lunes, 23 de abril de 2012

El Estado de Bienestar y su degradación

En el siglo pasado, para superar la crisis de los años treinta y frenar el avance de la dictadura del Estado comunista, F. D. Roosevelt impulsó el pensamiento del “Estado de Bienestar”, con libertad política. El comunismo implosionó, pero el Estado de Bienestar se difundió en innumerables países. Su pensamiento es que la riqueza está mal distribuida y que el Estado debe intervenir para que todos los habitantes cubran todas sus necesidades. En Argentina se lo denominó “Justicia Social” o “Justicialismo” y atrasó al país.

Esa utopía causó la crisis en los países europeos.  

El Estado de Bienestar debe cubrir las necesidades de la población, y como estas son infinitas, en constante crecimiento, debe agigantarse el Estado y aumentar sus recursos; -La mayoría de los hombres que lo manejan, como es humano, prioriza sus necesidades por sobre las sociales, deteriorando el Bienestar; -Aparecen el descontrol, la ineficiencia, la dilapidación de recursos, la corrupción, el déficit del Estado, su quiebra y el ajuste a la población. 

El Estado de Bienestar inevitablemente degenera y se degrada.

Se ignora que las mejoras sociales y el bienestar son producto del trabajo personal de todos los ciudadanos y que el Estado nunca puede generar riqueza ni bienestar, ni remplazar la labor y creatividad del ser humano.
La distribución del ingreso por el Estado es otra farsa: solo empobrece.

miércoles, 11 de abril de 2012

La desaparición del pensamiento liberal en la educación

Cuando repaso la historia de la educación en España desde que las Cortes de Cádiz dictaron las primeras normas que debían regular la instrucción pública hasta nuestros días, lo que siempre me resulta más sorprendente es que a principios del siglo XX la Institución Libre de Enseñanza (ILE) fuera el modelo educativo para los políticos que se llamaban liberales y, al mismo tiempo, sirviera de referente para lo que, a partir del XI Congreso del PSOE (1918), sería el proyecto educativo socialista.

Posiblemente, esa extraña ambivalencia del pensamiento pedagógico de Francisco Giner de los Ríos y sus discípulos sea lo que hace que, hoy en día, cualquier crítica, por menor que sea, hacia la ILE y los que se llamaron "institucionistas" sea mal recibida, no solamente por los intelectuales de izquierdas, también por muchos sectores de la derecha, que profesan un respeto más que reverencial hacia Giner de los Ríos y su obra.
Para buscar una explicación lógica de por qué, llegado un momento, liberales y socialistas parecen compartir los mismos principios pedagógicos, o, mejor dicho, de cómo en España va desapareciendo, en materia de instrucción pública, todo principio liberal, es preciso tener en cuenta, por un lado, lo que fue el krausismo español y su relación con los hombres de la ILE y, por otro, el triunfo de las ideas de Rousseau en el siglo XX, un triunfo que en el terreno de la educación fue tan grande que se ha considerado escuela libre la inspirada en la filosofía educativa que el pensador francés había expuesto con todo detalle en su obra Emilio.

Las primeras leyes de instrucción pública
El 9 de septiembre de 1813 se firmó en Cádiz un documento, el llamado Informe Quintana, que había sido elaborado por una comisión de educación en la que había participado el poeta liberal Manuel José Quintana. Las bases para su elaboración se habían tomado del Rapport sur l’instruction publique que el marqués de Condorcet había presentado ante la Asamblea Nacional francesa en 1792. Condorcet sostuvo siempre que solamente una instrucción general podría garantizar la igualdad real de los individuos ante la ley. Reclamaba una enseñanza gratuita sostenida por el Estado, pues sólo de esa forma se podría asegurar que la instrucción estuviera al alcance de todos los ciudadanos. Sin embargo, se mostró contrario a hacer obligatoria la enseñanza, pues la instrucción, aseguraba, era un bien tan atractivo que bastaba con ponerlo a disposición de todos para que todos lo codiciasen. Reservaba al Estado la tarea de instruir, pues, para él, la de educar era competencia exclusiva de los padres. Para Condorcet, la instrucción había de ser pública y la educación, privada. En cuanto a las creencias religiosas, el Estado debía ser respetuoso con ellas, pero sin admitir ninguna en sus instituciones. Se puede decir que Condorcet es el padre de la escuela pública francesa "republicana": laica, exigente e intelectualmente elitista.

Pues bien, los liberales españoles sitiados en Cádiz, influidos por el enciclopedista francés, decidieron que la educación elemental debía ser gratuita y común a todos los ciudadanos, pero para ellos era fundamental que hubiera una absoluta libertad de enseñanza.

En 1836 Ángel de Saavedra, duque de Rivas (1791-1865), fue nombrado ministro de la Gobernación. El duque de Rivas era un hombre de fuertes convicciones liberales. Había sido diputado por Córdoba durante el Trienio Liberal (1820-1823), y vivió exiliado en Londres, París y Malta hasta la muerte de Fernando VII. Aquel año presentó un Plan de Instrucción Pública que, aunque apenas estuvo vigente unos días, sentó las bases sobre las que se fundamentaron los dos planes de estudios que mayor consenso político alcanzaron antes de la Restauración: el Plan Pidal (1845), durante el Gobierno de Narváez, y la Ley Moyano(1857), bajo el mandato de O’Donnell.

En el preámbulo del plan del duque de Rivas se pueden leer unos párrafos que ilustran bien sobre la preocupación que los políticos de ideas liberales tenían por no entrometerse en lo que consideraban un sagrado derecho y deber de las familias: la educación de los hijos.

"El pensamiento es de suyo lo más libre entre las facultades del hombre; y por lo mismo han tratado algunos gobiernos de esclavizarlo de mil modos; y como ningún medio hay más seguro para conseguirlo que el de apoderarse del origen de donde emana, es decir, de la educación, de aquí sus afanes por dirigirla siempre a su arbitrio, a fin de que los hombres salgan amoldados conforme conviene a sus miras e intereses. Mas si esto puede convenir a los gobiernos opresores, no es de manera alguna lo que exige el bien de la humanidad ni los progresos de la civilización. Para alcanzar estos fines es fuerza que la educación quede emancipada; en una palabra, es fuerza proclamar la libertad de enseñanza."

Otra de las cuestiones más discutidas en los medios educativos durante la primera mitad del siglo XIX fue la gratuidad de la enseñanza. Los liberales de Cádiz, cuando dictaron las primeras leyes para regular el establecimiento de las escuelas, la creación de las universidades y otros centros de instrucción pública, no entraron a discutir la costumbre española de que la enseñanza universitaria fuera gratuita, antes bien quisieron extender la gratuidad a toda la enseñanza pública. La primera vez que, desde posturas liberales, se proclama un principio opuesto a la gratuidad absoluta es el ya citado plan del duque de Rivas, para quien la gratuidad de la enseñanza debía alcanzar sólo a aquellas familias que no pudieran costearla:

"La enseñanza gratuita jamás ha producido los efectos que se esperaba de ella, y no por haberse adoptado en una nación ha sido bastante a acelerar sus progresos. Lo que poco cuesta se aprecia también poco, y con efecto común es en España que al empezar los cursos se matriculen infinitos discípulos y que al concluirse aquellos estén las cátedras casi desiertas. Cuando algo haya costado la matrícula, no sucederá lo mismo; pues los padres tendrán ya cuidado de que sus hijos asistan a todas las lecciones, lo hagan con aprovechamiento para no perder la cantidad, auque corta, que hayan desembolsado."

Esta idea de gratuidad relativa se mantuvo tanto en el Plan Pidal de 1845 como en el de Claudio Moyano del 57. Durante la segunda mitad del XIX la gran cuestión que se debatió en el terreno de la educación fue la libertad de enseñanza, y el asunto de la gratuidad empezó a perder interés.

El krausismo español

La doctrina fundada por Friedrich Krause (1781-1832), el krausismo, si bien en Alemania no logró mucho más de una docena de seguidores, en la política española de la segunda mitad del siglo XIX llegó a tener bastante importancia. Los exiliados españoles en Francia durante los años del absolutismo de Fernando VII conocieron a un discípulo de Krause que vivía en París, llamado Ahrens, que les dio a conocer las ideas filosóficas de su maestro. El krausismo, más que una doctrina o una filosofía, era toda una forma de pensar y de filosofar, suponía una actitud ante vida. El krausismo de Ahrens que conocieron los liberales españoles estaba centrado en la libertad, los derechos individuales y la desconfianza hacia el Estado. En el campo de lo político, Ahrens predicaba el equilibrio y la templanza.

Al iniciarse la década de 1840 los liberales españoles más moderados, entre los que se encontraba Sanz del Río, andaban deseosos de renovación ideológica, y encontraron en el pensamiento krausista de Ahrens una buena base sobre la que construir su nueva filosofía política. Sanz del Río, que ignoraba la lengua alemana, estudió la doctrina de Krause en francés. En 1843 viajó a Alemania para conocer al círculo de los krausistas de Heildelberg. A su regreso se concentró en la tarea de elaborar las bases filosóficas de lo que habría de ser el krausismo español. Cuando en 1863, con 24 años, Francisco Giner de los Ríos llegó a Madrid dispuesto a hacer su tesis doctoral, se incorporó al grupo de discípulos de Sanz del Río.

En esos años 60 existía también en Madrid un grupo de economistas liberales que habían leído al francés Frédéric Bastiat y eran partidarios del libre cambio. Entre ellos estaban Figuerola, Gabriel Rodríguez y el entonces joven ingeniero de caminos, que llegó a ser premio Nobel de Literatura y conocido político, José Echegaray. Pues bien, Echegaray, cuando al final de su vida recordaba el pensamiento político de los krausistas, en los meses previos a la revolución de septiembre del 68, lo hacía de esta manera (Recuerdos, Madrid, 1917):
"Los krausistas eran nuestros compañeros de combate, aunque no existiese absoluta conformidad de opiniones entre ellos y nosotros (…) Para nosotros casi no existía más que el derecho individual. Respecto al derecho colectivo, o dígase al derecho del Estado, los más radicales de nuestro grupo lo negaban en absoluto, otros lo achicaban sobremanera, y todos lo mirábamos con desconfianza. En cambio, los krausistas, a la par que afirmaban el derecho del individuo, afirmaban enérgicamente el derecho del Estado."

Efectivamente, como recordaba Echegaray, en todos los acontecimientos históricos de la segunda mitad del siglo XIX encontramos muestras de esa alianza en el "combate" entre krausistas y liberales. Lo que no está muy claro es cuándo la tendencia al estatalismo empezó a ser en los krausistas más fuerte que su defensa de la libertad individual. Un rastro de esta evolución se puede encontrar en la obra de Gumersindo Azcárate Estudios económicos y sociales, publicada en 1876, donde el autor critica lo que llama "escuela económico-individualista", entre cuyos miembros cita al francés Frédéric Bastiat.

La educación en la España de la Restauración

La Institución Libre de Enseñanza nació en agosto de 1875 con la idea de crear una Universidad Libre donde se garantizara la libertad de ciencia, que, según Giner de los Ríos y sus amigos, la universidad pública no respetaba. Entre sus primeros accionistas se encontraban conocidos liberales, como Figuerola, Gabriel Rodríguez, José Echegaray o Juan Valera.

El proyecto de crear una Universidad Libre resultó un fracaso. Por otra parte, dos discípulos de Giner, Bartolomé Cossío y Germán Florez, en el curso 1878-79 abrieron una escuela infantil que empezó a tener bastante éxito; tanto que Giner decidió abandonar el proyecto universitario y consagrarse a la nueva escuela y a la formación de sus maestros.

En la segunda mitad del siglo XIX, y por iniciativa alemana, se instauraron los Congresos Internacionales Pedagógicos, a los que acudían los pedagogos de la Institución, en los que tomaban buena nota de las ideas más modernas que corrían por Europa. En el verano de 1878 Torres Campos asistió como representante de la ILE a la Exposición Universal de París. De allí volvió convertido en un entusiasta de las nuevas ideas pedagógicas que estaban de moda en Francia. Era lo que se llamó la enseñanza intuitiva, de influencia roussoniana, que proclamaba el abandono de la enseñanza tradicional por ser demasiado memorística y abstracta.

La filosofía de la educación que Rousseau había expuesto en el Emilio tenía para los institucionistas de Giner de los Ríos un doble atractivo. Por un lado, la aparente libertad en la que el joven Emilio crecía, siempre guiado por la naturaleza y sin que aparentemente nadie ejerciera autoridad alguna sobre él, debió de sonar a gloria en los oídos de los pedagogos renovadores y "liberales" de la ILE; y, por otro, no cabía duda de que el Emilio resultaba un magnífico manual para lograr la regeneración social y cultural a través de la educación con que siempre habían soñado los discípulos de Friedrich Krause.

En 1882 se celebró en Madrid el Congreso Nacional Pedagógico. En él se discutió sobre la obligatoriedad, la gratuidad, el carácter de la enseñanza primaria, el método intuitivo, la cultura de la mujer, las condiciones de los maestros y las Escuelas Normales. Por boca de Cossío, la ILE definió su postura respecto a una de las cuestiones más discutidas de la época: el papel de la enseñanza media. Para los institucionistas, la primera y segunda enseñanza debían fundirse de forma que sólo hubiera dos periodos en la educación del hombre: uno de educación integral y general, para todos los individuos, y otro de educación especial, facultativa, técnica o universitaria.

"Los legisladores empiezan a no saber qué hacer con la segunda enseñanza, y de aquí todos esos tanteos, en el fondo de los cuales palpita, aunque tal vez aún con inseguridad, esta idea: o la segunda enseñanza está llamada a desaparecer por inútil, retórica y abstracta, o tiene que fundirse con la primera, como parte de esta misma, adoptando en absoluto su carácter."

De aquel congreso lo más destacable fue el enfrentamiento entre la ILE y los maestros de la escuela pública, que acusaron a los discípulos de Giner de ocuparse solamente de los niños "privilegiados del talento o de la fortuna", algo que hirió profundamente al maestro, que se fue de allí sintiéndose incomprendido. El congreso acabó abriendo una enorme brecha entre la ILE y la enseñanza pública.

En los últimos años del siglo XIX los principales puntos de discusión se centraban en la libertad de enseñanza, esto es: quién podía abrir colegios y bajo qué control del Estado, cómo se regularían esos colegios, qué titulación oficial debían tener sus profesores y cómo se examinaría a los alumnos. Estas discusiones tenían como punto más recurrente los derechos adquiridos por la Iglesia en materia educativa. Hay que tener en cuenta que, durante la Restauración, la Iglesia tenía, prácticamente, el monopolio de la enseñanza secundaria. En 1900, por ejemplo, había 59 institutos públicos y 466 colegios religiosos. Este poder de la Iglesia obsesionaba tanto a los liberales que, a pesar de sus principios, intentaron poner trabas a la enseñanza libre.

El 18 de abril de 1900 se creó el Ministerio de la Instrucción Pública y de las Bellas Artes. El primer ministro sería el antiguo liberal reconvertido en conservador Antonio García Alix, al que sucedió el Conde de Romanones.

Los políticos liberales no estaban ya dispuestos a poner al día sus ideas sobre el papel del Estado en la educación de los ciudadanos y, dado que los discípulos de Giner habían desarrollado una completa teoría sobre la educación y representaban el frente que se oponía al poder de la Iglesia, depositaron en ellos su confianza e hicieron suya la pedagogía de los institucionistas, a pesar de que éstos se habían inspirado en las ideas de Rousseau y a pesar de que cada día eran más propicios a recibir los favores del Estado.

La eterna cuestión de la libertad de enseñanza dejará poco a poco de preocupar. Las ideas liberales irán desapareciendo del terreno de la instrucción. Frente al poder de la Iglesia se levantará un nuevo e indiscutible poder: el del Estado. El nuevo liberalismo tomará carácter más social y conservará casi como única seña de identidad su anticlericalismo.

La Escuela Nueva de Núñez de Arenas

Otra de las cuestiones poco explicadas en la historia de la educación española es cómo el modelo pedagógico de la Institución Libre de Enseñanza llegó a convertirse, en 1918, en el modelo educativo del PSOE. Pues bien, para entenderlo es preciso hablar de lo que fue la Escuela Nueva de Madrid y de su fundador, Manuel Núñez de Arenas.

Núñez de Arenas nació en Madrid el 1 de abril de 1886 en el seno de una familia de clase media acomodada e ilustrada, y estudió el bachillerato en el colegio de los jesuitas de Chamartín. Después marchó a Francia para estudiar Ciencias Químicas, pero antes de terminar la carrera regresó de nuevo a España y se licenció en Filosofía y Letras. Ingresó en las filas del PSOE en 1909, y un año después fundó la Escuela Nueva. Fue miembro de la comisión ejecutiva del PSOE desde 1918 hasta 1921.

La que se llamó Escuela Nueva de Madrid nació como una asociación cultural que pretendía establecer lazos de unión entre intelectuales y obreros. La idea de Núñez de Arenas fue formar unos grupos de profesores y literatos que, de cuando en cuando, tuvieran reuniones en la Casa del Pueblo con obreros y trabajadores manuales. El primer año de su existencia la Escuela mantuvo un carácter abierto y poco politizado. En ciertos sectores socialistas no estaba muy bien vista, pero poco a poco se fue politizando y, dos años después de su creación, en septiembre de 1912, fue admitida como participante en el IX Congreso del PSOE, del que salió definida como "centro de estudios socialistas".

La Escuela Nueva luchó durante toda su existencia por mantener el doble carácter de centro social e intelectual. Llegó a tener un local propio en la madrileña calle del Prado. En 1918 tenía ya 104 socios: muchos de ellos eran profesores de enseñanza media, y una tercera parte militaba en las filas del Partido Socialista. En el Congreso del partido que se celebró ese año la Escuela presentó una ponencia, Bases para un programa de Instrucción Publica, que se convirtió, a partir de entonces, en el programa socialista para la educación.

En las bases de aquella ponencia se reclamaban la gratuidad de la enseñanza en todos sus grados y la organización de las escuelas de acuerdo con el principio de la "unificación", que, según se definía en el texto, suponía la desaparición de todas las barreras que separaban la enseñanza primaria de la secundaria y a ésta de la superior, y que hacían de ellas verdaderos compartimentos estancos. Una unificación que debería hacerse tanto en los planes de estudio como con el personal docente.

Se puede decir que, a partir del congreso del PSOE de 1918, el proyecto pedagógico de los socialistas estuvo totalmente influido por la Institución Libre de Enseñanza. No es de extrañar que al socialismo de Pablo Iglesias le conviniera perfectamente la falacia de educación liberal creada por Rousseau, con su idea de que educar es conducir la conciencia del niño para que, buenamente, renuncie a sus deseos de libertad y ponga su voluntad en manos del Estado. En cuanto al modelo de escuela unificada, se entiende también que encajara perfectamente en la política igualitaria de los socialistas españoles.

Cuando la izquierda republicana llegó al poder, en 1931, el Ministerio de Instrucción Pública inició los cambios necesarios para cumplir su sueño de escuela unificada, pero el Gobierno republicano no llegó a instaurar ni siquiera las fases previas, por una parte porque no tuvo tiempo y, por otra, porque los grupos afectados se opusieron fuertemente a ello.

Una escuela antiliberal

El pensador liberal francés Jean-François Revel decía que el mal que hoy aqueja a la enseñanza francesa arrancaba del movimiento del 68, que nació en Estados Unidos con un carácter fundamentalmente antiautoritario y de revolución de costumbres y que, al trasladarse a Europa, se vio rodeado de todos los tópicos de la izquierda más totalitaria. Para él, la pedagogía que desde entonces ha dominado en Europa se inspiró en dos principios fundamentales. Uno de ellos era un feroz antiliberalismo, que ha llevado al profesorado a combatir abierta y decididamente la sociedad capitalista; el otro, la idea de que la simple transmisión del conocimiento era reaccionaria.

Pues bien, estos males que el intelectual francés denunciaba cuando hablaba de la enseñanza francesa son perfectamente trasladables a la educación española, y, si bien es verdad que se empiezan a hacer evidentes a partir de las revueltas del 68, su germen estaba ya sembrado en el primer tercio del siglo XX.

A partir del llamado mayo del 68 fue extendiéndose la idea de que el único sistema "equitativo" de educación era aquél que procurase la misma instrucción a todos los ciudadanos durante el mayor tiempo posible. En Inglaterra, los laboristas impusieron las llamadas Comprehensives Schools en 1976; en ellas, los escolares reciben la misma formación hasta los 16 ó 18 años. En Suecia, el Gobierno socialdemócrata había implantado un sistema parecido en 1970. Se trata de un sistema unificado donde la enseñanza secundaria es una mera continuación de la primaria y donde el bachillerato es prácticamente inexistente. Es decir, aquel modelo de escuela unificada que los institucionistas habían defendido, que el PSOE había adoptado en 1918 y que, como todo el mundo sabe, en España se implantó con la ley socialista de 1990, la Logse.

Por otra parte, la filosofía pedagógica que domina hoy en el terreno de la educación sigue siendo de inspiración puramente roussoniana: educar es más importante que instruir, el niño debe construir sus propios conocimientos, el profesor nunca ha de forzar al niño sino acompañarle en su autoaprendizaje, la disciplina no se ha de imponer, la enseñanza memorística y abstracta no sirve para nada, los exámenes son una rémora autoritaria y sólo sirven para traumatizar al alumno.

Por si fuera poco, nada queda ya de las cautelas de los liberales de Cádiz sobre el papel que había de corresponder al Estado en la instrucción de los ciudadanos, o del miedo del duque de Rivas a que algún Gobierno sucumbiera a la tentación de esclavizar el pensamiento de los individuos. Ni siquiera se reclama, como hacía Condorcet, que la instrucción sea pública y la educación, privada. Cada día el Estado asume nuevas tareas educativas, que son recibidas con aplausos por la mayor parte de eso que se llama "comunidad educativa".

Si los políticos liberales de principios del siglo XX se hubieran preocupado por elaborar una teoría sobre la educación de acuerdo con sus convicciones habrían podido darse cuenta de que, como dice Isaiah Berlin, Rousseau fue "uno de los más siniestros y más formidables enemigos de la libertad en toda la historia del pensamiento moderno". Si hubieran mantenido las cautelas hacia la estatalización de la enseñanza o si hubieran, al menos, mantenido los principios de Condorcet, quizás no habríamos llegado a la situación actual, en la que no solamente no se encuentra ni rastro de pensamiento liberal en la escuela pública, sino que, además, su profesorado está convencido de que sólo el sistema público de enseñanza puede ser socialmente justo y respetuoso con la libertad de conciencia.
por Alicia Delibes
en http://www.liberalismo.org/articulo/401/46/desaparicion/pensamiento/liberal/educacion/

lunes, 9 de abril de 2012

La reivindicación del Estado

Los anarquistas proponen la eliminación del Estado. Los marxistas adhieren al ensanchamiento del Estado pero como medida transitoria, dado que una vez abolida la propiedad privada y alcanzado los objetivos igualitarios la meta póstuma de estos consiste en la eliminación de mismo. El fascismo o movimientos afines como el peronismo confunden al Estado con el partido y lo convierten en un instrumento electoral (antes que institucional) al servicio del caudillo, la familia o la camarilla gobernante.

En sentido contrario, los que defendemos las ideas en favor de la libre iniciativa y del mercado, lejos de querer eliminar o desnaturalizar al Estado, lo reivindicamos de veras. Pero dicha reclamación no es a ese Estado que obra de rodillo compresor aplastando las iniciativas individuales; no al Estado-Partido que está al servicio electoral, proselitista o comercial de sus ocasionales usurpadores; no al Estado que opera como un antro para hacer negociados con plata de los contribuyentes; no al Estado como Mega-Empleador en el que todos pujan por colocar familiares o amigotes en dependencias inútiles; no al Estado Subsidiante al cual hay que extorsionar o presionar para arrancarle becas, pensiones y prebendas entre otros privilegios crematísticos.

Desde aquí proclamamos y reivindicamos al Estado no como estructura enemiga de la propiedad privada (ni siquiera complementaria), sino al Estado en cuanto entidad que debe precisamente custodiar y defender la propiedad privada y la libre iniciativa. ¿Quién sino el Estado para obrar de garante de que los individuos no se dañen entre sí en sus bienes físicos o materiales?

De la misma manera en que estar a favor de las garantías jurídicas no tiene absolutamente nada que ver con abrazar los infantilismos garantistas, la reivindicación del Estado nada tiene que ver con el estatismo.

Luego, la reivindicación del Estado constituye la mejor forma de defender lo privado.
Nicolás Márquez en La Prensa Popular,Edición 96, 9 de Abril de 2012
http://www.laprensapopular.com.ar/4626/la-reivindicacion-del-estado

martes, 31 de enero de 2012

Libertades que son el pan de cada día


Por Juan Bautista Alberdi
"Pero es condición esencial de la libertad moderna que una parte de su ejercicio sea delegada por el país a un cierto número de mandatarios o representantes. Así, el gobierno del país por el país, en que consiste la libertad verdadera, lejos de excluir la existencia de un gobierno delegado por el país gobernante, no puede un pueblo soberano gobernarse a sí mismo sino por medio de delegados, que desempeñan en su nombre la gestión de su poder o libertad colectiva, en la forma, en el número defunciones y en los objetos determinados por una gran ley, que se llama" Constitución". 
 
"Esa delegación abraza esencialmente una mitad del poder del país delegante, y es la que toma el nombre de "gobierno" propiamente dicho. La otra mitad del poder popular, queda sin ser delegada, en manos del país mismo, que la ejerce de un modo inmediato y directo; esta es la que principalmente se llama "libertad". "Esta reserva es la condición natural de toda delegación discreta. El que delega todo su poder y no se reserva ninguno, se constituye esclavo, siervo o pupilo de su mandatario. No hay más que un medio de impedir que el mandatario ceda al instinto natural de apropiarse el poder ajeno depositado en sus manos, y es que el país se reserve otra porción de su poder para impedirle ese abuso, siempre posible y casi siempre probable. 

"Esta porción de su gobierno, que el país se reserva para ejercer directa e inmediatamente por símismo, se compone, más o menos, de los siguientes "poderes, atribuciones, garantías ", que son como el decálogo social del hombre libre:"

1.° La libertad o el poder de elegir a sus mandatarios, delegatarios o representantes;"
2.° La libertad o el poder de discutir los actos y la conducta pública del poder delegado, de instruir, de aconsejar, de informar, de censurar, de desaprobar, de combatir sus medidas, por todos los medios y vías de publicidad constitucional;"
3.° El poder o la libertad de celebrar congresos o reuniones para discutir en público por la palabra, la conducta del Gobierno, las medidas que el país desea, las cuestiones públicas que interesan a una institución, a una elección, a un trabajo, a un cambio o reforma de utilidad general;"
4.° El poder o la libertad de perpetuar esas asociaciones como medio de mantener un espíritu público, una opinión general, siempre dispuesta a ser consultada y manifestada en los casos necesarios;"
5.° La libertad o el poder de administrar los negocios locales o provinciales, que no han sido, ni deben, ni pueden ser delegados al Gobierno general o central de la nación;"
6.° La libertad o el poder de pensar, de estudiar, de aprender, de creer, de enseñar, de educar, de instruir, (de que hace parte la libertad de los cultos, simples medios populares de educar las almas y los corazones) ;"
7.° La libertad o el derecho civil y social de gobernar y administrar su propia persona privada, su propia familia, su propio hogar, su propio peculio y su propia industria y trabajo privado, en que ese peculio tiene origen, sin intervención del país ni del Gobierno, cuando ni el país ni el Gobierno son ofendidos en ello;"
8.° La libertad o el poder de armarse voluntariamente, para componer la fuerza exigida por la defensa. del país, contra toda usurpación de su derecho, tanto externa como interna;"
9.° La libertad o el poder de irse del país o de venir al país, de circular en su territorio, de elegir su domicilio, de formar poblaciones, de crear establecimientos y poblarlos por inmigrados extranjeros, traídos por vía de industria privada;"
10.° La libertad o el poder de trabajar en toda industria, para comer, vivir y enriquecer, reservada por igual a todos los habitantes, sin desmentida ni revocada por monopolios y privilegios;"
11.° La libertad o el poder de adquirir, de poseer, de enajenar, de ceder y trasmitir su bien en toda forma y por toda vía, sin limitación ni restricción."

Otra de las condiciones alimenticias de la libertad es el desarrollo del trabajo industrial en el país. Sólo es libre el país que es rico, y sólo es rico el país que trabaja libremente. 

La libertad es poder, siempre que el poder nace de la riqueza; pero la riqueza que nace del poder no es libertad, porque nace del ocio, no del trabajo. La libertad deja de existir en el país que convierte su política en industria de enriquecer y vivir. 

Cuando un país cae en esa degradación, no le queda salud sino en la conquista del trabajo como educación; y el solo ejército que sirve para operar esa conquista, es una inmigración de trabajadores inteligentes. 

No se alucine Sud América con su fértil suelo. Su fertilidad no la dará la riqueza, que vive en el hombre laborioso, no el suelo. No hay mejor medio de traer riquezas y capitales extranjeros al país, que traer inmigraciones de trabajadores inteligentes y laboriosos."
por Juan Bautista Alberdi en "Peregrinación de Luz de Día" Parte 3, Capítulo XXI, Libertades que son el pan de cada día.

lunes, 30 de enero de 2012

La moral del desastre

por Armando Ribas
No hay una verdad en moral mejor expresada que la dicha por Ayn Rand al respecto: “Una moralidad que no puede ser practicada, es una excusa ilimitada para cualquier práctica”. Y esta es la situación en que nos encontramos hoy en este mundo supuestamente globalizado, se ha aceptado como principio que es inmoral la diferencia de ingresos intra e interpaíses. Podría decir entonces con Thomas Sowell que “ Un peligro puede ser mortal sin ser inmediato”. Y ¿Cuál es ese peligro? Puede haber dudas para dar una respuesta definitiva al respecto, por tanto antes de atreverme a tal empresa creo conveniente hacer algunas consideraciones previas.

La primera de ellas es histórica y ética por supuesto. La humanidad vivió por milenios en la más augusta pobreza, y sujeta a toda clase de enfermedades y a la guerra concebida como único medio de sobrevivir. Ese mundo hostil lo encontramos descrito en el Génesis. Cuando Dios echó a Adán Y a Eva del paraíso le dijo al primero: “Estarás sujeto a las enfermedades y a la muerte y ganarás el pan con el sudor de tu frente” La moral universalizada a través de as organizaciones internacionales, gobiernos y la media nacional e internacional, parecen ignorar aquella admonición del Señor. Así se ha aceptado la inalienabilidad de los llamados derechos humanos. Ya en el siglo XVIII Edmund Burke en sus comentarios a la Revolución Francesa había dicho:” Hay tanta gente obsesionada con los derechos del hombre, que han perdido la noción de su naturaleza”. Y yo diría que tal aseveración es hoy más que válida en referencia a los Derechos Humanos En ese sentido el artículo 25 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos establece:

ART. 25. “ Toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia , la salud y el bienestar, y en especial la alimentación, el vestido, la vivienda, la asistencia médica y los servicios sociales necesarios...”

Hemos convertido al necesidad en derechos, con lo cual, de hecho pretendemos enmendar al Génesis. O sea la palabra de Dios, y consecuentemente ignorar la naturaleza humana, y así como la realidad de la naturaleza en si, donde nada de lo que se establece como derecho existió, sino que vino por el arte del hombre. Y perdón se me olvidaba que también le dijo a Eva: “Parirás con dolor”.Que yo sepa eso ya no se cumple a partir de la anestesia, y aunque no está definido específicamente en el artículo citado no creo que no se considere un derecho el parir sin dolor. Ahora bien para que algo se convierta en un derecho, ese algo debe de existir y la historia nos muestra que ese “algo” sólo comenzó a existir hace muy poco tiempo Por ejemplo, la electricidad, la penicilina, la anestesia, los teléfonos, el agua corriente, por solo citar algunos ejemplos de los bienes que caracterizarían un nivel de vida adecuado conforme a la definición del artículo citado. El corolario de esta visión que Sowell denominaría de los “ungidos” es que si alguien no dispone de eso bienes es porque hay alguien que se lo impide. O sea la maldad del egoísmo que impera en el mundo a causa del malhadado sistema capitalista. ¿No?

Antes de continuar el análisis ético, volvamos a la historia y a la filosofía, empezando con el pensamiento sublime de Rousseau, tal como fuera expuesto en sus dos discursos:”Sobre las Ciencias y las Artes” y Del Origen de las Desigualdades del Hombre”.En el primero de estos discursos que le valiera el premio de La Academia de Dijon, sostuvo que tan pronto como las ciencias y las artes aparecían en el horizonte, así volaban la moral y las buenas costumbres. Es decir que este amigo del hombre lo quería volver al estado de naturaleza del buen salvaje. En el segundo este representante dilecto de los ungidos(socialista) sostuvo que el origen de las desigualdades surgió del reconocimiento de la propiedad privada. Por consiguiente tiene como presupuesto ético fundamental” que la tierra no es de nadie y sus frutos de todo el mundo. Parecería evidente que este pensamiento subyace en el artículo citado.

Fue Karl Marx el siglo XIX que siguiendo la doctrina rouseauniana sostuvo que el origen de la propiedad privada era la explotación, por tanto la inmoralidad del egoísmo de los hombres. Pero no obstante esta descalificación ética de la propiedad en el Manifiesto Comunista, reconoce que su odiada burguesía en solo cien años de poder había creado más riqueza que todas las generaciones anteriores juntas(SIC) Marx a diferencia de Rousseau no quería volver al estado de naturaleza, sino superar la escasés para alcanzar el reino de la libertad., y supuestamente el fin de la historia, pues se habría eliminado los antagonismos. ¿Qué diría si hubiera podido ver el tercer milenio y corroborar el fracaso de su discípulo dilecto Lenin , quien siguiendo sus directivas expropió a los expropiadores mediante la dictadura del proletariado?.

Marx pese a que le reconociera el éxito económico del mal llamado capitalismo, lo descalificó ética y psicológicamente, mediante sus teorías de la explotación y de la alineación respectivamente. Aunque parezca mentira esos presupuestos anticapitalistas sublimados y pretendidamente racionalizados científicamente por Imperialismo Etapa Superior del Capitalismo, siguen vigentes, y de hecho subyacen la ética prevaleciente en la concepción de los Derechos Humanos concebida por los ungidos. En este ensayo Lenín sostuvo la tesis de que los caspitalistas cuando ya no podían explotar más en los países desarrollados, exportaban sus capitales a los subdesarrollados para continuar la explotación e incrementar sus ganancias. Es lo que se ha denominado el neocolonialismo, conforme al cual la inversión extranjera es similar a la colonización europea de Asia y Africa. Pero la realidad sigue siendo tal como la describiera Ayn Rand cuando expresó: “El capitalismo no inventó la pobreza, la heredó”.

Esta visión ética es la prevalece en esta nueva encrucijada política que vive la humanidad y que Samuel Huntington, erróneamenre a mi juicio calificara como “ El Enfrentamiento de las Civilizaciones”. Cualquiera que oye la constante prédica política nacional e internacional sobre la injusticia de la pobreza podrá darse cuenta que no existen diferencias sustaciales entre el Occidente racionalista y cristiano, y el supuesto Oriente fanático islamita. Sorprendentemente, la China que desde hace veinte años crece a la tasa del 9% por año no parece tomar partido en esta disputa ética. La China ha superado el desastre del Gran Salto hacia delante y de la Revolución Cultural dando un Gran Salto hacia Atrás. Es decir en términos marxistas ha abandonado la síntesis (socialismo) y ha vuelto a la antítesis (capitalismo) Y ese vuelco al capitalismo donde se reconoció públicamente el derecho de propiedad que se cuestiona en Occidente a través de los derechos humanos,ha sido llevado a cabo por el partido comunista en el poder, que ni hace terrorismo ni amenaza con las bombas nucleares de que dispone desde la época de Mao.

Es evidente entonces que ante esa visión ética de la supuesta inmoralidad e injusticia, hay alguien culpable de no repartir “los frutos de la tierra que son de todos” y que ahora se denominan dólares o euros. No hay otro culpable por supuesto que el egoísmo de los capitalistas, que solo se preocupan de incrementar sus ganancias. Así reina éticamente el socialismo, no obstante sus fracasos, y nos encontramos en la situación que describiera Von Misses hace más de 80 años, cuando en su Socialismo, dijo que el problema con el socialismo es que aun los que se le oponen, aceptan sus premisas esenciales.(SIC). Pero esta batalla ética que se está perdiendo en nombre de la igualdad y del pueblo parte de una premisa falsa. Esa premisa es que el egoísmo es solo el de los capitalistas (que producen), y la generosidad de los políticos (Que reparten). Se ignora así que a través de la historia la mayor manifestación del egoísmo-interés propio-fue siempre la obtención del poder político.

El otro error trascendente en las premisas éticas del socialismo es el considerar al mercado como una entelequia en la que privan los intereses privados y al Estado como otra entelequia que supuestamente representa como tal al interés general.Esta última falacia fue reconocida por el propio Marx, cuando discutiendo la Filosofía del Derecho de Hegel , dijo que los burócratas terminan por convertir sus interese particulares en intereses generales. La realidad es que el mercado no es más que un nombre que denomina al ejercicio de los derechos individuales, en tanto que el Estado es la lid del poder que sae ejerce por los políticos que lo forman.

Está visto que vivimos en el mundo previsto por Trasímaco cuando dijo refiriéndose a la naturaleza humana:”Su psicológica realidad es simple; el está para obtener lo que quiere y lo que quiere está estrechamente circunscrito: poder y placer son sus intereses exclusivos Para obtener lo que quiere este lobo debe usar el ropaje de la oveja de los valores morales convencionales. Su mascarada puede ser llevada a cabo poniendo el vocabulario de la moral convencional al servicio de sus propósitos privados”.O sea lo que vemos hoy y que también había sido descrito por Aristóteles cuando refiriéndose a la demagogia expresó que los aduladores del pueblo tendrían un gran partido (SIC)

Me voy a atrever entonces a contestar la pregunta inicial, y el gran peligro mortal es la demagogia universal que amenaza destruir al único sistema al que le debemos la creación de la riqueza que hoy se pretende distribuir El resultado será más pobreza y más enfrentamientos no de civilizaciones sino de interese políticos en nombre del pueblo y de la soberanía nacional. Es la consecuencia de justificar la delincuencia y el terrorismo ya fuere racional( marxista) o religioso (Fanatismo islámico) que es la forma de la guerra del tercer milenio. Y esa es la forma, pues una vez más los que la declaran no son los que sufren las consecuencias , como sería el caso de una guerra nuclear. Así el fanatismo racional o religioso es usado por los que detrentan el poder político.
en http://www.clubdelprogreso.com/index.php?sec=04_05&sid=17&id=4004

jueves, 26 de enero de 2012

¿Por qué se oponen los intelectuales al capitalismo?

Por Robert Nozick
Es sorprendente que los intelectuales se opongan de tal modo al capitalismo. Otros grupos de estatus socioeconómico comparable no muestran el mismo grado y medida de oposición. Estadísticamente, por tanto, los intelectuales constituyen una anomalía.

No todos los intelectuales están en la izquierda.. Como ocurre con otros grupos, sus opiniones se extienden a lo largo de una curva. Pero en su caso, la curva se desvía y se tuerce hacia la izquierda política. La proporción exacta de lo que denominamos anticapitalista depende de cómo se fijen los límites: de cómo se interprete la postura anticapitalista o de izquierdas y de cómo se distinga al grupo de los intelectuales. Las proporciones pueden haber cambiado algo en los últimos tiempos, pero por término medio los intelectuales se sitúan más a la izquierda que los que tienen su mismo estatus socioeconómico. ¿Por qué?

No entiendo por intelectuales a todas las personas inteligentes con cierto nivel de educación, sino a aquellos que, por vocación, tratan con las ideas, según se expresan en palabras, moldeando el flujo de palabras que otros reciben. Estos forjadores de palabras incluyen a los poetas, novelistas, cánticos literarios, periodistas de diarios y revistas y numerosos profesores. No incluyen a aquellos que primordialmente crean y transmiten información formulada cuantitativa o matemáticamente (los forjadores de números) o los que trabajan con medios visuales, pintores, escultores, cámaras. Contrariamente a los forjadores de palabras, la gente que se dedica a estas profesiones no se opone al capitalismo de un modo desproporcionado. Los forjadores de palabras se concentran en ciertos ámbitos ocupacionales: las instituciones académicas, los medios de comunicación de masas, la administración.

Los intelectuales forjadores de palabras se desenvuelven bien en la sociedad capitalista; en ella disponen de amplia libertad para formular, desarrollar, propagar, enseñar y debatir las ideas nuevas. Hay demanda de sus destrezas profesionales, estando sus ingresos muy por encima de la media. ¿Por qué entonces se oponen al capitalismo de un modo tan exagerado? De hecho, algunos datos indican que cuanto más próspero es un intelectual y cuanto más éxito tiene, más probable es que se oponga al capitalismo. Esta oposición al capitalismo procede principalmente "de la izquierda", pero no exclusivamente. Yeats, Eliot y Pound se oponían a la sociedad de mercado desde la derecha.

La oposición de los intelectuales forjadores de palabras al capitalismo es un hecho de trascendencia social. Dan forma a nuestras ideas e imágenes de la sociedad; establecen las alternativas de actuación que analizan las administraciones. Entre tratados y lemas, nos proporcionan las frases con que expresamos. Su oposición es importante, especialmente en una sociedad (a menudo denominada "post-industrial") que cada vez depende más de la formulación explícita y de la propagación de la información.

¿Debemos realmente buscar una explicación específica del porqué los forjadores de palabras se oponen de forma desproporcionada al capitalismo? Consideremos la respuesta directa que sigue: el capitalismo es malo, injusto, inmoral o inferior y los intelectuales, al ser inteligentes, se dan cuenta de esto y por tanto se oponen a ello.

Esta sencilla explicación no tiene validez para aquellos que, como yo mismo, no piensan que el capitalismo, el sistema de la propiedad privada y del libre mercado, sea malo, injusto, malvado o inmoral. Los lectores que discrepan deben observar que incluso una creencia verdadera puede no tener una explicación directa: se podría creer en ella debido a algunos factores distintos de su veracidad, tales como la socialización y la integración cultural.

Hay algo en el modelo de oposición de muchos intelectuales que indica, pienso yo, que no se trata sólo de que se percaten de la verdad sobre el capitalismo. Porque cuando se refuta una u otra de las quejas concretas acerca del capitalismo (quizás la de que conduce al monopolio, o a la contaminación, o a demasiadas desigualdades, o la de que implica la explotación de los trabajadores, o deteriora el entorno, o conduce al imperialismo, o causa guerras, o impide el trabajo responsable, o trata por todos los medios de satisfacer los deseos de la gente, o estimula la falta de honradez en el mercado, o produce en función de los beneficios y no de la utilidad, o frena el progreso para aumentar los beneficios, o desbarata los modelos tradicionales para aumentar los beneficios, o conduce a la sobreproducción, o a la infraproducción), cuando se demuestra y se acepta que la queja tiene una lógica imperfecta, o supuestos imperfectos en tomo a hechos, la historia o la economía, el que se queja no cambia entonces de opinión. Abandona el tema y rápidamente se lanza a otro. ("Pero, y el trabajo infantil, o el racismo que incorpora, o la opresión de las mujeres, o los barrios bajos de las ciudades, o que en épocas menos complicadas podíamos arreglamos sin planificar, pero ahora todo es tan complejo que..., o el anunciar seduciendo a la gente para que compre cosas o.. ) En el debate se abandona un punto tras otro. Lo que no se abandona sin embargo es la oposición al capitalismo. Porque la oposición no se hace sobre la base de esos puntos o quejas, y de ese modo no desaparece cuando ellos lo hacen. Hay una animadversión oculta contra el capitalismo. Esta animadversión suscita las quejas. Las quejas racionalizan la animadversión. Después de alguna resistencia, puede que se abandone una queja concreta y, sin volver la vista, se presentarán otras muchas con el fin de desempeñar la misma función: racionalizar y justificar el odio del intelectual al capitalismo. Si el intelectual estuviese sencillamente reconociendo los fallos o los errores del capitalismo, no encontraríamos esa animadversión. La explicación de esta oposición necesitará ser una explicación no sencilla que también tenga en cuenta la animadversión.

Se puede plantear la objeción de que la explicación es sencillamente la obvia, según la cual las personas inteligentes pueden tener simplemente una tendencia natural a mirar a su alrededor y criticar lo que está mal. O que forma parte de la naturaleza de la actividad creativa e innovadora el hecho de generar una mente escéptica que rechaza el orden establecido. Pero ¿por qué, entre los inteligentes, son especialmente los forjadores de palabras y no .los forjadores de números los que se inclinan hacia la izquierda? Si son de temperamento crítico, ¿por qué los forjadores de palabras son normalmente tan poco críticos con los programas "progresistas"? Si la actividad innovadora y creativa es la causa, ¿por qué ha de conducir al escepticismo y no a descubrir virtudes sutiles en las creencias y doctrinas establecidas? (¿No se dedicaron Dante, Maimónides y Santo Tomás de Aquino a la actividad intelectual creativa?) ¿Y por qué debe expresarse el escepticismo acerca del orden establecido, y no acerca de planes para alternativas globales que se supone mejorarán dicho orden? No, al igual que la idea de que el capitalismo es sencillamente malo y que los intelectuales son suficientemente listos para darse cuenta de ello, la explicación de que los intelectuales son críticos y escépticos por naturaleza no es satisfactoria. Estas "explicaciones" son demasiado interesadas; no encajan con los detalles de la situación. Debemos buscar la explicación en otra parte. Sin embargo, no debería sorprendemos que las explicaciones que se les ocurren resulten ser tan autocomplacientes cuando se ofrecen explicaciones, son los intelectuales quienes las ofrecen.

Podemos distinguir dos tipos de explicación para la relativamente alta proporción de intelectuales que se oponen al capitalismo. El primero considera que hay un factor exclusivo en los intelectuales anticapitalistas. El segundo tipo de explicación identifica un factor aplicable a todos los intelectuales, una fuerza que les impulsa hacia los puntos de vista anticapitalistas. El que empuje a algún intelectual concreto hacia el anticapitalismo dependerá de las otras fuerzas que actúan sobre él. En conjunto, no obstante, puesto que hace que el anticapitalismo sea más probable en cada intelectual, tal factor dará lugar a una proporción mayor de intelectuales anticapitalistas. Pensemos en el número, superior a lo normal, de personas que van a la playa en un día de sol. Puede que no seamos capaces de predecir si un individuo concreto va a ir -ello depende de todos los restantes factores que actúan sobre él- pero el sol hace más probable que cada persona vaya y de este modo conduce hasta un número total mayor de gente que va a la playa. Nuestra explicación será de este segundo tipo. Identificaremos un factor que hace que los intelectuales se inclinen hacia actitudes anticapitalistas, pero no lo garantiza en ningún caso concreto.

Teorías previas

Se han propuesto distintas explicaciones a la oposición de los intelectuales al capitalismo. Una de ellas, apoyada por los neo- conservadores, se centra en los intereses de grupo de los intelectuales 1. Aunque les va económicamente bien bajo el capitalismo, les iría aún mejor, según piensan, en una sociedad socialista en la que su poder sería superior. En una sociedad de mercado no hay concentración centralizada del poder y si alguien tiene poder, o parece tenerlo, es el empresario y hombre de negocios triunfador. Las recompensas de riqueza material son ciertamente suyas. En una sociedad socialista, sin embargo, serían los intelectuales forjadores de palabras los que nutrirían las burocracias gubernamentales, quienes marcarían la política a seguir y supervisarían la ejecución de la misma. Una sociedad socialista, piensan los intelectuales, es aquella en la que ellos gobernarían -idea que les resulta atractiva- lo cual no es ninguna sorpresa. (Recordemos que Platón, en la República, define la sociedad ideal como aquella en la que gobiernan los filósofos.)

Pero esta explicación, en términos de los intereses de grupo de los intelectuales, no es satisfactoria en sí misma. Incluso si entre los intereses de grupo de los intelectuales estuviese la transición a una sociedad socialista (y dejo de lado el carácter tan ilusorio de este proyecto), el colaborar con la transición a largo plazo no necesariamente favorece los intereses individuales de un intelectual concreto. Los neoconservadores cometen el mismo error que los marxistas al analizar el comportamiento de los capitalistas. Pasan por alto el hecho de que la gente actúa, no según los intereses de su grupo o clase, sino a tenor de sus intereses individuales. Favorecería el interés individual de todo intelectual el reservarse, mientras que los otros realizan la ardua tarea de construir una sociedad más favorable a los intelectuales 2. Podemos formular una explicación más clarificadora, no obstante. Si los intelectuales piensan que les iría mejor en una sociedad socialista, y así disfrutan leyendo acerca de las virtudes de tal sociedad y de las imperfecciones del capitalismo, ellos mismos constituirán un mercado fácil y sustancioso para tales palabras y, de ese modo, favorecerá los intereses de los intelectuales como individuos el producir tal festín de palabras para consumo de los demás intelectuales.

El economista F. A Hayek ha identificado otra razón por la que los intelectuales podrían estar a favor de una sociedad socialista. Se piensa de esa sociedad que está organizada siguiendo un plan consciente, es decir, una idea. Las ideas son la materia prima de los forjadores de palabras, y de este modo una sociedad planificada convierte en primordial aquello que constituye su labor profesional. Es una sociedad que encarna ideas. ¿Cómo podrían los intelectuales dejar de considerar a una sociedad tal como seductora y valiosa? Sin duda, podemos exponer las ideas que representa una sociedad capitalista, la libertad y los derechos individuales, pero estas ideas definen un proceso de libertad, no el modelo final resultante. Una ideología que desea estampar un modelo en una sociedad hará por tanto que una idea sea más fundamental para la sociedad y (a menos que la idea sea repugnante) resultará por tanto atractiva para los gustos especiales de los intelectuales, que son profesionales de las ideas.

Una explicación distinta se centra en cómo la motivación de la actividad intelectual contrasta con las motivaciones más altamente valoradas y recompensadas en la sociedad de mercado. La actividad capitalista -así se cuenta- está motivada por la codicia egoísta, pura y simple, mientras que la actividad intelectual está motivada por el amor a las ideas. Sin duda, este contraste es exagerado. Un capitalista puede desear ganar dinero para apoyar su causa o acción caritativa favorita. Una actividad empresarial puede estar motivada por sus propias recompensas intrínsecas, las recompensas del dominio, la competencia profesional y la labor cumplida. Sin duda, estas actividades pueden también aportar recompensas extrínsecas, pero igualmente puede un novelista que se mueve por motivos puramente artísticos obtener grandes derechos de autor. Y ¿está la propia actividad intelectual motivada siempre, únicamente, por sus recompensas intrínsecas? Se dice que los escritores (varones) escriben para lograr la fama y el amor de bellas mujeres. Tampoco están claramente ausentes las motivaciones competitivas en el mundo intelectual. Recordemos cómo Newton y Leibniz se pelearon sobre quién de los dos había inventado antes el cálculo, y cómo Crick y Watson corrieron a toda prisa para adelantarse a Pauling y ser los primeros en descubrir la estructura del ADN.

Pero aunque las motivaciones de la gente que triunfa económicamente bajo el capitalismo no precisan ser claramente inferiores a las de los intelectuales, no es menos verdad que en una sociedad capitalista las recompensas económicas tenderán a ser para los que satisfacen las demandas de otros expresadas en el mercado, para los triunfantes productores de lo que quieren los consumidores. Los intelectuales, igualmente, pueden satisfacer una demanda de mercado de sus productos, como se muestra en los elevados ingresos de algunos novelistas y pintores. Sin embargo, no es necesario que el mercado recompense el trabajo intelectualmente más meritorio; recompensará (parte de) lo que le gusta al público. Éste puede ser un trabajo de menos mérito, o puede no ser en absoluto un trabajo intelectual. El mercado, por su propia naturaleza, es neutral respecto al mérito intelectual. Si el mérito intelectual no es recompensado del modo más elevado, eso será por culpa, si hubiese culpa, no del mercado sino del comprador, cuyos gustos y preferencias se expresan en el mercado. Si hay más gente dispuesta a pagar por ver a Robert Redford que por escucharme dando una conferencia o por leer mis escritos, ello no implica una imperfección del mercado.

Al intelectual puede molestarle al máximo el mercado, no obstante, cuando ve una oportunidad de triunfar, desde el punto de vista económico, produciendo una obra que es de menor mérito a sus propios ojos. El verse tentado a degradar sus propios criterios de calidad para conseguir éxito y reconocimiento popular -o hacerlo de hecho- puede causarle un resentimiento contra el. sistema que le induce a caer en tales motivaciones y emociones de escaso gusto. (Los guionistas de Hollywood son el ejemplo paradigmático.) De nuevo, no obstante, ¿por qué culpa al sistema de mercado más que al público? ¿Le molesta un sistema que traza su camino hacia el éxito pasando por los gustos del público, un público menos agudo, instruido y refinado que él, un público que es intelectualmente inferior a él? (Sin embargo, la mayoría de los productores del mercado saben más acerca de su producto y de sus niveles de calidad que la mayoría de los consumidores.) ¿Por qué tienen los intelectuales que estar tan resentidos por tener que satisfacer las demandas del mercado si lo que quieren son los frutos del éxito de mercado? Siempre pueden, al fin y al cabo, elegir aferrarse a los niveles de su oficio y aceptar recompensas externas más limitadas.

El economista Ludwig von Mises explicó la oposición al capitalismo como un resentimiento por parte de los menos 3. Más que imputar su propia falta de éxito, en un sistema libre en el que otros iguales que ellos triunfan, al fracaso personal, la gente le echa la culpa a la naturaleza del sistema mismo. Sin embargo, los hombres de negocios fracasados, por lo general, no culpan al sistema. Y, ¿por qué culpan al sistema los intelectuales en lugar de a sus conciudadanos insensibles? Dado el alto grado de libertad que un sistema capitalista concede a los intelectuales y dado el cómodo estatus de que gozan los intelectuales dentro de ese sistema, ¿de qué culpan al sistema? ¿Qué esperan de él?

La formación académica de los intelectuales

Los intelectuales de ahora confían en ser las personas más altamente valoradas en una sociedad, los de más prestigio y poder, los que obtienen mayores recompensas. Los intelectuales se consideran con derecho a esto. Pero, en general, una sociedad capitalista no honra a los intelectuales. Mises explica el resentimiento particular de los intelectuales, en contraste con los trabajadores, diciendo que se mezclan socialmente con capitalistas triunfadores y que por ello les consideran como un grupo de referencia destacado y les humilla su estatus inferior. Sin embargo, incluso aquellos intelectuales que no se mezclan socialmente están resentidos de un modo similar, a la vez que simplemente el puro mezclarse no basta -los instructores de deportes y de danza que trabajan para los ricos y tienen líos con ellos no son especialmente anticapitalistas.

¿Por qué entonces los intelectuales contemporáneos se sienten con derecho a las más altas recompensas que su sociedad puede ofrecer, y molestos cuando no las reciben? Los intelectuales piensan que son las personas más valiosas, las de mayor mérito, y que la sociedad debería premiar a la gente en función de su valía y mérito. Pero una sociedad capitalista no cumple el principio distributivo "a cada uno según sus méritos o valía". Aparte de los regalos, las herencias y las ganancias del juego que se dan en una sociedad libre, el mercado distribuye a aquellos que satisfacen las demandas de los demás expresadas a través del mercado, y lo que distribuya de este modo depende de lo que se demande y del volumen del suministro alternativo. Los empresarios fracasados y los trabajadores no sienten la misma animadversión al sistema capitalista que los intelectuales forjadores de palabras. Solamente la conciencia de una superioridad no reconocida, o de unos derechos traicionados, produce esa animadversión.

¿Por qué piensan los intelectuales forjadores de palabras que son valiosísimos, y por qué piensan que la distribución debe hacerse de acuerdo con su valía? Obsérvese que esto último no es un principio necesario. Se han propuesto otros modelos de distribución, incluyendo la distribución paritaria, la distribución según el mérito moral, la distribución según la necesidad. De hecho, no es necesario que haya modelo alguno de distribución que la sociedad esté tratando de alcanzar, incluso una sociedad preocupada con la justicia. La ecuanimidad de una distribución puede residir en su planteamiento desde un proceso justo de intercambio voluntario de propiedades y servicios justamente adquiridos. Cualquier resultado que se produzca en ese proceso será justo entonces, pero no existe un modelo concreto al que deba ajustarse el resultado. ¿Por qué entonces los forjadores de palabras se consideran valiosísimos, y aceptan el principio de distribución según la valía?

Desde los comienzos del pensamiento documentado, los intelectuales nos han dicho que su actividad es valiosísima. Platón valoraba la facultad racional por encima del valor y de las apetencias y consideraba que los filósofos deberían gobernar; Aristóteles sostenía que la contemplación intelectual era la actividad suprema. No es sorprendente que los textos que nos han llegado registren esta alta valoración de la actividad intelectual. Las personas que formularon valoraciones, que las escribieron con razones para respaldarlas, eran intelectuales, después de todo. Se ensalzaban a sí mismos. Los que valoraban más otras cosas que el meditar sobre las cosas usando palabras, ya fuese la caza o el poder o el placer sensual ininterrumpido, no se preocupaban por dejar informes escritos duraderos. Sólo los intelectuales elaboraron una teoría acerca de quién era mejor.

¿Qué factor provocó la sensación, por parte de los intelectuales, de que tenían un valor superior? Voy a centrarme en una institución concreta: las escuelas. A medida que el conocimiento libresco se hizo cada vez más importante, se extendió la escolarización -enseñar a los jóvenes a leer y familiarizarse con los libros. Las escuelas se convirtieron en la principal institución al margen de la familia para forjar las actitudes de los jóvenes, y casi todos los que más tarde se convirtieron en intelectuales pasaron por la escuela. Allí triunfaron. Se les juzgaba frente a otros y se les consideraba superiores. Se les ensalzaba y premiaba, eran los favoritos de los profesores. ¿Cómo podrían dejar de sentirse superiores? Diariamente experimentaban diferencias en la facilidad para las ideas, en el ingenio. Las escuelas les decían, y les demostraban, que eran los mejores.

Las escuelas, también, exhibían y por tanto enseñaban el principio de la recompensa de acuerdo con el mérito (intelectual). Al intelectualmente meritorio se dirigían las alabanzas, las sonrisas de los profesores y las calificaciones más altas. En la moneda que ofrecían las escuelas, los más inteligentes constituían la clase alta. Aunque sin que formase parte de los currículos oficiales, en las escuelas los intelectuales aprendían las lecciones acerca de su propia valía, superior en comparación con los demás, y de cómo esta valía superior les daba derecho a mayores recompensas.

La más amplia sociedad de mercado, sin embargo, enseñaba una lección distinta. Ahí las principales recompensas no eran para los más brillantes verbalmente. Allí a las habilidades intelectuales no se les concedía el mayor valor. Instruidos en la lección de que ellos eran los más valiosos, los que más merecían la recompensa, los que mayores derechos tenían a la recompensa, ¿cómo podían los intelectuales, por lo general, dejar de estar resentidos con la sociedad capitalista que les privaba de las justas retribuciones a que les "daba derecho" su superioridad? ¿Es sorprendente que lo que sentían los intelectuales instruidos, hacia la sociedad capitalista, fuera una profunda y sombría animadversión que, aunque revestida de diversas razones públicamente apropiadas, continuaba incluso cuando se demostraba que esas razones particulares eran inadecuadas?

Al decir que los intelectuales se consideran con derecho a las más altas recompensas que la sociedad en su conjunto puede ofrecer (riqueza, estatus, etc.), no quiero decir que los intelectuales consideren esas recompensas como los bienes más preciados. Quizás valoren más las recompensas intrínsecas de la actividad intelectual o el pasar a la historia. Sin embargo, también se sienten con derecho a la más alta apreciación por parte de la sociedad en general, a lo máximo y mejor que pueda ofrecer, por insignificante que resulte. No pretendo conceder relevancia especial a las recompensas que se abren camino hasta los bolsillos de los intelectuales o que afectan a sus propias personas. Al identificarse a sí mismos como intelectuales, pueden sentirse molestos por el hecho de que la actividad intelectual no sea la más altamente valorada y recompensada.

El intelectual quiere que la totalidad de la sociedad sea una extensión de la escuela, para que sea como el entorno en que le fue tan bien y en que tanto se le apreció. Al incorporar unos criterios de recompensa que son diferentes de los propios de la sociedad global, las escuelas garantizan que algunos vayan a experimentar un posterior descenso en la escala social. Los que están en lo más alto de la jerarquía escolar se considerarán con derecho a una posición de primera, no sólo en aquella micra-sociedad, sino en la más amplia, una sociedad cuyo sistema les resultará molesto cuando no les trate según sus necesidades y derechos auto-adjudicados. El sistema escolar crea por tanto un sentimiento anticapitalista entre los intelectuales . Más bien, crea un sentimiento anticapitalista entre los intelectuales de la palabra. ¿Por qué no desarrollan los forjadores de números las mismas actitudes que estos forjadores de palabras? Presumo que estos niños brillantes con las cuentas, aunque consiguen buenas calificaciones en los exámenes correspondientes, no reciben de los profesores la misma atención y aprobación personal que los niños brillantes con la palabra. Son las destrezas verbales las que acarrean estas recompensas personales por parte de los profesores y, en apariencia, son estas recompensas de un modo especial las que dan forma a ese sentimiento de tener derecho a algo.

Hay que añadir un aspecto más. Los (futuros) intelectuales forjadores de palabras triunfan por lo que atañe a la forma oficial del sistema social escolar, en el que las recompensas importantes se distribuyen por parte de la autoridad central del profesor. Las escuelas incluyen otro sistema social de cariz informal en las aulas, los pasillos y los patios, en el que las recompensas se distribuyen no por parte de la autoridad central sino de manera espontánea, a placer y capricho de los compañeros. Aquí a los intelectuales les va peor.

No sorprende, por tanto, que la distribución de los bienes y recompensas por medio de un mecanismo distributivo centralizado sea más tarde considerada por los intelectuales como más apropiada que la "anarquía y el caos del mercado". Porque la distribución en una sociedad socialista planificada centralmente es a la distribución en una sociedad capitalista como la distribución por parte del profesor es a la distribución por parte del patios. 5

Nuestra explicación no postula que los (futuros) intelectuales constituyan una mayoría incluso entre las clases académicamente superiores de la escuela. Este grupo puede estar formado sobre todo por los que tienen destrezas librescas considerables (pero no abrumadoras) junto con algo de gracia social, fuerte deseo de complacer, cordialidad, encanto personal y habilidad para respetar las reglas del juego (y parecerlo). Tales alumnos, también, serán muy bien considerados y recompensados por el profesor, e igualmente les irá estupendamente bien en la sociedad más amplia. Y se desenvuelven bien dentro del sistema social informal de la escuela. De modo que no aceptarán de un modo especial las normas del sistema formal de la escuela. Nuestra explicación plantea la hipótesis de que los (futuros) intelectuales están representados de un modo desproporcionado en esa parte de la clase alta (oficial) de la escuela que experimentará un relativo movimiento de descenso. O, más bien, en el grupo que predice para sí mismo un futuro en declive. La animadversión surgirá antes del desplazamiento hacia el interior de un mundo más amplio y de experimentar un descenso real de estatus, en el momento en que el alumno listo se da cuenta de que (probablemente) se desenvolverá peor en la sociedad más amplia que en su situación escolar actual. Esta consecuencia no buscada del sistema escolar, el espíritu anticapitalista de los intelectuales, se ve, por supuesto, reforzada cuando los alumnos leen o reciben las enseñanzas de intelectuales que presentan esas mismas actitudes anticapitalistas.

Sin duda, algunos intelectuales forjadores de palabras fueron alumnos conflictivos y críticos y por ello no contaron con la aprobación de sus profesores. ¿Aprendieron ellos también la lección de que los mejores deberían obtener las recompensas más altas y piensan, a pesar de sus profesores, que ellos mismos eran los mejores, y empiezan por ello a tener un resentimiento temprano contra la distribución que realiza el sistema escolar? Claramente, acerca de esto y de las otras cuestiones aquí tratadas, necesitamos datos en tomo a las experiencias escolares de los futuros intelectuales forjadores de palabras para matizar y probar nuestras hipótesis.

Planteado como fenómeno global, apenas se puede negar que las normas internas de las escuelas estén llamadas a afectar a las creencias normativas de las personas tras su paso por las escuelas. Las escuelas, al fin y al cabo, son la principal sociedad ajena a la familia en que los niños aprenden a comportarse, y de ahí que la escolarización constituya su preparación para la más amplia sociedad no familiar. No sorprende que los que triunfan al calor de las normas de un sistema escolar se quejen de una sociedad que se atiene a normas diferentes y que no les garantiza el mismo éxito. Tampoco es sorprendente, cuando esos son los mismos que proceden a dar forma a la propia imagen de la sociedad, al juicio sobre sí misma, si la sección de la sociedad que es sensible a las palabras se vuelve contra ella. Si uno estuviese diseñando una sociedad, no intentaría diseñarla de modo que los forjadores de palabras, con toda su influencia, estuviesen instruidos en la animadversión contra las normas de la sociedad.

Nuestra explicación del anticapitalismo desproporcionado de los intelectuales se establece sobre la base de una generalización sociológica muy plausible.

En una sociedad en la que un sistema o una institución extrafamiliar, la primera en que ingresan los jóvenes, distribuye recompensas, aquellos a quienes les va mejor tenderán a internalizar las normas de esta institución y confiarán en que la sociedad en general funcionará según estas normas; se considerarán con derecho a repartos distributivos de acuerdo con esas normas o (como mínimo) a una posición relativa igual a aquella que estas normas dan como resultado. Además, los que constituyen la clase superior dentro de la jerarquía de esta institución extrafamiliar y que experimentan luego (o prevén experimentar) un desplazamiento hacia una posición relativamente inferior en la sociedad en general, debido a su percepción del derecho frustrado, tenderán a oponerse al sistema social más amplio y a sentir animadversión hacia sus normas.

Obsérvese que ésta no es una ley determinista. No todos los que experimentan una movilidad social hacia abajo se volverán en contra del sistema. Tal movilidad hacia abajo, no obstante, es un factor que tiende a producir efectos de ese tenor, y por ello se manifestará en proporciones diversas con respecto al conjunto. Podríamos distinguir formas en las que la clase alta puede desplazarse hacia abajo: puede obtener menos que otro grupo o (cuando ningún grupo se desplaza por encima de ella) puede empatar, sin conseguir más que los que previamente se había previsto serían inferiores. Es el primer tipo de desplazamiento hacia abajo el que más indigna y humilla; el segundo tipo es bastante más tolerable. Muchos intelectuales (dicen ellos) están a favor de la igualdad mientras que sólo un número reducido exige una aristocracia de intelectuales. Nuestra hipótesis se refiere al primer tipo de desplazamiento hacia abajo como especialmente generador de resentimiento y animadversión.

El sistema escolar imparte y premia solamente algunas de las destrezas válidas para el éxito posterior (es, al fin y al cabo, una institución especializada), por lo que su sistema de recompensas será diferente del propio de la sociedad en general. Esto garantiza que algunos, al pasar a la más amplia sociedad, experimentarán un desplazamiento social descendente junto con las consecuencias que lo acompañan. He afirmado antes que los intelectuales quieren que la sociedad sea una extensión de las escuelas. Ahora vemos cómo el resentimiento debido a un sentido del derecho frustrado procede del hecho de que las escuelas (en calidad de sistema social extrafamiliar) no constituyen una condensación de la sociedad.

Nuestra explicación parece predecir ahora el resentimiento (desproporcionado) que albergan los intelectuales instruidos respecto a la sociedad en la que viven, cualquiera que sea la naturaleza de la misma, capitalista o comunista. (Los intelectuales se oponen desproporcionadamente al capitalismo en comparación con otros grupos de estatus socioeconómico parecido dentro de la sociedad capitalista. Otra cuestión es si se oponen de modo desproporcionado en comparación con el grado de oposición de los intelectuales de otras sociedades hacia esas sociedades). Claramente, pues, serían relevantes algunos datos acerca de las actitudes de los intelectuales de los países comunistas hacia el aparato del partido; ¿sentirán esos intelectuales animadversión hacia ese sistema?

Nuestra hipótesis precisa de matización para que no se aplique (o se aplique de un modo tan contundente) a cualquier sociedad. ¿Deben los sistemas educativos de toda sociedad producir inevitablemente una animadversión antisocial en los intelectuales que no reciben las mayores recompensas de esa sociedad? Probablemente no. Una sociedad capitalista es peculiar en cuanto a que parece anunciar que está abierta y es receptiva solamente al talento, a la iniciativa individual, al mérito personal. El hecho de crecer en una sociedad feudal o de castas hereditarias no crea expectativa alguna de que la recompensa esté o deba estar de acuerdo con la valía personal. A pesar de la expectativa creada, una sociedad capitalista premia a las personas en tanto en cuanto satisfacen los deseos ajenos, expresados a través del mercado; recompensa de acuerdo con la contribución económica, no con la valía personal. Sin embargo, la sociedad capitalista se acerca lo bastante a un sistema de recompensas a tenor de la valía personal -valía y contribución se entremezclan a menudo- como para hacer crecer las expectativas creadas por las escuelas. El ethos de la más amplia sociedad está lo bastante cercano al de las escuelas como para que la cercanía genere resentimiento. Las sociedades capitalistas premian el logro individual o proclaman que lo hacen, y de ese modo dejan al intelectual, que se considera buenísimo, especialmente amargado.

Otro factor, creo, tiene un determinado papel. Las escuelas tenderán a crear tales actitudes anticapitalistas cuanto mayor sea la diversidad de quienes asistan a ellas. Cuando casi todos los que van a tener éxito financiero asistan a escuelas distintas, los intelectuales no habrán adquirido esa actitud de ser superiores a ellos. Pero incluso si muchos niños de clase alta van a escuelas distintas, una sociedad abierta tendrá otras escuelas que incluyan también a muchos que van a triunfar económicamente como empresarios, y los intelectuales van a recordar con resentimiento, más tarde, lo superiores que eran académicamente a los de su edad que lograron mayor riqueza y poder. La transparencia de la sociedad tiene otra consecuencia, además. Los alumnos, tanto los futuros forjadores de palabras como los demás, no saben cómo les va a ir en el futuro. Pueden esperar cualquier cosa. Una sociedad cerrada al progreso destruye pronto esas esperanzas. En una sociedad capitalista abierta, los alumnos no se resignan pronto a que se limite su progreso y su movilidad social; la sociedad parece anunciar que los más capacitados y valiosos llegarán a lo más alto, sus escuelas ya han transmitido a los que tienen más talento el mensaje de que son valiosísimos y que merecen las mayores recompensas, y después estos mismos alumnos con el más alto estímulo y las mayores expectativas ven a otros compañeros suyos, de quienes saben que son y a quienes consideraron menos meritorios, subir más alto que ellos mismos, recibiendo las mejores recompensas a las que ellos mismos se consideraban con derecho. ¿Es extraño que sientan animadversión por esa sociedad?

Hemos pulido de algún modo la hipótesis. No es simplemente las escuelas formales sino la escolarización formal en un contexto social específico lo que genera un sentimiento anticapitalista en los intelectuales (forjadores de palabras). Sin duda, la hipótesis requiere matización posterior. Pero ya está bien. Es hora de pasarles la hipótesis a los expertos en ciencias sociales, sacarla de las especulaciones de sillón y entregársela a quienes se sumergen en hechos y datos más específicos. Podemos señalar, sin embargo, algunas áreas en las que nuestra hipótesis podría conducir a consecuencias y predicciones verificables.

En primer lugar se podría predecir que cuanto más meritocrático es el sistema escolar de un país, más posibilidades hay de que sus intelectuales sean. de izquierdas. (Piénsese en el caso de Francia.)

En segundo lugar, los intelectuales que fueron "frutos tardíos" en la escuela no habrían desarrollado el mismo sentido de derecho a las recompensas más elevadas; por lo tanto, el porcentaje de los intelectuales de tipo "fruto tardío" que serán anticapitalistas será menor que el de los de tipo "fruto temprano".

En tercer lugar, limitábamos nuestra hipótesis a las sociedades (contrariamente al sistema de castas de la India) en las que el estudiante triunfador podía confiar bastante en un éxito posterior parecido en la sociedad más amplia. En la sociedad occidental, las mujeres no han disfrutado hasta ahora de tales expectativas, por lo que no sería de esperar que las estudiantes que formaban parte de la clase académica superior, y que sin embargo sufrieron luego un desplazamiento descendente, mostrasen la misma animadversión anticapitalista que los intelectuales varones. Podríamos predecir, pues, que cuanto más se vea que una sociedad se mueve hacia la igualdad de oportunidades ocupacionales entre las mujeres y los hombres, mayor será la tendencia de sus intelectuales femeninas al mismo anticapitalismo desproporcionado que muestran sus intelectuales varones.

Algunos lectores pueden albergar dudas sobre esta explicación del anticapitalismo de los intelectuales. Sea como sea, creo que se ha identificado un fenómeno importante. La generalización sociológica que hemos enunciado es intuitivamente convincente. Algo así tiene que ser cierto. Por lo tanto, algún tipo de efecto tiene que producirse en ese sector de la clase alta escolar que experimenta un desplazamiento social descendente, tiene que generarse algún tipo de antagonismo contra la sociedad en general. Si ese efecto no es la oposición desproporcionada de los intelectuales, entonces ¿qué es? Comenzamos con un fenómeno intrigante que precisaba explicación. Hemos encontrado, creo yo, un factor aclaratorio que (una vez establecido) es tan evidente que tenemos que creer que explica algún fenómeno real.

¿Hay solución?

Quienes piensan que la sociedad capitalista debería ser fuertemente contestada -pero, ¿por qué piensan así?- se alegrarán de este efecto inintencionado del sistema escolar. Sin embargo, como hemos observado, el problema de la falta de armonía entre la intelectualidad y las normas de la sociedad global es un problema de alcance más general. Se enfrentará a él cualquier sociedad, sea cual sea su carácter, cuyo sistema escolar se especialice y no sea una condensación de la sociedad. Cuanto más importantes e influyentes sean sus intelectuales forjadores de palabras (como en las "sociedades post-industriales"), mayor será este problema. De este modo, todos los lectores pueden preguntarse conmigo cómo se podría evitar esta oposición a la sociedad de los intelectuales -aunque algunos lectores podrían preferir hacerse esta pregunta con respecto a alguna sociedad no capitalista.

Cuando las escuelas y la sociedad global no están bien articuladas, las dos soluciones obvias son reestructurar cualquiera de ellas para alinearla con la otra. En primer lugar, se podría intentar que la sociedad se ajustase a las normas de la escuela, bien mediante una estructuración socialista que sitúe a los intelectuales en lo más alto o mediante una meritocracia que surja de forma natural. Sin embargo, por muy importante que llegue a ser el conocimiento en la sociedad, ninguna sociedad relativamente libre premiará o podrá premiar del modo más destacado a las destrezas escolares más altas. Las escuelas, con grandes esfuerzos, se centran solamente en algunas cualidades; éstas, al tiempo que desempeñan un papel significativo en el éxito económico en ciertos casos, nunca explicarán del todo la posición social resultante. Los consumidores no son profesores que califican resultados de pruebas e intervenciones en clase.

Como alternativa, y de un modo no tan ambicioso, las escuelas podrían modificarse para ajustarlas a la sociedad en general, o al menos para evitar que inculquen normas contrarias. Si los inteligentes tienen derecho a algo que el mercado no les da, es al reconocimiento de que son inteligentes -nada más. No tienen derecho a las mayores recompensas de la sociedad en general.

¿Cómo podría entonces impartirse esta lección de modestia? Decir simplemente que la economía premia adecuadamente otros atributos no será suficiente. Los niños aprenderán de los hechos de la escuela, no de las palabras, y los internalizarán. Sin duda, el sistema social global del medio escolar valora muchas cosas: destreza atlética en el patio, hacerse respetar por los compañeros, talento para cantar en el auditorio, una buena impresión en todas partes. Pero la escuela sólo reconoce oficialmente las destrezas intelectuales y el rendimiento. Dado que, después de todo, eso es para lo que está, le sería difícil dar paridad o un reconocimiento muy significativo a otros atributos. (Doy por sentado que los premios a la actitud y a la conducta son una bobada en todas partes.)

Otra posibilidad es reducir la jerarquía académica dentro del sistema escolar. Las escuelas podrían enseñar sin jerarquizar a los estudiantes, sin calificarles en función del éxito de su aprendizaje. Los reformadores apelan de vez en cuando a la abolición de los exámenes y las calificaciones. Paul Goodman argumentaba que éstos tienen una función extrínseca a la de la propia educación, al atender únicamente a las necesidades de los futuros patronos o de las comisiones de admisión de otros centros docentes, a quienes se puede dejar hacer sus propias pruebas informativas 6. (Está claro, no obstante, que los exámenes y los certificados también amplían la elección discrecional de los estudiantes. Los patronos aceptan la declaración de una facultad de que un estudiante ha cumplido con los requisitos para una licenciatura sin profundizar demasiado en cuáles son esos requisitos o qué utilidad tienen los cursos en relación con los objetivos del empleo.)

Sin embargo, los exámenes desempeñan también otras funciones, intrínsecas al proceso educativo. Informan al estudiante de cómo lo está haciendo a tenor de criterios objetivos, de cómo lo está haciendo comparado con otros de su grupo de referencia (¿de lo bien que, al fin y al cabo, debería esperar de sí mismo hacerlo?). Proporcionan información para la división del alumnado en grupos según el nivel académico cuando sea adecuado desde el punto de vista educativo, así como una posible formación continuada.

En cualquier caso, dada la función informativa extrínseca, los patronos considerarán ventajoso contratar a personas procedentes de las escuelas que evalúan y certifican y, por lo tanto, los estudiantes considerarán ventajoso acudir a esas escuelas. Cualquiera que sea el interés social general, la gente perseguirá sus propios intereses individuales. Nadie se negará a contratar a los de una escuela concreta o a acudir a la misma por el hecho de que ese tipo de escuela cree intelectuales con una animadversión anticapitalista. Al tiempo que la legislación para modificar los sistemas educativos podría conseguir el objetivo, sus beneficios son tan remotos en comparación con su coste que no es probable que tal legislación se apruebe. Tampoco es tal legislación, al menos en lo que se refiere a escuelas privadas, compatible con el ethos capitalista de la libertad y de los derechos individuales7.

Reestructurar las escuelas para dar menos importancia a las destrezas y logros intelectuales suscita cuestiones problemáticas, al margen de la muy clara relativa al coste resultante en cuanto a eficacia social (a corto plazo). El cultivo de las capacidades intelectuales y del talento es, pensamos, un valor importante en sí mismo. Sin embargo, los sistemas escolares que sabemos que lo cultivan, también generan, involuntariamente, una animadversión contra el sistema social entre algunos de los intelectualmente más dotados. Si la estabilidad a largo plazo del sistema social deseable se ve mejor atendida frenando el cultivo de algunos rasgos valiosos y enormemente admirables de los individuos, entonces nos enfrentamos a un serio conflicto de valores.

Tranquilizará a los que apoyan la continuidad de la sociedad capitalista recordar que este conflicto es general. La sociedad comunista considera igualmente que los intelectuales se salen del camino recto. A raíz de la Revolución Cultural, los chinos, con un gran coste económico y personal, intentaron convertirles en seres como el resto, mediante la reeducación forzosa, el exilio al campo y la persecución personal. Falló el intento. La tensión de la sociedad capitalista con sus intelectuales es mucho menos grave -podemos simplemente tener que vivir con ella. Pase lo que pase, no obstante, los intelectuales tendrán la última palabra.

Esta versión revisada del ensayo de Robert Nozick se presentó para su publicación en 1984 en el volumen de ensayos que recogía esa serie de conferencias pero, accidentalmente, fue el primer manuscrito lo que se publicó en The future of Private Enterprise, ed. Craig Aronoff et al. (Atlanta, Georgia State University Business Press, 1986). Hay una edición en español incluida en la obra de Robert Nozick Puzzles socráticos, ed. Cátedra, 1997, Madrid.
1 Véase Bruce-Biggs (ed.), The New Class? (Nueva York, McGraw-Hill, 1981).
2 Véase Mancur Olson, The Logic of Collective Action (Cambridge, MA, Harvard University Press, 1965).
3 Ludwig von Mises, The Anti-Capitalistic Mentality (Princeton, NJ, Van Nostrand, 1956)
4 Es irónico que consideremos el sentimiento anticapitalista como consecuencia del sistema escolar, cuando una serie de autores recientes, de ideología radical, consideran que ese sistema moldea a las personas para el capitalismo, para ser dóciles y obedientes seguidores de instrucciones, aceptadores de la jerarquía, conservadores de programas, etc. Un sistema escolar dado, por supuesto, podría tener ambos efectos, intencionadamente o no, moldeando a algunos para que encajen en el sistema económico y a otros para que se opongan al mismo.
5 Podemos entender ahora por qué los deportistas escolares no tienden a volverse exageradamente en contra del sistema capitalista, incluso aunque también ellos puedan experimentar un descenso de posición social tras los años escolares. Fue el sistema social informal el que les trató tan bien con anterioridad, y si bien podrán luego lamentar o acusar las preferencias de los consumidores del mercado, no tendrán un vínculo preferente con ningún tipo de distribución que no sea a través del conjunto de las preferencias de los individuos.
6 Paul Goodman, Compulsory Mis-Education and the Community of Scholars (Nueva York, Vintage Books, 1966).
7 Sin restringir su argumento a las escuelas, ]oseph Schumpeter comenta cómo "a una sociedad capitalista burguesa le resultará difícil meter en cintura a los intelectuales... Al defender a los intelectuales como grupo ...la burgesía se defiende a sí misma y su modelo de vida. Solamente un gobierno de naturaleza no burguesa y de credo no burgués --en las circunstancias modernas solamente un gobierno socialista o fascista- es suficientemente fuerte como para controlarlos. Para hacerlo, tendría que cambiar instituciones típicamente burguesas y reducir drásticamente la libertad individual en todos los estratos de la nación. Y un gobierno como ése no es probable -ni siquiera sería capaz de hacerlo- que llegue a frenar en seco a la iniciativa privada. De ello se derivan tanto la falta de buena disposición como la incapacidad del sistema capitalista para controlar eficazmente al sector intelectual".
 Capitalism, Socíalism and Democracy (Nueva York, Harper, 1950), págs. 150-151.

miércoles, 25 de enero de 2012

Sobre la libertad de escribir

Por Mariano Moreno
Si el hombre no hubiera sido constantemente combatido por las preocupaciones y los errores, y si un millón de causas que se han sucedido sin cesar, no hubiesen grabado en él una multitud de conocimientos y de absurdos, no veríamos, en lugar de aquella celeste y majestuosa simplicidad que el autor de la naturaleza le imprimió, el deforme contraste de la pasión que cree que razona cuando el entendimiento está en delirio.

Consúltese la historia de todos los tiempos, y no se hallará en ella otra cosa más que desórdenes de la razón, y preocupaciones vergonzosas. ¡Qué de monstruosos errores no han adoptado las naciones como axiomas infalibles, cuando se han dejado arrastrar del torrente de una preocupación sin examen, y de una costumbre siempre ciega, partidaria de las más erróneas máximas, si ha tenido por garantes la sanción de los tiempos, y el abrigo de la opinión común! En todo tiempo ha sido el hombre el juguete y el ludibrio de los que han tenido interés en burlarse de su sencilla simplicidad. Horroroso cuadro, que ha hecho dudar a los filósofos, si había nacido sólo para ser la presa del error y la mentira, o si por una inversión de sus preciosas facultades se hallaba inevitablemente sujeto a la degradación en que el embrutecimiento entra a ocupar el lugar del raciocinio.

¡Levante el dedo el pueblo que no tenga que llorar hasta ahora un cúmulo de adoptados errores, y preocupaciones ciegas, que viven con el resto de sus individuos; y que exentas de la decrepitud de aquéllos, no se satisfacen con acompañar al hombre hasta el sepulcro, sino que retroceden también hasta las generaciones nacientes para causar en ellas igual cúmulo de males!

En vista de esto, pues, ¿no sería la obra más acepta a la humanidad, porque la pondría a cubierto de la opresora esclavitud de sus preocupaciones, el dar ensanche y libertad a los escritores públicos para que las atacasen a viva fuerza, y sin compasión alguna? Así debería ser seguramente; pero la triste experiencia de los crueles padecimientos que han sufrido cuantos han intentado combatirlas, nos arguye la casi imposibilidad de ejecutarlo. Sócrates, Platón, Diágoras, Anaxágoras, Virgilio, Galileo, Descartes, y otra porción de sabios que intentaron hacer de algún modo la felicidad de sus compatriotas, iniciándolos en las luces y conocimientos útiles y descubriendo sus errores, fueron víctimas del furor con que se persigue la verdad.

¿Será posible que se haya de desterrar del universo, un bien que haría sus mayores delicias si se alentase y se supiese proteger? ¿Por qué no le ha de ser permitido al hombre el combatir las preocupaciones populares que tanto influyen, no sólo en la tranquilidad, sino también en la felicidad de su existencia miserable? ¿Por qué se le ha de poner una mordaza al héroe que intenta combatirlas, y se ha de poner un entredicho formidable al pensamiento, encadenándole de un modo que se equivoque con la desdichada suerte que arrastra el esclavo entre sus cadenas opresoras?

Desengañémonos al fin que los pueblos yacerán en el embrutecimiento más vergonzoso, si no se da una absoluta franquicia y libertad para hablar en todo asunto que no se oponga en modo alguno a las verdades santas de nuestra augusta religión, y a las determinaciones del gobierno, siempre dignas de nuestro mayor respeto. Los pueblos correrán de error en error, y de preocupación en preocupación, y harán la desdicha de su existencia presente y sucesiva. No se adelantarán las artes, ni los conocimientos útiles, porque no teniendo libertad el pensamiento, se seguirán respetando los absurdos que han consagrado nuestros padres, y han autorizado el tiempo y la costumbre.

Seamos, una vez, menos partidarios de nuestras envejecidas opiniones; tengamos menos amor propio; dése acceso a la verdad y a la introducción de las luces y de la ilustración: no se reprima la inocente libertad de pensar en asuntos del interés universal; no creamos que con ella se atacará jamás impunemente al mérito y la virtud, porque hablando por sí mismos en su favor y teniendo siempre por árbitro imparcial al pueblo, se reducirán a polvo los escritos de los que, indignamente, osasen atacarles. La verdad, como la virtud, tienen en sí mismas su más incontestable apología; a fuerza de discutirlas y ventilarlas aparecen en todo su esplendor y brillo: si se oponen restricciones al discurso, vegetará el espíritu como la materia; y el error, la mentira, la preocupación, el fanatismo y el embrutecimiento, harán la divisa de los pueblos, y causarán para siempre su abatimiento, su ruina y su miseria.
Mariano Moreno (1778 - 1811) en Gaceta de Buenos Aires, del 21 de junio de 1810
Fuente: Doctrina democrática, edición de Ricardo Rojas, Librería La Facultad, de Juan Roldán, 1915.