo porosas y desvaneciendo poco a poco. Desde luego, no todo lo que ocurre en Estados Unidos me gusta, ni mucho menos. Por ejemplo, lamento que todavía haya muchos estados donde se aplica esa aberración que es la pena de muerte y un buen número de cosas más, como que, en la lucha contra las drogas, se privilegie la represión sobre la persuasión, pese a las lecciones de la llamada ley seca (The Prohibition). Pero, hechas las sumas y las restas, creo que, entre las democracias del mundo, la de Estados Unidos es la más abierta y funcional, la que tiene mayor capacidad autocrítica y la que, por eso mismo, se renueva y actualiza más rápido en función de los desafíos y las necesidades de la cambiante circunstancia histórica. Es una democracia en la que yo admiro sobre todo aquello que el profesor Samuel Huntington teme: esa formidable mezcolanza de razas, culturas, tradiciones, costumbres, que aquí consiguen convivir sin entrematarse, gracias a esa igualdad ante la ley y a la flexibilidad del sistema para dar cabida en su seno a la diversidad, dentro del denominador común del respeto a la ley y a los otros. 
Esto es algo de lo que puedo testimoniar casi en primera persona. Mis padres, cuando ya habían dejado de ser jóvenes, fueron dos de esos millones de latinoamericanos que, buscando las oportunidades que no les ofrecía su país, emigraron a los Estados Unidos. Durante cerca de veinticinco años vivieron en Los Angeles, ganándose la vida con sus manos, algo que no habían tenido que hacer nunca en Perú. Mi madre trabajó muchos años como obrera, en una fábrica textil llena de mexicanos y centroamericanos, entre los que hizo excelentes  amigos. Cuando mi padre falleció, creí que ella volvería a Perú, como yo se lo pedía. Pero, por el contrario, decidió quedarse en Norteamérica, viviendo sola e incluso pidió y obtuvo la nacionalidad estadounidense, algo que mi padre nunca quiso hacer. Más tarde, cuando ya los achaques de la vejez la hicieron retornar a su tierra natal, siempre recordó con orgullo y gratitud a Estados Unidos, su segunda patria. Para ella nunca hubo incompatibilidad alguna, ni el menor conflicto de lealtades, entre sentirse peruana y norteamericana.

Quizás este recuerdo sea algo más que una evocación filial. Quizás podamos ver en este ejemplo un anticipo del futuro. Soñemos, como hacen los novelistas: un mundo desembarazado de fanáticos, terroristas, dictadores; un mundo de culturas, razas, credos y tradiciones diferentes, coexistiendo en paz gracias a la cultura de la libertad, en el que las fronteras hayan dejado de serlo y se hayan vuelto puentes, que los hombres y mujeres puedan cruzar y descruzar en pos de sus anhelos y sin más obstáculos que su soberana voluntad. Entonces, casi no será necesario hablar de libertad porque
ésta será el aire que respiremos y porque todos seremos verdaderamente libres. El ideal de Ludwig von Mises, una cultura planetaria signada por el respeto a la ley y a los derechos humanos se habrá hecho realidad. 
Este texto es una síntesis del discurso que pronunció Mario Vargas Llosa al recibir el premio Irving Kristol que otorga el American Enterprise Institute a las personas que contribuyen a defender la democracia en el mundo.

jueves, 28 de abril de 2011

Vendemos nuestra libertad

La semana pasada estuve en la reunión regional de la Mont Pelerin Society en Buenos Aires. Fundada en 1947 por 36 académicos convocados por Friedrich von Hayek, esta sociedad tiene el propósito de discutir el futuro del liberalismo. El tema de la reunión era “El reto populista a la libertad en América Latina”. Un estudio presentado ahí explica mucho de lo que está pasando en nuestro país y en la región. Por ejemplo, ¿por qué, durante 2003-2009, Argentina y Venezuela han crecido a tasas saludables (promedio de 7,4% y 5,7%, respectivamente) si supuestamente tienen políticas públicas desastrosas? ¿Por qué han venido creciendo igual o más que Chile y Uruguay (4% y 5,14%, respectivamente) si estos supuestamente tienen las políticas públicas deseables?


Manuel Hinds, ex Ministro de Finanzas de El Salvador, explicó2 que el crecimiento saludable de América Latina durante los últimos años se debe, en gran medida, a la bonanza de los productos primarios o commodities. Hinds señala que esto ha sucedido a lo largo de la historia de Latinoamérica. Durante la Revolución Industrial vendió productos primarios a los países europeos que se estaban industrializando. Hoy está vendiendo productos primarios a los países que se están integrando al nuevo mundo globalizado, China e India.

Uno podría concluir, de los datos del primer párrafo, que las políticas populistas también pueden rendir buenos resultados o que en realidad no importan las políticas públicas que uno tenga siempre y cuando haya buenas condiciones externas. El problema con esto es que luego empezamos a creer que la “buena suerte” durará indefinidamente.

Pero la historia reciente de Latinoamérica muestra que el colapso económico llega, tarde o temprano. Hinds compara el periodo de la bonanza actual con aquel de los setentas y advierte que la región podría experimentar en el futuro un estancamiento, como el de la década perdida de los ochentas. Él explica que la bonanza de los commodities, tanto en los setentas como en los 2000, se debe en gran medida a la política monetaria expansiva de la Reserva Federal (Fed) de EE.UU. En cambio, la caída de los precios de los commodities durante los ochentas, se debió a una política monetaria restrictiva de la Fed.

Son dos las conclusiones de tremenda relevancia para el futuro de Latinoamérica. Primero, que bajo los dos escenarios posibles (la economía estadounidense no se recupera decisivamente o si se recupera decisivamente) se espera que la Fed suba las tasas de interés, el precio de los productos primarios colapse y los capitales invertidos a corto plazo en América Latina regresen a EE.UU. “generando grandes salidas de capital en la región, devaluaciones, crisis, etc.”


Segundo, que los latinoamericanos parecemos “vender nuestra libertad” a cambio de comodidad material. Parecemos sacrificar nuestra libertad (económica y política), respaldando líderes populistas con escaso respeto a los límites a su mandato, cuando los precios de los commodities están altos. Luego cuando llega el colapso, y los ajustes se vuelven inevitables, parecemos recuperar un aprecio por la libertad. He ahí la verdadera crisis: la de principios. En nuestra región no prevalece una adhesión incondicional a la libertad y a los derechos individuales, y ese sería el mejor antídoto al populismo y al autoritarismo y la mejor receta para la prosperidad a largo plazo.


por Gabriela Calderón de Burgos, editora de ElCato.org, investigadora del Cato Institute y columnista de El Universo (Ecuador).
Este artículo fue publicado originalmente en El Universo (Ecuador) el 27 de abril de 2011.


Referencias:
1. The World Development Indicators. Crecimiento anual del PIB entre 1970 y 2009. Promedios calculados por autora.
2. Hinds, Manuel. “Sysyphus Damnation: Development and the Idea of Freedom in Latin America”. 19 de abril de 2011. Estudio presentado en la reunión regional de la Mont Pelerin Society en Buenos Aires (17-20 de abril de 2011). Todos los datos de aquí en adelante se basan en esta fuente.


martes, 26 de abril de 2011

Argentina: Kirchner copia el modelo de Perón

La presidenta argentina Cristina Kirchner aún no ha anunciado su candidatura a las elecciones presidenciales de octubre, pero su gobierno y su partido —la rama kirchnerista del peronismo— ya están en plena campaña.

En las últimas semanas, la presidenta dio otro enérgico paso hacia la consolidación de su poder económico al intentar obligar a empresas que cotizan en bolsa a darle al gobierno asientos en sus directorios. Además, el Estado abrió la billetera a pesar de los alarmantes datos sobre la inflación. La prensa sigue estando, como desde hace un tiempo, bajo la presión del gobierno y de sus aliados sindicales organizados para autocensurarse.

Se trata, entonces, de otro momento de preocupación para esta otrora próspera república. De algún modo, la sociedad civil y parte de las instituciones gubernamentales cruciales para la democracia han sobrevivido a ocho años de demagogia de los Kirchner y su progresivo autoritarismo. Pero pocos observadores aquí confían en que el vapuleado pluralismo político del país, que ahora pende de un hilo, pueda soportar otros cuatro años de kirchnerismo.

Una escuela de pensamiento sostiene que puesto que los Kirchner (la presidenta y su fallecido esposo, Néstor, quien fue presidente antes que ella) han convertido a Argentina en una bomba de tiempo económica, ella debería seguir al frente durante los próximos cuatro años. Sus políticas generan una tasa anual de inflación que los economistas privados estiman en alrededor de entre 25% y 30%. El sesgo antiempresarial del gobierno y la inseguridad judicial han dañado los flujos de inversión, y la escasez de energía está en aumento. Cuando todo esto estalle, si hay justicia, la culpa de los problemas debería caer sobre la presidenta.

Sin embargo, darle otro mandato a Kirchner conlleva grandes peligros. Considerando su codicia por el poder, es probable que continúe copiando a su mentor venezolano Hugo Chávez, quien durante 12 años ha demolido con gran constancia los mecanismos económicos, políticos y legales que habitualmente funcionan como los pesos y contrapesos del poder ejecutivo. Para 2015, Kirchner podría tener al país prisionero.

Considere el más reciente asalto a la libre empresa, que comenzó en 2008, cuando anunció la confiscación y nacionalización de cuentas de pensiones privadas. Esto convirtió al gobierno en accionista de 42 empresas que cotizan en bolsa en las que habían invertido los administradores de pensiones. El 14 de abril de este año, Kirchner emitió un decreto que le daba al gobierno mayor poder para nombrar a los miembros de la junta directiva en estas empresas.

La siderúrgica Siderar, donde el gobierno ahora posee un 26%, se está resistiendo. Durante una reciente reunión de accionistas la junta directiva anunció un dividendo y rechazó el pedido de un cupo en el directorio por parte del gobierno. El regulador de valores, una entidad estatal, anuló la reunión. Siderar acudió a los tribunales para desafiar la decisión del regulador y el gobierno presentó una contra demanda.

Aquí no hay ningún misterio. Kirchner sigue las teorías económicas no sólo de Chávez sino también de Juan Perón, el fascista argentino del siglo XX que le dio su nombre al partido. La presidenta quiere que el control estatal sobre la industria apuntale su poder.

Eso encajaría bien con su dominio de lo que en su momento fue un banco central independiente. Desde el año pasado, la entidad ha transferido más de US$16.000 millones a las arcas presidenciales a cambio de bonos gubernamentales. Sin embargo, el gobierno generó de todos modos un déficit fiscal de US$1.300 millones en marzo, lo que implica que sin importar cuánto dinero cae en sus manos, nunca es suficiente.

Es más, a fines de febrero la oferta de dinero argentina registró un alza de 28,6% frente a igual mes del año anterior. Y en los últimos meses analistas independientes que publican cifras de inflación que no concuerdan con la estimación oficial (que bordea el 10%) han sido multados.

Este cuadro de inflación, represión y control estatal de la economía es muy familiar para los estudiosos del pasado de Argentina. Y es el motivo por el que la oposición, a pesar de sus numerosas diferencias, está volcada a un esfuerzo por unirse. La reelección de Kirchner, si decide presentarse, es probable pero no está en ningún caso garantizada si hay sólo un candidato opositor.

Sin embargo, cualquier acuerdo de ese tipo aún parece muy lejano. Las esperanzas de una alianza entre los peronistas federales (que se oponen a los peronistas kirchneristas) y el alcalde de centro-derecha de Buenos Aires, Mauricio Macri, se desvanecieron la semana pasada luego de que una primaria de los peronistas federales tuviera una convocatoria muy baja y fuera empañada por acusaciones de fraude.

Ahora crece la especulación de que Macri podría, en cambio, optar por un segundo mandato como alcalde este año y conservar sus posibilidades para las elecciones presidenciales de 2015. Eso dejaría a Ricardo Alfonsín, del Partido Radical de centro-izquierda, e hijo de un ex presidente, como el contendiente más probable de Kirchner.

La mayoría de la centro-derecha tendría que hacer un gran esfuerzo para votar por Alfonsín. Sin embargo si se posiciona levemente a la derecha, y consigue el respaldo de Francisco de Narváez, un popular representante del peronismo federal, obligaría a Kirchner a ir a una segunda vuelta. En ese caso, sus probabilidades de seguir al mando del país serían mucho más bajas. Para muchos argentinos eso sería un compromiso que bien valdría la pena.

por Mary Anastasia O'Grady, editora de la columna de las Américas del Wall Street Journal.
Este artículo fue publicado originalmente en The Wall Street Journal (EE.UU.) el 25 de abril de 2011.

sábado, 9 de abril de 2011

Solo el libre mercado puede salvar el país

Mientras los esfuerzos del Gobierno en su lucha contra el desempleo solo ha servido para eliminar 42.000 puestos de trabajo el mes pasado (1.400 de nuevos desempleados al día, fines de semana incluidos) la multinacional de comida McDonald's anunció que contrataría 50.000 personas en un solo día aumentando su plantilla en un 7%.



¿De qué han servido los estímulos monetarios, los planes E de turno, rescates bancarios, los Planes Renove y esos inventos infantiles del Gobierno y organismos supranacionales? Para muchos, la intervención del Estado es como la lotería. La mayoría de las personas juegan sabiendo que no les tocará pero consideran que el coste (precio del boleto) es insignificante con la recompensa del beneficio (el premio principal). En el mundo de la intervención, el ciudadano sigue la misma lógica: se deja llevar por la propaganda del hedonismo y soluciones fáciles para reclamar más intervención, porque consideran que es gratis y que, si les toca "la ayuda", el beneficio es enorme: pisos gratis, subvenciones, becas... La vida real nos enseña que dar algo que la sociedad valora por nada crea serios desajustes. Si una cosa es gratis, es que no vale nada.


La regulación e intervención son un fraude al esconder el coste social y económico de los bienes y servicios. Se traduce en altos impuestos, deuda del Estado (más impuestos en el futuro), una sociedad hedonista y la limitación de las opciones y el progreso humano. En muchas ocasiones, además, el soporte a la intervención estatal se debe al egotismo y envidia socialista. Es el caso de la limitación a los altos sueldos. Si alguien gana dinero legalmente y sin necesidad de recurrir a ayudas públicas, ¿por qué limitarlo? Porque el socialismo odia la meritocracia, el esfuerzo personal y la superación individual. Todo el que se niega a ser un borrego conformista es enemigo del socialismo.


Después, aquellos que piden más intervención se sorprenden de que las ayudas las reciban los bancos, los inmóviles sindicatos, la patronal y organizaciones de las que nadie ha oído hablar. El Estado no crea riqueza, distribuye las rentas según sus intereses creando pérdidas netas totales. Eso es el Estado del Bienestar.

La conclusión es evidente para cualquier ser racional. Si los bancos centrales han creado la crisis con su sobreoferta de dinero en el mercado y los Gobiernos la han perpetuado con sus ayudas y compra de votos e intereses, es que tienen un poder demasiado relevante en la sociedad.


Mire a McDonald's. Crea trabajo sin necesidad de cobrar impuestos. Crea riqueza con el consentimiento del consumidor y la sociedad. Las empresas dependen de nosotros, no como los políticos ni las grandes compañías que están blindadas por las actuales leyes corporativistas y proteccionistas. Bajemos del pedestal a las grandes empresas blindadas como la banca, sector del automóvil, sanidad, educación, comunicaciones o energía. Libre competencia para todas. Que se peleen y se maten en el mercado para conseguir nuestro plebiscito sin una sola ayuda del Estado. Pasaremos de una economía estática dictada por los intereses del Gobierno a una dinámica gestionada por el ciudadano. Menos impuestos y regulación significan más empleo, mayor productividad, mayor capitalización del trabajador y por lo tanto, mayores sueldos.


Da igual el nombre del inútil que vaya a gobernar el año que viene, pero que tenga claro que mientras la economía no sea libre, este país, con todos nosotros, estará destinado a la pobreza y miseria perpetua.
Jorge Valín - Libertad Digital