jueves, 5 de marzo de 2009

Aristocracia y democracia

De las alternativas semánticas sufridas en el transcurso del tiempo, estos vocablos parecieron tener significados opuestos. La participación de todos en la cosa pública fue denominada democracia (aunque como forma de gobierno el nombre correcto era república), y como tal se enfrentaba a la participación de sólo unos pocos, lo que se denominaba aristocracia y, también, oligarquía, términos éstos que se usan indistintamente, lo cual tampoco es correcto.

La democracia –en el lenguaje ligero y convencional– suele resultar así lo contrario de la aristocracia. Pero esto reclama una mayor atención, pues detrás de una falsificación semántica se esconde siempre una falsificación conceptual y entran en juego principios fundamentales.

Si por aristocracia entendiéramos una clase social que por su linaje está investida de numerosos privilegios, entre ellos el de gobernar, siendo estos privilegios hereditarios e inalterables cualquiera sean los verdaderos valores éticos o la efectiva capacidad para hacerlo, es cierto que la democracia (y la república) constituyen lo contrario de aquel sistema. Y en buena hora. Pero resulta que aristocracia significa también y fundamentalmente el “gobierno de los mejores” (aristos es, en griego, el mejor), y en tal sentido democracia no tenía por qué oponerse a aristocracia, al menos que se deseara algo que no debería desearse, esto es, el gobierno de los peores. Sin embargo, la incuria del lenguaje, que nos hace decir a veces lo que no queremos decir, nos ha llevado con mucha frecuencia a asociar aristocracia con oligarquía, que no es el gobierno de los mejores sino de unos pocos (y según su sentido tradicional, el gobierno “egoísta” de esos pocos), y a enfrentar democracia a aristocracia, en el elevado significado de este término.

Y como el lenguaje nos condiciona y aun nos determina –como dirían los estructuralistas, “yo no hablo, soy hablado”– en no pocas conciencias democracia pasó a significar o a implicar la mediocridad, la medianía (la llamada mediocracia), o directamente la posibilidad de acceso al poder de los menos aptos, de los inferiores, aun de los incapaces y de los peores.
Hay casos en que ya no se trata de aristocracia ni de democracia sino abiertamente de kakistocracia (1).

En nuestros días todos se autodenominan democráticos y casi no hay quien se diga aristocrático; este término puede sonar casi a un insulto. Y esto es muy grave. Porque al socaire de los términos mal empleados, se ha ido perdiendo el sentido de lo mejor, desplazado paulatinamente por el conformismo ante el mediocre y aun, de hecho, por la aceptación de lo peor. Y lo más triste es que eso se haga en nombre de la democracia.

La democracia (preferentemente en su verdadero significado de forma de vida, pero aun también en el sentido de forma de gobierno) sólo puede funcionar efectivamente y realizar los elevados pronósticos que le atribuimos los que nos llamamos democráticos, si no se opone a la aristocracia, sino que se complementa y se impregna de ella. Por ser democráticos, ¿habríamos de no aspirar al gobierno de los mejores? En nombre de la democracia, ¿habríamos de aplaudir al gobierno de los peores?

Y adviértase una cosa. Que esto del gobierno de los peores no son meras palabras. Hay casos en la historia en que diversas circunstancias hacen posible la toma del poder a quienes rigurosamente son los peores, por sus turbios antecedentes, por su frágil moral, por su ausente capacidad y otros rasgos afines.

El ideal aristocrático está presente en la mejor tradición occidental. Aun ya en la epopeya homérica el concepto de areté (de la misma raíz que áristos) es el atributo propio e indeclinable de la nobleza. Areté es el valor, el talento, el honor, la virtud, la capacidad, el señorío. En los filósofos clásicos y en los tiempos medios siempre se afirma la necesidad del “gobierno de los mejores”, aunque nunca fue fácil lograr la fórmula para realizarlo. Y aun Rousseau, inteligentemente, señala como la mejor forma de gobierno no la democracia (que él entiende en el sentido de ejercicio directo de poder por la multitud) sino la aristocracia electiva, convencido de que del sufragio surgirían los mejores, aunque reconoce que el procedimiento puede fallar. Pero lo que nos interesa destacar aquí es que un hombre del siglo XVIII, un vocero de la revolución, un antimonárquico y un antiaristocrático (en el sentido de aristocracia clasista y hereditaria) haya insistido en el término aristocracia para designar la forma ideal de gobierno.

En nuestro siglo tenemos el caso, no ya de un pensador sino de un político activo, que constituye un verdadero modelo de lo que queremos decir. Se trata de Winston Churchill, el mayor de los aristócratas. Su sentido democrático fue realmente excepcional. Nadie defendió con tanta lucidez y decisión la democracia como forma de gobierno y como forma de vida. A nadie le debe tanto la democracia. Hasta tuvo el gesto de no aceptar (cosa que no hicieron sus colegas, incluso laboristas) como premio un título de nobleza, conformándose con el de sir, porque de lo contrario no hubiera podido seguir asistiendo a la Cámara de los Comunes, su templo, su trinchera. El era antes que nada un child of the House of Commons, como tantas veces se autocalificara en sus brillantes discursos. Sin embargo, nunca dejó de ser un lord, ya que lo era por su linaje, un señor del espíritu, en sus gestos, en sus palabras, en sus hábitos y en su talento, cabal personificación de la vieja areté homérica y caballeresca.

Peligrosa tendencia de nuestro tiempo de mediocrizar, de igualar por lo más bajo, de apartar a los mejores, de aplaudir a los peores, de seguir la línea del menor esfuerzo, de sustituir la calidad por la cantidad. La verdadera democracia nada tiene que ver con esas módicas aspiraciones. No puede ser proceso hacia abajo, mera gravitación, sino esfuerzo hacia arriba, ideal de perfección. Y esto vale tanto para la conciencia individual como para la conciencia colectiva, que se interaccionan. Decía muy bien Platón que “la calidad de la polis no depende de las encinas ni de las rocas, sino de la condición de cada uno de los ciudadanos que la integran”.

El cristianismo y el liberalismo, cada uno en su momento, fueron grandes promotores sociales, pues quebraron estructuras excesivamente rígidas e hicieron que los de abajo pudieran llegar arriba. En tal sentido fueron dos grandes procesos democráticos. Pero ninguno de sus teóricos abogó por la mediocridad ni renunció al “gobierno de los mejores”. Sólo el populismo actual, que no es democrático sino totalitario, adjura del ideal aristocrático y entroniza a los inferiores.
Qué lástima.

(1) Kakistoi: los peores. Es decir entonces, “gobierno de los peores”. Pensamos que sería ilustrativo la divulgación de este vocablo, dadas las circunstancias que atravesamos.

Por Por Jorge Luis García Venturini
29 de diciembre de 1974 - La Prensa

martes, 3 de marzo de 2009

Carta a la Comisión de Derechos Humanos del Parlatino

Ciudad de la Habana, Cuba
2 de Marzo del año 2009

Sr. Senador Carlos Alberto Rossi
Miembro de la Comisión de Derechos HumanosParlamento Latinoamericano

Distinguido Sr. Senador:

Me dirijo a usted, en su condición de Miembro de la Comisión de Derechos Humanos del Parlamento Latinoamericano, con dos objetivos fundamentales:

PRIMERO:
Es perfectamente conocido que en Cuba, mi Patria, el gobierno implantado en el poder desde hace medio siglo, muestra un lamentable expediente en materia de derechos humanos, a pesar de las informaciones tergiversadas y manipuladas, y de la profusión de mensajes propagandísticos, que con el propósito de confundir, utilizan este gobierno y sus insensibles aliados internacionales. Como primer objetivo de la presente carta, a continuación le expongo concretamente, tres censurables realidades, que sin lugar a dudas, constituyen violaciones sistemáticas e institucionalizadas, de elementales derechos humanos y familiares.

1.- Cual esclavos contemporáneos, los cubanos, sin excepción, no solamente necesitamos de permisos estatales para entrar y salir de nuestro país, sino que además, estos permisos se otorgan arbitrariamente, se demoran y se niegan; y estamos incluso obligados a pagar tales autorizaciones de viaje, a un precio elevado en moneda convertible.

Mi familia ha sido y es víctima de esta arbitraria disposición. Desde el año 1994, las autoridades de la isla me han prohibido viajar al exterior, por lo que he permanecido casi 15 años sin poder abrazar a mi único hijo y su esposa, residentes en la Argentina; y no conozco a mis dos nietos, los que en el presente 2009, cumplirán 14 y 8 años respectivamente. En el año 2006, el gobierno, despiadadamente y sin explicaciones, negó a mi madre el permiso requerido para visitar a nuestra familia en la Argentina. A pesar de que se trataba de una anciana de 88 años de edad en aquel momento, gravemente enferma, postrada en un sillón de ruedas, sin nexos con el proceso político imperante en nuestra nación, y en peligro de morir aquí implorando que le permitieran reunirse con sus seres queridos, ella fue retenida por la fuerza durante dos años en Cuba, hasta que después de múltiples gestiones, en mayo del pasado 2008, el gobierno del General Raúl Castro, le otorgó el esperado permiso.

La situación de mi familia no constituye una excepción en la Cuba post-1959. Actualmente, un número no determinado pero elevado de familias inocentes, sufren la injusta separación de padres e hijos, abuelos y nietos, hermanos, esposos, y otros familiares en general, pues se le niega el permiso gubernamental de salida o entrada, a alguno de sus miembros. Y estos compatriotas padecen y lloran en silencio su dolor, porque están dominados por un miedo paralizante, que les impide reclamar el respeto a sus derechos más elementales.

Al arrogarse la potestad de permitir o no, que los nacidos en esta tierra salgamos de nuestra propia Patria y regresemos a ella, el gobierno cubano no respeta la libertad de circulación definida en el artículo 13 de la Declaración Universal de Derechos Humanos; y por tanto incurre en una flagrante violación de los derechos humanos y familiares; y en una grave injerencia en la vida privada y familiar de los ciudadanos de este país.

2.- Los cubanos sólo contamos, para algo tan importante como es la instrucción de nuestros hijos y nietos, con el estatal Sistema Nacional de Educación. Los programas de estudio de este Sistema, totalmente politizados, están orientados al adoctrinamiento de los educando, en base a los postulados marxista-leninista, y según los intereses gubernamentales. Al no existir en Cuba otras opciones de estudio, los padres y las familias en general, hemos sido despojados del sagrado derecho a decidir los principios en los que deseamos educar a nuestros descendientes.

3.- Los cubanos carecemos en el país, de órganos permanentes e independientes del gobierno, ante los que podamos presentar las denuncias relacionadas con las violaciones de nuestros derechos.

SEGUNDO:
Como segundo objetivo de esta misiva, dirijo respetuosamente a usted, dos solicitudes:

a) Teniendo en cuenta, que sobre este importante tema existen discrepancias insalvables entre lo que las autoridades cubanas aseguran, y lo que múltiples personas y organizaciones afirmamos, les ruego soliciten al gobierno de mi país, la posibilidad de que personalidades prestigiosas, imparciales, y realmente comprometidas con la defensa de los derechos humanos, viajen a Cuba; y con absoluta libertad, sin restricciones, manipulaciones, ni coacciones, comprueben in situ, la verdadera realidad al respecto.

b) Les pido, como organización comprometida con la causa de los derechos humanos, que soliciten al gobierno cubano, el estricto cumplimiento de los compromisos que ha contraído con el Parlamento Latinoamericano, con las Cumbres Iberoamericanas; y como país signatario de la Declaración Universal de Derechos Humanos, del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, y de la Convención para los Derechos del Niño, en aras de que cesen en nuestra Patria, los actos institucionalizados que implican abuso de poder, que atentan contra la dignidad humana, y que conculcan derechos básicos personales y familiares.

Muchas gracias por su atención.
Que Dios los bendiga.
Dra. Hilda Molina

jueves, 12 de febrero de 2009

Empleo e inflación

En los últimos meses, con el aguzamiento de la crisis económica, se están rescatando sugerencias que hacía varias décadas que se encontraban enterradas. No resulta extraño encontrar cómo existen periodistas y políticos que piden a los bancos centrales que relajen su rigor monetario para así elevar el consumo, incrementando la inflación, lo que redundaría en una disminución de la tasa de desempleo. Dicho de otra manera, se estaría intentando rescatar la idea subyacente en la denominada curva de Phillips.

Durante muchos años se había creído que la abundancia de dinero estimulaba el consumo de los ciudadanos de un país, lo que a su vez aumentaba las necesidades tanto de inversión como laborales del mismo, a fin de dar respuesta a dicho aumento de la demanda. Es decir, que existía una relación inversa entre tasa de desempleo e inflación.

Si todo fuese tan simple y la solución al desempleo tan sencilla, resulta extraño que a los gobiernos no se les haya ocurrido elevar fuertemente la cantidad de billetes en circulación en el mercado, eliminando así la tragedia del desempleo. La razón por la que no lo han hecho es que en los años 70 se pudo comprobar cómo esta relación no era cierta, al surgir un fenómeno que según la curva de Phillips era impensable: la estanflación.

En esos años la inflación fue elevada sin que la tasa de desempleo descendiese. Hoy en día esta situación es especialmente dramática en Zimbabwe, con una tasa de inflación estimada del 165.000% y una tasa de desempleo del 94%, siendo la constatación más palpable de que la relación descrita por la curva no puede ser cierta.

Para entender la relación entre empleo e inflación hay que primero comprender el funcionamiento de una empresa. Ésta proporciona a los consumidores los bienes que demandan al precio que exigen. Al consumidor le resultan indiferentes los costes en que incurra la empresa a la hora de obtener un producto, ya que tiene una idea mental de cuál es el valor máximo que tiene ese bien, sin que en dicho cálculo entren a formar parte los balances y las cuentas de pérdidas y ganancias del oferente. Es, por tanto, el productor quien debe ajustar sus costes al precio máximo que el consumidor está dispuesto a pagar, o de lo contrario quebrará.

El precio máximo que se podrá pagar al trabajador será el importe cobrado por la producción menos el resto de costes en que incurra la empresa. Por encima de dicho precio la empresa quebrará. Para aumentar la retribución sería necesario que la productividad aumentase, lo que es posible mediante la realización de nuevas inversiones (en maquinaria, formación, etc.).
Si aumentase la cantidad de dinero en circulación en el entorno de dicha empresa, al principio, recibiría un mayor número de pedidos al haberse incrementado la renta de sus potenciales compradores y a un mayor precio. Esto le podría llevar a necesitar un mayor número de trabajadores. A priori parecería que todos son ventajas para empresa y trabajadores. Sin embargo al aumentar el dinero en circulación y envilecerse la moneda, los trabajadores de la empresa se estarían empobreciendo de dos formas. De un lado el salario que reciben, aunque nominalmente sea el mismo, les sirve para adquirir menos bienes, al haberse depreciado la moneda. Por otro lado, los ahorros de los trabajadores han sufrido una merma, al padecer también el mismo proceso de envilecimiento.

Esta situación de empobrecimiento por parte de los trabajadores les llevaría a solicitar subidas de salario que anulen los efectos perjudiciales de la inflación. Si fuesen atendidas, puesto que su salario no podría ser mayor a su productividad marginal, el anterior aumento de plantilla no podría producirse, por lo que en un segundo momento bajaría el número de trabajadores contratados por la empresa. No obstante aunque se hubiesen recuperado los trabajadores del envilecimiento de su salario, no sucedería lo mismo con sus ahorros, que se habrían depreciado. Y el aumento inicial de empleo habría desaparecido.

Otro efecto perjudicial, de esta política de abundancia del dinero barato, es la dificultad existente para evaluar la rentabilidad de los proyectos de inversión. Así, una empresa animada por el aumento de la demanda inicial, que se produce por la abundancia de dinero barato, podría evaluar la rentabilidad de un proyecto de inversión y acometerlo. No obstante, esta demanda adicional, pasada la euforia inicial, desaparece, tan pronto los consumidores se adaptan al escenario inflacionista, con lo que la empresa se encuentra con el coste de dicha inversión sin una demanda que la respalde. Por tanto dichos costes adicionales reducen la cantidad máxima que la empresa puede pagar a sus trabajadores sin incurrir en quiebra.

Por tanto, un aumento de inflación únicamente puede traer consigo un aumento inicial de empleo empobreciendo salarios y ahorros. Conforme avance el tiempo, las malas inversiones que ha provocado la abundancia de dinero barato y la consiguiente inflación, traerá un escenario de quiebras y crisis que provocará el efecto contrario, es decir, aumentando el desempleo.

La mejor protección que pueden recibir los trabajadores es la confianza en el valor de su moneda, algo que no puede producirse si ésta se envilece y pierde valor. Esta seguridad servirá como base para el ahorro que a su vez incrementará la acumulación de capital necesaria para que aumente por un lado la productividad, y en consecuencia los futuros salarios de los trabajadores y, por otro, el empleo.

Juan José Mora Villalón

lunes, 26 de enero de 2009

¿Por qué Estados Unidos es rico y América Latina pobre?

Por qué algunos países se desarrollan y otros no? Para el caso de América, algunos creen que las causas deben buscarse en el proceso de colonización...A raíz de una entrada, y la consiguiente y apasionante discusión de los blogueros, que realicé el 5 de febrero en el blog http://economy.blogs.ie.edu titulada "¿Se puede culpar a España de los problemas de Hispanoamérica?" algunos alumnos del IE Business School, manifestaron su disconformidad sobre las causas del atraso latinoamericano.

Se sintieron heridos en su sensibilidad. España, según un artículo de Gonzalo Anes realizado en el Banco de España con motivo de la entrega de la última edición del PREMIO DE ECONOMÍA REY JUAN CARLOS, que citaba y recogía en mi post, no tenía la culpa del atraso. La culpa del atraso endémico, histórico y actual de América Latina con respecto a los Estados Unidos era de los que se independizaron que no consiguieron obtener regímenes parlamentarios estables.Según Anes, en la América Latina independiente no se respetaron preceptos constitucionales que, como en Estados Unidos, asegurasen el respeto a la propiedad privada y tampoco consiguieron establecer una justicia independiente que garantizara el cumplimiento de los contratos.La tesis de Anes es muy diferente a la de Douglass C. North (Premio Nobel de Economía 1993 con R.W. Fogel).

Para North, América del Norte fue colonizada por colonos británicos, que llevaron consigo la estructura de los derechos de propiedad y la Primera Revolución Industrial que se había desarrollado por aquel tiempo en Gran Bretaña.Dado que los británicos no consideraban a las colonias de América del Norte como importantes para su propio desarrollo, les permitieron una gran libertad en sus gobiernos. Así, en un contexto de relativa libertad política y económica, con recursos casi infinitos y buenas instituciones, el resultado fue la gradual evolución de una sociedad libre en las décadas que siguieron a la independencia.Para North, Latinoamérica, por el contrario, fue colonizada por españoles (y portugueses) para explotar el oro, la plata y otras riquezas. La estructura institucional resultante fue el monopolio y el control político por parte de Madrid (y Lisboa).La independencia de los países de América Latina, en el siglo XIX, condujo a seguir el ejemplo de los Estados Unidos y las constituciones de los países latinoamericanos fueron escritas con ese objetivo.

Los resultados, sin embargo, fueron radicalmente diferentes. América Latina, sin una herencia de gobiernos relativamente libres (políticos y económicos), tuvo como resultado medio siglo de guerras civiles que intentaron llenar el vacío dejado por los gobiernos ibéricos (España y Portugal). Otra reciente discusión que hemos tenido en el foro se tituló "¿Por qué hay países que son pobres y otros que son ricos? ¿Qué son las instituciones?" Allí, se concluía que los países ricos son ricos porque cuentan con instituciones sólidas y creíbles mientras que la valoración de las instituciones para muchos de los países más pobres del mundo es negativa. Pues bien, la creación de instituciones económicas y políticas dominadas por los españoles y portugueses que fueron al Nuevo Mundo también fue lo que llevó a la inestabilidad política y a los monopolios económicos que todavía persisten en gran parte del continente hoy en día, con consecuencias adversas para un crecimiento económico dinámico.

Por tanto para North, al contrario que para Gonzalo Anes, la culpa de que América Latina esté mal es de España y Portugal. No sé si a mis estudiantes latinoamericanos les habrá gustado más este post que el otro "¿Se puede culpar a España de los problemas de Hispanoamérica?".En todo caso, me asaltan las siguientes preguntas: ¿Cómo podemos conciliar las tesis de Anes con las de North? ¿Es cierto o falso lo que dice Douglass North? ¿Es, por tanto, España la culpable de los problemas de Hispanoamérica? ¿Fue la colonización inglesa en América mejor que la española, tal como defiende Douglass North?
por Rafael Pampillón Olmedo
Catedrático de la Universidad CEU-San Pablo y profesor del Instituto de Empresa
en http://www.materiabiz.com/mbz/economiayfinanzas/nota.vsp?tok

viernes, 23 de enero de 2009

En este discurso, pronunciado al recibir el premio Irving Kristol, que otorga anualmente el Instituto American Enterprise a las personalidades que contribuyen a defender la democracia en el mundo, Mario Vargas Llosa hace una apasionada defensa de la libertad, al tiempo que explica su credo político.

Estoy especialmente reconocido a quienes me han otorgado este premio porque, según sus considerandos, se me confiere no sólo por mi obra literaria sino también por mis ideas y tomas de posición política. Eso es, créanme ustedes, toda una novedad. En el mundo en el que yo me muevo más, América Latina y España, lo usual es que, cuando alguien o alguna institución elogia mis novelas o mis ensayos literarios, se apresure inmediatamente a añadir "pese a que discrepe de", "aunque no siempre coincida con", o "esto no significa que acepte las cosas que él (yo) critica o defiende en el ámbito político". Acostumbrado a esta partenogénesis de mí, me siento, ahora, feliz, reintegrado a la totalidad de mi persona, gracias al Premio Irving Kristol que, en vez de practicar conmigo aquella esquizofrenia, me identifica como un solo ser, el hombre que escribe y el que piensa y en el que, me gustaría creer, ambas cosas son una sola e irrompible realidad.

Pero, ahora, para ser honesto con ustedes y responder de algún modo a la generosidad de la American Enterprise Institute y al Premio Irving Kristol, siento la obligación de explicar mi posición política con cierto detalle. No es nada fácil. Me temo que no baste afirmar que soy —sería más prudente decir "creo que soy"— un liberal. La primera complicación surge con esta palabra. Como ustedes saben muy bien, "liberal" quiere decir cosas diferentes y antagónicas, según quién la dice y dónde se dice. Por ejemplo, mi añorada abuelita Carmen decía que un señor era un liberal cuando se trataba de un caballero de costumbres disolutas que, además de no ir a misa, hablaba mal de los curas. Para ella, la encarnación prototípica del "liberal" era un legendario antepasado mío que, un buen día, en mi ciudad natal, Arequipa, dijo a su mujer que iba a comprar un periódico a la Plaza de Armas y no regresó más a su casa. La familia sólo volvió a saber de él treinta años más tarde, cuando el caballero prófugo murió en París. "¿Y a qué se fugó a París ese tío liberal, abuelita?" "A qué iba a ser, hijito. ¡A corromperse!" No sería extraño que aquella historia fuera el origen remoto de mi liberalismo y mi pasión por la cultura francesa.

Aquí, en Estados Unidos, y en general en el mundo anglosajón, la palabra liberal tiene resonancias de izquierda y se identifica a veces con socialista y radical. En América Latina y en España, donde la palabra liberal nació en el siglo XIX para designar a los rebeldes que luchaban contra las tropas de ocupación napeolónicas, en cambio, a mí me dicen liberal —o, lo que es más grave, neoliberal— para exorcizarme o descalificarme, porque la perversión política de nuestra semántica ha mutado el significado originario del vocablo —amante de la libertad, persona que se alza contra la opresión— reemplazándolo por la de conservador y reaccionario, es decir, algo que en boca de un progresista quiere decir cómplice de toda la explotación y las injusticias de que son víctimas los pobres del mundo.

Ahora bien, para complicar más las cosas, ni siquiera entre los propios liberales hay un acuerdo riguroso sobre lo que entendemos por aquello que decimos y queremos ser. Todos quienes han tenido ocasión de asistir a una conferencia o congreso de liberales saben que estas reuniones suelen ser muy divertidas, porque en ellas las discrepancias prevalecen sobre las coincidencias y porque, como ocurría con los trotskistas cuando todavía existían, cada liberal es, en sí mismo, potencialmente, una herejía y una secta. Como el liberalismo no es una ideología, es decir, una religión laica y dogmática, sino una doctrina abierta que evoluciona y se pliega a la realidad en vez de tratar de forzar a la realidad a plegarse a ella, hay, entre los liberales, tendencias diversas y discrepancias profundas. Respecto a la religión, por ejemplo, o a los matrimonios gay, o al aborto, y así, los liberales que, como yo, somos agnósticos, partidarios de separar a la iglesia del Estado, y defendemos la descriminalización del aborto y el matrimonio homosexual, somos a veces criticados con dureza por otros liberales, que piensan en estos asuntos lo contrario que nosotros. Estas discrepancias son sanas y provechosas, porque no violentan los presupuestos básicos del liberalismo, que son la democracia política, la economía de mercado y la defensa del individuo frente al Estado.

Hay liberales, por ejemplo, que creen que la economía es el ámbito donde se resuelven todos los problemas y que el mercado libre es la panacea que soluciona desde la pobreza hasta el desempleo, la marginalidad y la exclusión social. Esos liberales, verdaderos logaritmos vivientes, han hecho a veces más daño a la causa de la libertad que los propios marxistas, los primeros propagadores de esa absurda tesis según la cual la economía es el motor de la historia de las naciones y el fundamento de la civilización. No es verdad. Lo que diferencia a la civilización de la barbarie son las ideas, la cultura, antes que la economía y ésta, por sí sola, sin el sustento de aquélla, puede producir sobre el papel óptimos resultados, pero no da sentido a la vida de las gentes, ni les ofrece razones para resistir la adversidad y sentirse solidarios y compasivos, ni las hace vivir en un entorno impregnado de humanidad. Es la cultura, un cuerpo de ideas, creencias y costumbres compartidas —entre las que, desde luego, puede incluirse la religión— la que da calor y vivifica la democracia y la que permite que la economía de mercado, con su carácter competitivo y su fría matemática de premios para el éxito y castigos para el fracaso, no degenere en una darwiniana batalla en la que —la frase es de Isaiah Berlin— "los lobos se coman a todos los corderos".

El mercado libre es el mejor mecanismo que existe para producir riqueza y, bien complementado con otras instituciones y usos de la cultura democrática, dispara el progreso material de una nación a los vertiginosos adelantos que sabemos. Pero es, también, un mecanismo implacable, que sin esa dimensión espiritual e intelectual que representa la cultura, puede reducir la vida a una feroz y egoísta lucha en la que sólo sobrevivirían los más fuertes. Pues bien, el liberal que yo trato de ser, cree que la libertad es el valor supremo, ya que gracias a la libertad la humanidad ha podido progresar desde la caverna primitiva hasta el viaje a las estrellas y la revolución informática, desde las formas de asociación colectivista y despótica, hasta la democracia representativa. Los fundamentos de la libertad son la propiedad privada y el Estado de Derecho, el sistema que garantiza las menores formas de injusticia, que produce mayor progreso material y cultural, que más ataja la violencia y el que respeta más los derechos humanos. Para esa concepción del liberalismo, la libertad es una sola y la libertad política y la libertad económica son inseparables, como el anverso y el reverso de una medalla.

Por no haberlo entendido así, han fracasado tantas veces los intentos democráticos en América Latina. Porque las democracias que comenzaban a alborear luego de las dictaduras, respetaban la libertad política pero rechazaban la libertad económica, lo que, inevitablemente, producía más pobreza, ineficiencia y corrupción, o porque se instalaban gobiernos autoritarios, convencidos de que sólo un régimen de mano dura y represora podía garantizar el funcionamiento del mercado libre. Ésta es una peligrosa falacia. Nunca ha sido así y por eso todas las dictaduras latinoamericanas "desarrollistas" fracasaron, porque no hay economía libre que funcione sin un sistema judicial independiente y eficiente, ni reformas que tengan éxito si se emprenden sin la fiscalización y la crítica que sólo la democracia permite. Quienes creían que el general Pinochet era la excepción a la regla, porque su régimen obtuvo algunos éxitos económicos, descubren ahora, con las revelaciones sobre sus asesinados y torturados, cuentas secretas y sus millones de dólares en el extranjero, que el dictador chileno era, igual que todos sus congéneres latinoamericanos, un asesino y un ladrón.

Democracia política y mercados libres son dos fundamentos capitales de una postura liberal. Pero, formuladas así, estas dos expresiones tienen algo de abstracto y algebraico, que las deshumaniza y aleja de la experiencia de las gentes comunes y corrientes. El liberalismo es más, mucho más que eso. Básicamente, es tolerancia y respeto a los demás, y, principalmente, a quien piensa distinto de nosotros, practica otras costumbres y adora otro dios o es un incrédulo. Aceptar esa coexistencia con el que es distinto ha sido el paso más extraordinario dado por los seres humanos en el camino de la civilización, una actitud o disposición que precedió a la democracia y la hizo posible, y contribuyó más que ningún descubrimiento científico o sistema filosófico a atenuar la violencia y el instinto de dominio y de muerte en las relaciones humanas. Y lo que despertó esa desconfianza natural hacia el poder, hacia todos los poderes, que es en los liberales algo así como nuestra segunda naturaleza.

No se puede prescindir del poder, claro está, salvo en las hermosas utopías de los anarquistas. Pero sí se puede frenarlo y contrapesarlo para que no se exceda, usurpe funciones que no le competen y arrolle al individuo, ese personaje al que los liberales consideramos la piedra miliar de la sociedad y cuyos derechos deben ser respetados y garantizados porque, si ellos se ven vulnerados, inevitablemente se desencadena una serie multiplicada y creciente de abusos que, como las ondas concéntricas, arrasan con la idea misma de la justicia social. La defensa del individuo es conse cuencia natural de considerar a la libertad el valor individual y social por excelencia. Pues la libertad se mide en el seno de una sociedad por el margen de autonomía de que dispone el ciudadano para organizar su vida y realizar sus expectativas sin interferencias injustas, es decir, por aquella "libertad negativa" como la llamó Isaiah Berlin en un célebre ensayo.

El colectivismo, inevitable en los primeros tiempos de la historia, cuando el individuo era sólo una parte de la tribu, que dependía del todo social para sobrevivir, fue declinando a medida que el progreso material e intelectual permitían al hombre dominar la naturaleza, vencer el miedo al trueno, a la fiera, a lo desconocido, y al otro, al que tenía otro color de piel, otra lengua y otras costumbres. Pero el colectivismo ha sobrevivido a lo largo de la historia, en esas doctrinas e ideologías que pretenden convertir la pertenencia de un individuo a una determinada colectividad en el valor supremo, la raza, por ejemplo, la clase social, la religión, o la nación. Todas esas doctrinas colectivistas —el nazismo, el fascismo, los integrismos religiosos, el comunismo—, son por eso los enemigos naturales de la libertad, y los más enconados adversarios de los liberales. En cada época, esa tara atávica, el colectivismo, asoma su horrible cara y amenaza con destruir la civilización y retrocedernos a la barbarie. Ayer se llamó fascismo y comunismo, hoy se llama nacionalismo y fundamentalismo religioso.

Un gran pensador liberal, Ludwig von Mises, fue siempre opuesto a la existencia de partidos liberales, porque, a su juicio, estas formaciones políticas, al pretender monopolizar el liberalismo, lo desnaturalizaban, encasillándolo en los moldes estrechos de las luchas partidarias por llegar al poder. Según él, la filosofía liberal debe ser, más bien, una cultura general, compartida por todas las corrientes y movimientos políticos que coexisten en una sociedad abierta y sostienen la democracia, un pensamiento que irrigue por igual a socialcristianos, radicales, socialdemócratas, conservadores y socialistas democráticos. Hay mucho de verdad en esta teoría. Y así, en nuestro tiempo hemos visto el caso de gobiernos conservadores, como los de Ronald Reagan, Margaret Thatcher y José María Aznar, que impulsaron reformas profundamente liberales, en tanto que, en nuestros días, corresponde más bien a dirigentes nominalmente socialistas, como Tony Blair en el Reino Unido y Ricardo Lagos, en Chile, llevar a cabo unas políticas económicas y sociales que sólo se pueden calificar de liberales.

Aunque la palabra "liberal" sigue siendo todavía una mala palabra de la que todo latinoamericano políticamente correcto tiene la obligación de abominar, lo cierto es que, de un tiempo a esta parte, ideas y actitudes básicamente liberales han comenzado también a contaminar tanto a la derecha como a la izquierda en el continente de las ilusiones perdidas. No otra es la razón de que, en estos últimos años, pese a las crisis económicas, a la corrupción, al fracaso de tantos gobiernos para satisfacer las expectativas puestas en ellos, las democracias que tenemos en América Latina no se hayan desplomado ni sido reemplazadas por dictaduras militares. Desde luego, todavía está allí, en Cuba, ese fósil autoritario, Fidel Castro, quien ha conseguido ya, en los 46 años que lleva esclavizando a su país, ser el dictador más longevo de la historia de América Latina. Y la desdichada Venezuela padece ahora a un impresentable aspirante a ser un Fidel castro con minúsculas, el comandante Hugo Chávez. Pero ésas son dos excepciones en un continente en el que, vale la pena subrayarlo, nunca en el pasado hubo tantos gobiernos civiles, nacidos de elecciones más o menos libres, como ahora. Y hay casos interesantes y alentadores, como el de Lula, en el Brasil, quien, antes de ser elegido Presidente, predicaba una doctrina populista, el nacionalismo económico y la hostilidad tradicional de la izquierda hacia el mercado, y es, ahora, un practicante de la disciplina fiscal, un promotor de las inversiones extranjeras, de la empresa privada y de la globalización, aunque se equivoca al oponerse al ALCA, Área de Libre Comercio de las Américas (Free Trade Area of the Americas).

En Argentina, aunque con una retórica más encendida y llena a veces de bravatas, el Presidente Kirchner está siguiendo sus pasos, afortunadamente, aunque a veces parezca hacerlo a regañadientes y dé algún tropezón. Y, asimismo, hay indicios de que el gobierno que asumirá el poder próximamente en Uruguay, presidido por el doctor Tabaré Vázquez, se dispone, en política económica, a seguir el ejemplo de Lula en vez de la vieja receta estatista y centralista que tantos estragos ha causado en nuestro continente. Incluso, esa izquierda no ha querido dar marcha atrás en la privatización de las pensiones —que han llevado a cabo hasta el momento once países latinoamericanos—, en tanto que la izquierda de Estados Unidos, más atrasada, se opone a privatizar aquí el Social Security.

Son síntomas positivos de una cierta modernización de una izquierda que, sin reconocerlo, va admitiendo que el camino del progreso económico y de la justicia social, pasa por la democracia y por el mercado, como hemos sostenido los liberales siempre, predicando en el vacío durante tanto tiempo. Si en los hechos, la izquierda latinoamericana comienza a hacer en la práctica una política liberal, aunque la disfrace con una retórica que la niega, en buena hora: es un paso adelante y significa que hay esperanzas de que América Latina deje por fin, atrás, el lastre del subdesarrollo y de las dictaduras. Es un progreso, como lo es la aparición de una derecha civilizada que ya no piense que la solución de los problemas está en tocar las puertas de los cuarteles, sino en aceptar el sufragio, las instituciones democráticas y hacerlas funcionar.

Otro síntoma positivo, en el panorama tan cargado de sombras de la América Latina de nuestros días, es el hecho de que el viejo sentimiento antinorteamericano que alentaba en el continente, ha disminuido considerablemente. La verdad es que el antinorteamericanismo es hoy día más fuerte en países como España y Francia, que en México o en el Perú. De hecho, la guerra en Iraq, por ejemplo, ha movilizado en Europa a vastos sectores de casi todo el espectro político, cuyo único denominador común parecía ser, no el amor por la paz, sino el rencor o el odio hacia los Estados Unidos. En América Latina, esa movilización ha sido marginal y prácticamente confinada a los sectores más irreductibles de la ultra izquierda. El cambio de actitud hacia Estados Unidos obedece a dos razones, una pragmática y otra principista. Los latinoamericanos que no han perdido el sentido común entienden que, por razones geográficas, económicas y políticas, una relación de intercambios comerciales fluida y robusta con los Estados Unidos es indispensable para nuestro desarrollo. Y, del otro lado, el hecho de que, a diferencia de lo que ocurría en el pasado, la política exterior norteamericana, en vez de apoyar a las dictaduras, mantenga ahora una línea constante de sostén a las democracias y de rechazo a los intentos autoritarios, ha contribuido mucho a reducir la desconfianza y hostilidad de los sectores democráticos de América Latina hacia el poderoso vecino del Norte. Este acercamiento y colaboración son indispensables, en efecto, para que América Latina pueda quemar etapas en su lucha contra la pobreza y el atraso.

El liberal que les habla se ha visto con frecuencia en los últimos años enfrascado en polémicas, defendiendo una imagen real de los Estados Unidos que la pasión y los prejuicios políticos deforman a veces hasta la caricatura. El problema que tenemos quienes intentamos combatir estos estereotipos es que ningún país produce tantos materiales artísticos e intelectuales antiestadounidenses como el propio Estados Unidos —el país natal, no lo olvidemos de Michael Moore, Oliver Stone y Noam Chomsky—, al extremo de que a veces uno se pregunta si el antinorteamericanismo no será uno de esos astutos productos de exportación, manufacturados por la CIA, de que el imperialismo se vale para tener ideológicamente manipuladas a las muchedumbres tercermundistas. Antes, el antiamericanismo era popular sobre todo en América Latina, pero ahora ocurre más en ciertos países europeos, sobre todo aquellos que se aferran a un pasado que se fue, y se resisten a aceptar la globalización y la interdependencia de las naciones en un mundo en el que las fronteras, antes sólidas e inexpugnables, se van volviendo porosas y desvaneciendo poco a poco.

Desde luego, no todo lo que ocurre en Estados Unidos me gusta, ni muchos menos. Por ejemplo, lamento que todavía haya muchos estados donde se aplique esa aberración que es la pena de muerte y un buen número de cosas más, como que, en la lucha contra las drogas, se privilegie la represión sobre la persuasión, pese a las lecciones de la llamada Ley Seca (The Prohibition). Pero, hechas las sumas y las restas, creo que, entre las democracias del mundo, la de Estados Unidos es la más abierta y funcional, la que tiene mayor capacidad autocrítica, y la que, por eso mismo, se renueva y actualiza más rápido en función de los desafíos y necesidades de la cambiante circunstancia histórica. Es una democracia en la que yo admiro sobre todo aquello que el profesor Samuel Huntington teme: esa formidable mezcolanza de razas, culturas, tradiciones, costumbres, que aquí consiguen convivir sin entrematarse, gracias a esa igualdad ante la ley y a la flexibilidad del sistema para dar cabida en su seno a la diversidad, dentro del denominador común del respeto a la ley y a los otros.

La presencia, en Estados Unidos, de unos cuarenta millones de ciudadanos de origen latinoamericano, desde mi punto de vista, no atenta contra la cohesión social ni la integridad de la nación; más bien, la refuerza añadiéndole una corriente cultural y vital de gran empuje, donde la familia es sagrada, que, con su voluntad de superación, su capacidad de trabajo y deseo de triunfar, esta sociedad abierta aprovechará exitosamente. Sin renunciar a sus orígenes, esta comunidad se va integrando con lealtad y con amor a su nueva patria y va forjando un vínculo creciente entre las dos Américas. Esto es algo de lo que puedo testimoniar casi en primera persona. Mis padres, cuando ya habían dejado de ser jóvenes, fueron dos de esos millones de latinoamericanos que, buscando las oportunidades que no les ofrecía su país, emigraron a los Estados Unidos. Durante cerca de veinticinco años vivieron en Los Ángeles, ganándose la vida con sus manos, algo que no habían tenido que hacer nunca en el Perú. Mi madre trabajó muchos años como obrera, en una fábrica textil llena de mexicanos y centroamericanos, entre los que hizo excelentes amigos. Cuando mi padre falleció, yo creí que ella volvería al Perú, como yo se lo pedía. Pero, por el contrario, decidió quedarse aquí, viviendo sola e incluso pidió y obtuvo la nacionalidad estadounidense, algo que mi padre nunca quiso hacer. Más tarde, cuando ya los achaques de la vejez la hicieron retornar a su tierra natal, siempre recordó con orgullo y gratitud a Estados Unidos, su segunda patria. Para ella nunca hubo incompatibilidad alguna, ni el menor conflicto de lealtades, entre sentirse peruana y norteamericana.

Quizás este recuerdo sea algo más que una evocación filial. Quizás podamos ver en este ejemplo un anticipo del futuro. Soñemos, como hacen los novelistas: un mundo desembarazado de fanáticos, terroristas, dictadores; un mundo de culturas, razas, credos y tradiciones diferentes, coexistiendo en paz gracias a la cultura de la libertad, en el que las fronteras hayan dejado de serlo y se hayan vuelto puentes, que los hombres y mujeres puedan cruzar y descruzar en pos de sus anhelos y sin más obstáculos que su soberana voluntad. Entonces, casi no será necesario hablar de libertad porque ésta será el aire que respiremos y porque todos seremos verdaderamente libres. El ideal de Ludwig von Mises, una cultura planetaria signada por el respeto a la ley y a los derechos humanos, se habrá hecho realidad. -
Mario Vargas Llosa
Washington, D.C., 2 de marzo de 2005.

viernes, 16 de enero de 2009

Liberalismo: El derecho a la búsqueda de la felicidad

“Creemos que estas verdades son evidentes en sí mismas; que todos los hombres han, sido creados iguales, que su Creador les ha conferido ciertos derechos inalienables, que entre estos se encuentran la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Que para garantizar estos derechos, se instauraron, gobiernos entre los hombres que obtienen sus justos poderes del consentimiento de los gobernados. Que cuando un gobierno se convierte en obstáculo para esos fines, el pueblo tiene el derecho de alterarlo o abolirlo.”
Thomas Jefferson.

La confusión con respecto a lo que es el liberalismo sólo puede obedecer a dos razones, ignorancia o mala fe. El liberalismo es apenas una forma de vida basada en el respeto del derecho del otro con respecto a su propio proyecto de vida, ni más, ni menos que eso. Thomas Jefferson lo dice muy claramente "el derecho a la búsqueda de la felicidad".

El liberalismo aparece en el mundo como limitación al poder de los reyes absolutistas. Es un reconocimiento de la igualdad de los hombres ante la ley, un límite a la arbitrariedad de los gobernantes, el reconocimiento de que nadie puede disponer de la vida ni los bienes del otro. La vida y los bienes se asimilan pues lo que uno crea con el fruto de su propio trabajo le pertenece, como le pertenece su tiempo, y sus decisiones acerca de como debe vivir. El único límite que el hombre tiene para desarrollarse es el idéntico derecho del otro.

El pensamiento liberal queda asentado en la Argentina en la Constitución promulgada en 1853, cuyas bases sienta Alberdi y que da lugar al espectacular período de crecimiento que llega hasta 1930, cuando la Constitución queda de hecho derogada por el quiebre institucional que supone el derrocamiento de Yrigoyen y una sucesión de leyes que, a pesar de la advertencia de Alberdi, se promulgan violando el espíritu de respeto del derecho individual que defendía la Constitución del '53 y trasladando al estado potestades que la Constitución prevenía no debían serle trasladadas.

La crisis económica actual dio lugar a opiniones que son difíciles de comprender si no se consideran debidas a interés o a ignorancia. La crisis económica actual no hizo necesaria, en el campo de los mercados financieros, "una intervención de los estados de tal magnitud que amenaza con pulverizar la idolatría de que aquellos eran objeto", como dice Enrique Tomás Bianchi, en un reciente artículo publicado en La Nación, el 27 de octubre de 2008. La crisis financiera actual se debe a la brutal intervención del estado en la economía. No se debe a la falta de regulaciones, a la ausencia del estado, sino precisamente por lo contrario a un estado que intervino en los mercados afectando la calidad de la información, interfiriendo con la toma de decisiones, llevando a los actores a asumir riesgos que, sin su activa participación, jamás hubieran tomado. La crisis de las hipotecas se debe a la distorsión que el estado introduce en la economía cuando Alan Grenspan baja las tasas de interés al 1% con el objetivo político de "estimular" la actividad. Las órdenes eran además crear los instrumentos que condujeran la inversión hacia el mercado inmobiliario con la convicción de que cada norteamericano debía tener su propia vivienda. Loable ciertamente, pero falaz.

El texto constitucional que defiende el derecho a la búsqueda de la felicidad no dice que uno tiene derecho "a la felicidad". Donde dice derecho a aprender, no dice que por ello alguien tiene obligación de enseñar, no dice que porque usted tiene derecho a trabajar otro tiene la obligación de darle trabajo. El artículo 14 bis, incorporado en la reforma constitucional del '49 y mantenido luego por los gobiernos sucesivos, es claramente contrario al espíritu alberdiano, al espíritu liberal. Pues una cosa es defender el derecho de que nadie interfiera en mi proyecto de vida, en tanto y en cuanto, en mi quehacer no haya yo violentado igual derecho del otro, y otra muy diferente es crear un derecho a que algo me sea dado. Este derecho, un derecho positivo, es una moneda que en la otra cara lleva una obligación, una obligación cargable en las cuentas de otros.

El derecho a una vivienda digna, ¿qué significa?, el derecho a la salud, la educación, el trabajo, todos esos derechos "sociales" consagrados por el 14 bis, ¿qué significan? ¿Significan acaso que puedo construirme una casa, que puedo leer un libro, contratar un cirujano, ser contratado en un restaurante? Para eso no hace falta el 14bis, para eso no hace falta ninguna ley, ninguna norma. Mientras la construcción de mi casa, la lectura de ese libro, la contratación de un cirujano o mi propia contratación en un restaurante no hayan violado derechos de otro no hay razón para que nadie reclame. Pero si para tener una vivienda digna, educación, salud, trabajo necesito que alguien me lo de, y el otro no quiere dármelo, lo estoy obligando. Y al obligarlo lo esclavizo. Parece exagerado, pero no lo es. Puede argumentarse que en realidad no es esclavitud, pero los impuestos son obligaciones, impuestas mediante la amenaza de ejercer violencia física contra los que se resistan a pagarlos, a usar el uso de la fuerza pública contra los que no quieran "contribuir". Ah, no, contribuir es otra cosa. contribuir es voluntario, los impuestos, son impuestos.

Se podrá decir que los impuestos son imprescindibles para el mantenimiento del estado, para pagar las "cuentas comunes". Bueno, en esto también disiento. Los impuestos son impuestos, son violencia desde el estado sobre el individuo, obligaciones creadas bajo amenaza. Una contribución es otra cosa. Pero sin impuestos no tendríamos caminos, puentes, puertos. No necesariamente. Si queremos un amarradero frente a la casa de la isla, podemos hacerlo. Si queremos empedrar la senda que lleva de la tranquera hasta la casa, también podemos. Si queremos tender un puente que nos permita pasar de una orilla a la otra del río, nada nos lo impide. No es necesario el estado para nada de todo esto. Puede argumentarse sin embargo que algunas obras son demasiado grandes como para que las haga un individuo.

Una cosa es un puentecito para cruzar un arroyo y otra muy diferente uno que cruce el Río de la Plata. Bueno, para ese tampoco es necesario el estado. Lejos estamos de los tiempos en que si una empresa no era financiada por la corona, era irrealizable. Actualmente los recursos financieros en manos privadas son enormes y capaces de financiar prácticamente cualquier cosa, inclusive estados monstruosos como el norteamericano. Porque el estado se financia con el dinero de la gente.

El estado no es otra cosa que la administración del dinero de la gente. Es como si quisiéramos comprar las camisetas para el equipo de fútbol de los domingos y cada uno pusiera $10. ¿Quién las compra? ¿Quién se tomará la molestia de juntar la plata, ir hasta el local, elegir la tela, el largo de las mangas, regatear, decidir si compra pantaloncitos y medias? ¿Quién decidirá si le pone números o no? ¿Y los colores? Se elige a alguien, alguien se ofrece y los demás aprueban. Y ese va. Ese administrará el dinero y rendirá cuentas de lo que compró. El estado no es más que ese administrador. Lástima que, en lugar de las camisetas, se gastó la plata en Louis Vuiton y ni siquiera nos rinde lo que gastó! Lentamente los estados, acá, en nuestro país, pero también en Europa e inclusive en los EEUU han ido asumiendo más y más funciones que en realidad no le corresponden.

Enrique Bianchi dice que por mala fe o por ignorancia hay quienes mezclan capitalismo financiero irrestricto con liberalismo. Ciertamente. El capitalismo no es financiero, ni es irrestricto. Pero la libertad no es libertad si no es completa. La libertad política sin libertad económica no es libertad. Lea a Alberdi mi amigo. Bianchi pretende destacar el pensamiento de Raymond Aron como una oposición del liberalismo predominantemente político al otro, al pernicioso liberalismo económico. Bueno, no hay tal distinción para el goce de la libertad.

¿En qué consiste el liberalismo político sin liberalismo económico? ¿En la libertad de elegir nuestros propios tiranos? ¿En la libertad de elegir quienes habrán de quedarse con nuestra renta, nuestras jubilaciones, la educación de nuestros hijos, nuestro presente y nuestro futuro? La libertad es libertad de hacer y deshacer siempre y cuando me limite a lo que no afecta el derecho del otro. Punto. La libertad de ir y venir, de estudiar y aprender, de contratar y ser contratado, de ejercer industria lícita, asociarme, etc es libertad también de disponer del fruto de mi trabajo, de intercambiarlo con quien yo quiera y del modo que yo prefiera. El mercado, no "los mercados", es un proceso, un espacio donde los hombres interactúan, ofrecen y demandan, dan a cambio de algo. Las cantidades de lo que se da y lo que se recibe establecen un sistema de relaciones que se expresa magnífica y resumidamente en el precio.

No existe en todo el resto de relaciones posibles algo similiar al precio como síntesis de toda la información que incluye cuanto se ofrece, cuanto se demanda, de qué cosas, con qué calidades. El precio es el reflejo de cuánto se aprecia el trabajo del otro. No tiene que ver con cantidad de trabajo, tiene que ver con cuánto aprecia el que demanda la solución que la oferta le provee. El precio no se fija en la oferta, se fija en el momento de la transacción. Por eso el mercado, para encontrar el precio requiere libertad, la más completa libertad, que es la única libertad posible. Sin restricciones, sin interpretaciones de terceros acerca de lo que "debería" ofrecerse y a qué precio. Lo único que esas intervenciones hacen en el mercado es ruido. Nadie puede entonces saber a ciencia cierta que es lo que se ofrece, ni lo que se demanda, los precios que aparecen no son fieles, están interferidos, no satisfacen.

El mercado no puede funcionar sino en libertad. El liberalismo pretende limitar al máximo el poder del estado de interferir en las decisiones personales. Pretende limitar la capacidad arbitraria de los gobernantes de decirle a la gente lo que deben hacer. Nada más alejado a la aseveración que Bianchi atribuye a Aron de que el liberalismo económico requiere un sistema político autoritario. Requiere libertad, y justicia. Requiere un marco legal predecible. Requiere que las promesas incumplidas encuentren su castigo. Requiere que el fraude encuentre su castigo.

Es cierto que los grupos de interés tienden a buscar en la política aquello que no pueden obtener en los mercados. Por ello es imprescindible que el sistema político se atenga a derecho. Por ello es imprescindible que la democracia liberal funcione, y que la justicia limite las atribuciones de los gobernantes, la capacidad de los gobernantes de, cediendo a dichas presiones de los grupos de interés, elegir ganadores y perdedores. La democracia es un sistema que permite el recambio pacífico de autoridades.

La división republicana del gobierno en sus tres poderes, un límite al antiguo poder de los reyes de ser legisladores, jueces y ejecutores. Quizá sea insuficiente, como dice Hayek. Quizá que el mismo poder que dice lo que está bien y lo que está mal, sea el que fija las funciones del gobierno, sea una función que debería separarse. No lo creo. Posiblemente ya está separada, posiblemente sea la Justicia, y muy particularmente la Corte Suprema, de la cual el autor es secretario letrado, la que deba ponerle un límite a los gobiernos y a los legisladores, y ceñirlos a gobernar respetando el derecho. La libertad no requiere del estado. La libertad se expande aún a pesar del estado. La gente elige, prefiere no pagar los impuestos, no pagar las "contribuciones laborales", las cargas previsionales, prefiere trabajar en negro, fuera de la ley. Claro se convierte en polizón de los que mantienen el sistema funcionando. Pero claramente están diciendo que no están de acuerdo con dejar al estado la administración de sus bienes. La gente no cree en el estado. No quita esto que se junte, se organice, que pretenda obtener del estado lo que no puede obtener sin él.

El mercado es inevitable. La única alternativa es el mundo planificado desde un puesto central que le dice a cada uno lo que debe dar y lo que va a recibir. "Cada cual según su posibilidad y a cada cual según su necesidad", dice el viejo Karl. Pero este ideal utópico simplemente no funciona. No puede funcionar. No puede porque olvida que la gente tiene preferencias diversas y que nadie tiene el conocimiento de lo que cada uno puede, ni de lo que cada uno necesita, o prefiere. Entonces, si, como un campo de concentración decidimos que la "provisión" contendrá, camisas, medias, chocolates y cigarrillos, alguien habrá dispuesto a cambiar sus cigarrillos por chocolates y alguien sus chocolates por cigarrillos. ¿Cuántos cigarrillos por cuantos chocolates? Bueno, eso depende, de cuantos chocolates haya, cuantos cigarrillos haya, cuantos prefieran unos y cuantos los otros. Y eso fija el precio. Y eso es mercado.

El socialismo es sencillamente inviable porque elimina el precio, elimina la información que el precio porta y por lo tanto lleva a una asignación ineficiente de los recursos. El socialismo es esclavitud, pues obliga, no es solidaridad, pues la solidaridad no es obligatoria. "Aseverar que los mecanismos de mercado no difieren en nada de la planificación centralizada" es sencillamente una estupidez. Los mecanismos de mercado son exactamente lo opuesto a la planificación centralizada. La planificación centralizada obliga, decide por uno, elimina la libertad. El proceso de mercado exige libertad, da la posibilidad de elegir, cada uno decide por si mismo. El liberalismo no tiene ceguera sociológica. El "dejar hacer" sin límites no es parte del liberalismo. Los límites los fija la gente, los fija la tradición, los reconoce la justicia, están en el derecho. El orden de mercado, como la lengua es espontáneo, no requiere de nadie que lo planifique. Es fruto de la acción humana, no del designio humano. El mínimo de regulaciones estatales necesarias para que el mercado funcione es el que marca el estado de derecho, el reconocimiento del otro, el castigo del fraude, de la promesa incumplida.

El estado es requerido para eso. El orden jurídico, previsible, es el que hace que el mismo estado se haga, a sí mismo, innecesario, cuando todos saben que una conducta inapropiada será castigada, son pocos los que se aventurarán a recibir dicho castigo. El estado no está para tomar de la gente el fruto de su trabajo y reasignarlo con supuestos criterios reparadores de la "injusticia social" que supone que unos hayan nacido con talento y otros no, que unos sean más laboriosos, o más afortunados. Si quiere ser generoso cada uno puede serlo con el dinero propio. Ser generoso con el dinero ajeno es muy fácil, pero también es una violación al derecho de cada uno de disponer del fruto de su trabajo. Tomar dinero en impuestos y pagarle a la gente para que cave zanjas por la mañana y las tape por la tarde como proponía Keynes, es una pésima forma de asignar los recursos, ningún particular en su sano juicio haría un disparate semejante. Nadie haría eso con dinero propio, sólo alguien como Keynes, gastando dinero ajeno, puede hacer una propuesta semejante. Nadie mandaría quemar cosechas para levantar los precios, Keynes lo hizo.

Estimado Bianchi, no pretenda confundirnos. La crisis económica actual, como la crisis del treinta fueron provocadas por la excesiva intervención del estado en la economía. El New Deal convirtió una crisis financiera en una depresión de una década, y trasladó el problema a la economía real. Los EEUU salieron de la depresión sólo cuando la Corte Suprema le puso un freno a la intervención estatal en la vida privada, y luego cuando la guerra alteró todas las reglas de la oferta y la demanda de los tiempos de paz. Sería muy saludable, que usted, en su calidad de secretario letrado de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, revisara uno a uno, todos aquellos fallos que, contrariando los principios liberales, los de la defensa del derecho de las personas, los de Alberdi, los de nuestra sabia Constitución de 1853, fueron trasladando atribuciones al estado, e hicieron posible la destrucción del orden institucional de nuestra querida Argentina.

Por Ruy Martínez Allende

martes, 13 de enero de 2009

Haz el comercio y no la guerra

Nadie tiene un trozo de tierra asignado desde el comienzo de la creación. Lo que Dios nos dio fue, si, la razón, para darnos cuenta de las ventajas de la división del trabajo, la propiedad, el libre comercio, el libre intercambio y movilidad de personas y capitales, el respeto a los contratos y la libertad religiosa.
¿Qué importancia tienen entonces las fronteras? ¿De qué mandato divino ha venido que eres de tal o cual nación? De ninguno. Sólo pueden servir como útiles divisiones del trabajo, administrativas, sobre bienes públicos. Nada más.
¿Qué importa entonces si eres palestino o israelí? Tira las armas y comercia. Intercambien libremente sus bienes y servicios, respeten su libertad religiosa, y no importará en absoluto lo demás. ¿Por qué te matas? ¿Porque la tierra era tuya o del otro? No era de nadie. La propiedad es una invención del ingenio humano, útil para economizar los recursos, y que no haya hambrientos, desocupados o sedientos. No es poca cosa. No mates más. Tira las armas, no rebusques en el pasado, acepta, por un sencillo razonamiento práctico, la distribución de recursos desde hoy, punto cero, y sigue de allí en adelante, en paz, en libre comercio. No enseñes más a tus hijos el odio, la venganza, no les digas más que aquellos mataron a éstos o estos otros. Enséñales a comerciar, a respetar los contratos, a invertir y a respetar la religión del otro. No tendrás un paraíso, pero tampoco el infierno en la Tierra que has construido en nombre de Dios.
¿Qué es lo utópico de lo anterior? No el comercio, precisamente. Mi llamado es más realista que los llamamientos a la paz sin denunciar, al mismo tiempo, al sistema que la destruye.
Lo que hay que tener en cuenta es el corazón humano. Tenemos “razón”, si, para advertir las ventajas del comercio, pero después del pecado original, Caín y Abel parecen destinados a la mutua destrucción. Vino Cristo, sí, a redimirnos del pecado, pero su reino no es de este mundo. Este “pero” no es una mala noticia, al contrario. Por eso el reino de Dios no es ninguna (reitero: ninguna) de las naciones de este mundo. Sobre ellas, sólo nos queda seguir rezando: “Mirad, las naciones son gotas de un cuboy valen lo que el polvillo de balanza.Mirad, las islas pesan lo que un grano,el Líbano no basta para leña,sus fieras no bastan para el holocausto.En su presencia, las naciones todas,como si no existieran,son ante él como nada y vacío” (Is 40, 10-17). Y también: “De las espadas forjarán arados,de las lanzas, podaderas,no alzará la espada pueblo contra pueblo,no se adiestrarán para la guerra” (Is 2, 2-5).

Gabriel Zanotti